50 años de la publicación de una novela emblemática

Héctor Rojas Herazo o el horror apacible

Homenaje a “En noviembre llega el arzobispo”, obra nacional olvidada porque fue publicada al tiempo que “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez.

Héctor Rojas Herazo (Tolú, 1921-2002, Bogotá) es uno de los autores más desconocidos del “boom” latinoamericano. / Archivo

Hace 50 años, Héctor Rojas Herazo ganó con En noviembre llega el arzobispo, entre 70 concursantes, el Premio Esso de novela colombiana. Rojas fue pintor, poeta, narrador, cronista, profesor y conversador formidable. Escritores como él ya no se dan en estos predios. Era un hombre distinto. En su ya conocido Auto-Reportaje, él mismo se caracterizaba. Leamos un fragmento: “Este hombre está relleno, como un chorizo sentimental, de patios arruinados llenos de cachivaches podridos, de mugidos de mar, de luces perdidas, de papeles de alcaldía cuya tinta convierte la lluvia en lágrimas moradas…”. Sí, no hay duda, en el alma del Maestro Rojas se alojaban lo melancólico y lo catastrófico, los temores nocturnos y los viejos retratos vertidos al sepia por el abandono y el paso del tiempo.

En otra instancia, valga recordar que 1967 fue un año fructífero para la literatura del Caribe colombiano. En un mismo lapso se publicaron las novelas En noviembre llega el arzobispo, de Héctor Rojas Herazo, y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y el libro de cuentos La muerte en la calle, del maestro José Félix Fuenmayor. Cien años de soledad en mayo; en junio La muerte en la calle; y el 10 de noviembre, precisamente, En noviembre llega el arzobispo. ¿Casualidad, coincidencia? ¿O simple tiempo de maduración de un proceso que se venía gestando desde décadas atrás?

La novela de Rojas Herazo tiene, en reiterados momentos, una exactitud y una belleza que anonadan y sorprenden. El libro está estructurado en segmentos, y es la hilación de estos segmentos la que constituye el gran fresco novelístico. Y en cada sección hay un tratamiento riguroso de la anécdota, y un lenguaje que revienta como una floración atropellada. Rojas Herazo es un filigranista de la literatura. Un orfebre de los del tiempo viejo. Es minucioso, detallista, y en esta actitud no hay quien lo supere en Colombia.

En noviembre llega el arzobispo narra con belleza y contundencia todo el acontecer de Cedrón, un pueblo de la costa Caribe colombiana, polvoriento y agobiado por el resuello del mar. La prosa es precisa y poética, sin abandonar su extracción popular. Su rigor descriptivo a veces da miedo, pues demuestra tal poderío para descifrar la esencia de las cosas y los hombres, que está más cerca de lo diabólico que de lo terrenal. Rojas Herazo narra sin prisa. Da la impresión de que quisiera agotar todas las posibilidades descriptivas. Que nada quede sin ser dicho, analizado o delatado. Nada hay tácito. Por su aire explicativo, parece un guión cinematográfico. Y lo que no puede decirse o definirse, se relaciona. Héctor Rojas Herazo tiene una enorme capacidad de comparación. Es decir, es un metafórico asombroso.

Cedrón es un pueblo febricitante, con personajes tocados por el calor, la demencia o la desmesura. Gentes que trabajan con el recuerdo, atizadas por los soles de la tarde, mientras los almendros se estremecen por un viento que proviene del erizado y plomizo mar. Pero la mayoría de los hombres, bajo sus disfraces, son crueles y terribles. Parecen derivados de Leocadio Mendieta, ese ser ambicioso y maligno que llega al pueblo una tarde de febrero de 1896 y que no tuvo compasión ni con sus hijos, a los cuales, como diversión, les azuzaba enormes perros para que los persiguieran y los tiraran a un pozo de lodo, donde, aterrorizados, temían ser devorados por los terribles mastines. Un hombre jodido desde las espuelas hasta su cabeza de buitre.

Los personajes, casi todos, están enfermos, o decrépitos, o demasiado gordos, tan cerca de la muerte que ya no parecen tenerle miedo. La novela es un estrépito de infelices. Cada quien carga su desgracia. En la piel, en la sombra o en el duro recuerdo.

La estructura de la novela está formada por capitulillos no consecutivos. Por ello, el lector tiene que hilvanar la narración y sacarle el jugo de la coherencia. Los fragmentos, unidos, tejen su propia red. Pero la novela no es la unión mecánica de estos segmentos. Es la unión mental; es el fuego del intelecto el que conforma la carnadura del libro. De la habilidad del lector depende la lectura idónea del texto.

Algún crítico ha hablado de desorden en la novela. Pienso que es una afirmación demasiado apresurada. El libro, al igual que el mundo que narra, tiene su propio caos. Y este caos, es natural; es su respiración normal. Barroco el paisaje, convulsas esas vidas llenas de furia o de muerte, el texto no puede asumir un orden que sería falso. Su informalidad estructural corresponde a la marejada física y humana que es objeto de su narración. Se complementan de manera natural.

Entonces, como en un gran cuadro, dijéramos de El Bosco, aparecen los personajes de ese pueblo marítimo y mineral llamado Cedrón. El mosaico humano es, además de representativo, descrito con una maestría que quizá tiene pocos antecedentes en la literatura colombiana. Son personajes visuales, atacados por la barbarie o el deterioro, por la falta de fe o por la resignación frente a la muerte, inscritos en patios con nísperos o higueretas, en casas de boñiga descascarada, de calles de arena salpicada de almendros, que desembocan en un mar que acecha y ruge. Leocadio Mendieta, la beata Auristela, Brígida Lambis, la señora Etelvina, don Arsenio Ledesma, el padre Escardó, el doctor Alandete, Vitelia: la maestra de tres maridos, el resignado Juan Pichurria, el negro Larte, el cocacolo de Eladio Pinol, el falso general Limógenes, la niña Sedina, los Iriarte, los retratos que hablan, los alguaciles Loa y Escalante, Cleotilde con su lamparita de gas buscando a su niño y alumbrando las calles, entre otros, forman un universo que respira en un pueblo lleno de verano, de luz, y de una visión trágica y alegre de la vida.

Héctor Rojas Herazo ha echado una mirada a su entorno. Y allí ha encontrado todo su material de trabajo. Y en este sentido su novela es ejemplar. Se nutre de las personas de su pueblo. Las vio de carne y hueso, o escuchó sus historias frescas, y luego las hizo literatura. En él se dio a cabalidad lo que los estudiosos llaman la transposición poética de la realidad. De esta manera, en Rojas Herazo se cumple lo que Derek Walcott, nobel de la isla caribeña de Santa Lucía, decía en 1992: “Ningún escritor para escribir sus historias debe salir a más de 30 kilómetros de su realidad”. Es cierto, si sabe ver, allí encuentra todo. El resto es talento y disciplina literaria. Por ello, sus personajes tienen textura, jugo, verosimilitud. En En noviembre llega el arzobispo, más que la historia de un personaje, se narra la historia de un pueblo, con todos sus meandros y leyendas, que más que magia es expresión de la profundidad de su realismo.

De tal suerte que los pueblos de Rojas Herazo no son ficción o mezclas ficticias, sino realidades tangibles, escrutables. Y sus personajes, en consecuencia, tuvieron las viejas cédulas de dos tapas y vivieron con todas sus tropelías y carencias, con ese aire de cadáveres prematuros, o de seres estragados por el salitre, el destino torcido o el paso del tiempo.

Y para robustecer este universo, hay una peculiaridad en el libro: la presencia protagónica de los vegetales y los animales, especialmente de estos últimos. Los animales parecen ser los complementos de los humanos. Para corroborarlo, están Nerón y Temerlán, los perros de Leocadio Mendieta; el puerco Muchacho, consentido de doña Etelvina, y el burro ciego de Canuto, ese animal que se mete hasta la sala de la casa del padre Escardó, y que logra arrancarle al levita una interesante reflexión teológica.

Redondeando este ámbito, los árboles son una presencia que se liga a la vida de los personajes. Allí están los clemones, los tamarindos, los almendros, los palos de níspero, las uvitas de playa, los mamones, las bacinillas con trinitarias y los tiestos con orégano, cuyo olor penetrante y amentolado es tan persistente como el ruido de un cucarrón metido en una casa de palma.

Como una característica de ciertos personajes del pueblo, está el problema de los dientes. Una costumbre o pasatiempo favorito de esta gente es lamer sus encías desnudas o chupar los residuos de comida que les quedan adheridos a las cajas dentales. Esta constante va desde el mismísimo pendejero Leocadio Mendieta hasta la pasividad de don Andrés Iriarte. Y esas bocas desdentadas pueden ser analogadas con las paredes de boñiga, descascaradas, ahuecadas hasta el fondo de cañabrava, bocas sin sostén, vidas degradadas, al parecer condenadas de antemano por un terrible destino.

¿Por qué En noviembre llega el arzobispo es una fiesta del lenguaje? Aunque es un lugar común, debe decirse que Héctor Rojas Herazo echa mano a un vasto diccionario vivo, palpitante y febril. La novela le permite al escritor toludeño enseñar el surtido de su lenguaje, y demostrar que sabe utilizar, íntegra, la fuerza del habla popular, sin cortapisas ni pudores. Servirnos un banquete en donde las palabras son peces brincando o líquidos frutales derramándose por los intersticios de los dedos. Aquí nos podemos dar cuenta de que las palabras libran una lucha tenaz con la realidad, pues su misión no es simplemente describirla sino abarcarla, coparla, poseerla toda. Quiere el autor descubrir los misterios más recónditos de la realidad que crea con el rigor de su vocabulario y la belleza de la frase.

Además, esta novela, que ha sido traducida a varios idiomas y estudiada en diversas universidades del mundo, reúne en sí los tres dones de su autor: en ella hay momentos de alta factura plástica y en ese instante nos parece no estar leyendo sino viendo; existe una fortísima vigencia poética que se expresa en un lenguaje macizo y minucioso, que no deja escapar hecho o gesto, descripción o analogía; y está la presencia de una diestra mano narrativa que va cantando y agotando el amplio espectro de la historia sometida al rigor de su literatura.

En noviembre llega el arzobispo cumple, también, otro objetivo: desacraliza. En todas sus páginas se zarandea la trascendencia y se ejerce una crítica mordaz hacia lo tradicional o lo establecido. Y en este sentido es sarcástica y subversiva. Para citar ejemplos: qué es eso de la mosca que se pasea por el cadáver de Leocadio Mendieta y que termina por perturbar la compostura de don Emigdio Morante, el alcalde gordiflón. O esa pregunta al acartonado y apócrifo general Limógenes acerca de las gonorreas que había padecido en su vida. Una sonrisa es la recompensa del lector.

¿Dónde queda la imaginación en esta novela? No queda. No existe. O existe poco. Y no es un pecado. El huracán de hechos y de personajes es de tal dimensión, que aquí no parece haber cabida para la imaginación como simple inventiva. Todo está compacto. Todo es tomado de esa realidad de luz, de calor y de salitre. Rojas Herazo no ha tenido necesidad de fantasear. Con saber ver y recordar le basta. Y luego, con poseer el don de transmitir, le alcanza para confeccionar una obra alucinante y movediza, que consulta cabalmente la antropología cultural del Caribe colombiano.

En noviembre llega el arzobispo fue traducida al alemán y publicada por la Editorial Verlags. En Colombia se han hecho, además de la príncipe, tres ediciones. Jorge García Usta estudió su obra total y le dio el mayor impulso divulgativo conocido hasta hoy. No obstante, la novela premiada del Maestro Rojas sigue a la espera de su masiva valoración. Apareció en un momento poco propicio, pero ella tiene material para resistir. Cincuenta años en la cronología histórica son poca cosa. Su jerarquía creadora aguarda el necesario tiempo de los lectores, que sin duda vendrá.

* Escritor y catedrático de la Universidad de Córdoba. Coordinador de El Túnel, grupo cultural de Montería. Libro más reciente: “Los trabajos del insomnio”. [email protected]

 

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