Entre camas y comas

Hannah Arendt y Martin Heidegger: De eros y logos

Comenzamos a publicar una serie en la que develaremos los amores y desamores de algunos escritores y pensadores que encontraron en la pasión y en el intelecto de su pareja, una razón más para seguir en su camino artístico.

/ Ilustración: Tania Bernal

En la Universidad de Marburgo (Alemania) cayó de rodillas ante ella, en su propio despacho, justo cuando Arendt, una muchacha proveniente de familia judía, se disponía a salir, y le confesó la silenciosa pasión que le suscitaba desde hacía un tiempo. Era su alumna. Ese día llevaba un impermeable y un sombrero. A él le fascinaba el porte elegante y la indiscutible brillantez de quien con menos de 20 años ya entendía muy bien el griego y el latín. Sucedió en febrero del año 1924.

Por mucho tiempo escondieron su vínculo pasional y epistolar, que siempre estaba precedido por el respeto y la intimidad, signado por un “querida señorita Arendt” o “querida Hannah”.

Entre los lugares de cita estaba la buhardilla en la que vivía Arendt. Ni sus amigos más cercanos, causantes de que en la universidad la llamaran “la Verde” por uno de sus elegantes trajes, supieron que se veía con el profesor Heidegger. La relación estaba mediada por la rigurosidad del silencio y por una gran cantidad de mensajes cifrados en los que acordaban sus citas: luces que se encendían y se apagaban, puertas que se abrían y cerraban, mensajeros de los mensajeros trataban de esconder la doble vida de Heidegger y la vergüenza de Arendt por ser la amante de su profesor. “A fin de que por mi amor a ti no te resulten las cosas más pesadas de lo que tiene que ser”, le diría ella alguna vez.

Un año después de sus primeros amores, en una conciliación iniciada por Heidegger, ella se fue a Heidelberg para doctorarse. Le escondió su dirección: ni cartas ni visitas, aunque, cuentan, por dentro sólo anhelaba que él quisiera buscarla y que la encontrara.

Y Heidegger consiguió la dirección. Y las palabras, las letras y las páginas fueron testigo de los fervores, las añoranzas y las ideas que se gestaron en aquella época epistolar. Los encuentros volvieron a darse. Cuando alguno de los dos debía moverse a otra ciudad de Europa, acordaban un punto del camino al que el otro debía llegar y dormían juntos una o dos noches. En esas ocasiones, Arendt le contaba a Heidegger de algún romance y él la felicitaba y le daba a entender que eran parejas menores, que lo de ellos dos estaba muy por encima de cualquier otro amorío, de cualquier otra pasión, que sabía que en realidad era sólo una forma de intentar olvidarlo, y esas declaraciones resultaban ofensivas para ella, por lo que luego se alejaba y no le volvía a escribir. Él sufría su ausencia, entonces le escribía alguna o algunas cartas, le suplicaba y le declaraba todo su amor, y ella volvía a responder. Tuvieron sus épocas de lejanía. Unas más irremediablemente largas que otras. Y hubo algo que Hannah Arendt, judía, víctima del nazismo, igual que amigos cercanos a la pareja, nunca concibió de Heidegger: su supuesta afinidad con el nazismo. El portal mexicano Letras Libres tiene que Heidegger “se fascinaría con Hitler por la secreta vocación del caudillo: aniquilar el mundo, devolverlo a su virginidad óntica, regenerarlo”, y más allá de una fascinación cierta o rumorosa, Heidegger trabajó varios años bajo el mando del régimen nazi. En 1933, año en que Hitler subió al poder, fue nombrado rector de la Universidad de Frediburgo.

Ese trabajo le sirvió para continuar escribiendo en unos cuadernos negros titulados Reflexiones, que había comenzado dos años atrás. Hace poco menos de cuatro años esas reflexiones fueron compiladas en tres tomos y expuestas al público: se trata de más de 1.600 reflexiones escritas entre 1931 y 1941, entre las que incluye anotaciones sobre Nietzsche y Hölderlin. Sin embargo, con los años se decepcionó del nazismo y del pueblo alemán por razones como que Alemania no valoraba ni entendía a sus pensadores y poetas, entre otras.

Alguna vez, con el pasar del tiempo, le confesaría a Arendt que sin ella no habría podido escribir Ser y tiempo. Digamos que le confirió una virtud de musa. Ella siempre lo leía, lo leía y lo volvía a leer, descifrando, husmeando sus obras, porque creía que si podía pensar como un hombre no necesitaba ser un hombre, bastaba simplemente con hacerlo, sólo pensar. Estaba convencida de que era ella quien mejor lo entendía, y no se refería a su persona solamente, también a su obra, y tenía en cuenta sus ideas al momento de escribir un libro; por contra, él a ella no la leyó, no del mismo modo ni con la misma atención.

En 1955 salió uno de los libros de Arendt, Los orígenes del totalitarismo. Para entonces, ella tenía pensado visitar a Heidegger, pero desistió. En una carta que le envió al poeta Heinrich Blücher le contaba la causa de su decisión: “El hecho de que precisamente ahora tiene que aparecer mi libro... Ofrece la peor de todas las constelaciones pensables... Como tú sabes, yo estoy completamente dispuesta a comportarme frente a Heidegger como si nunca hubiera escrito ni fuera a escribir una línea. Y ésa es tácitamente la conditio sine qua non de todo el asunto”.

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Hannah Arendt
Considerada una de las personalidades más influyentes del siglo XX. Fue teórica política y filósofa. Gracias a su pensamiento independiente, a su teoría del totalitarismo (Theorie der totalen Herrschaft), a sus trabajos sobre filosofía existencial y a su reivindicación de la discusión política libre, Arendt tiene un papel central en los debates contemporáneos.

Martin Heidegger
Filósofo y profesor universitario. Tras sus inicios en la teología católica, desarrolló una filosofía que influyó en campos tan diversos como la teoría literaria, social y política, el arte y la estética, la arquitectura, la antropología cultural, el diseño, el ecologismo, el psicoanálisis y la psicoterapia. Es considerado, junto con Ludwig Wittgenstein, uno de los pensadores más influyentes del siglo XX. Algunas de sus obras más importantes fueron “Ser y tiempo”, “Introducción a la metafísica” y “Caminos de bosque”.

 

 

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Maria Paula Lizarazo

Cultura

Hannah Arendt y Martin Heidegger: De eros y logos

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