Abierta hasta el 16 de septiembre de 2018

“Hijas del agua”: la mirada ancestral en un recinto colonial

Retratos de comunidades indígenas se exhiben en el Museo Santa Clara. Proponen una reflexión entre el pasado y el presente, pues permiten ver similitudes entre las tradiciones ancestrales y la vida de las monjas clarisas de los siglos XVI y XVIII.

En la exposición hay una tensión entre la iconografía religiosa, que presenta figuras humanas que miran hacia arriba, y los rostros indígenas, que miran de frente.Agencia Anadolu

El Museo Santa Clara, aquel edificio construido en 1647 para albergar a las monjas clarisas, abre sus puertas a las comunidades indígenas, tan olvidadas y apartadas que para muchos colombianos son desconocidas. En la exposición de arte “Hijas del agua”, los visitantes pueden ver fotografías tomadas por Ruven Afanador e intervenidas por Ana González.

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Retratos de mujeres, hombres y niños de las comunidades indígenas wayúu, gunadule, misak y arhuaca entran por primera vez a este antiguo convento y proponen una reflexión entre el pasado y el presente, para que el espectador vea las similitudes entre las tradiciones de los indígenas y la vida de las religiosas de los siglos XVI y XVIII.

“Hijas del agua” relata la tradición que siguen algunas comunidades de encerrar a las niñas para que hagan el tránsito de convertirse en mujeres, un tema expuesto en el documental La eterna noche de las doce lunas, de Priscila Padilla (que se puede ver en RetinaLatina.org). Durante el encierro, las adolescentes aprenden e interiorizan los saberes ancestrales por medio de ritos y la tradición oral. Las obras de González y Afanador recuerdan las tradiciones de las monjas que habitaron el Claustro Santa Clara, quienes durante la Colonia vivieron en aislamiento vitalicio para aprender de sus superioras las prácticas necesarias para servir a Dios.

La exposición de arte también ofrece la posibilidad a estas comunidades indígenas, aisladas por el conflicto armado, de tener una visibilización y dignificación en un espacio históricamente destinado a mujeres blancas católicas.

Ana González explica que cuando ella y Afanador pensaron cómo elaborar el hilo conductor de la exposición, tras la firma del Acuerdo de Paz en 2016, decidieron apostar por el poder femenino, no feminista, de la civilización.

“Lo masculino se hace evidente con la guerra, la razón, la conquista, la Colonia, pero el lado femenino, el lado intuitivo, no racional, la parte creativa que nosotros tenemos, estaba dormido”, dijo la artista plástica durante el conversatorio que organizó el Museo Santa Clara.

Para María Constanza Toquica, directora del museo, lo femenino es aquello que también está presente en los hombres, eso a lo que “han regresado todas las culturas a lo largo de la historia en una situación de crisis. Siempre hay una vuelta a lo femenino y creo que, en este momento, en el mundo entero, hay una crisis de lo científico racional y del poder masculino”.

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En época de posconflicto los artistas proponen una obra que también ayude a asimilar el momento histórico, ya que “depende de todos nosotros, de cómo podemos reflexionar como seres humanos y equilibrar este mundo”, reflexionó González.

El nombre “Hijas del agua” alude al agua —como fuente de toda vida—, pero también al conocimiento que las mujeres indígenas aprenden en el encierro y que plasman en el tejido, cuyo resultado es mucho más que una mochila, es una historia que muchos no conocen, debido a la guerra.

“Todo empieza en el pensamiento”, comentó Aty Gunnara, joven arhuaca.

“Nos vestimos de blanco porque representa lo que somos por dentro y por fuera. También por eso siempre se está tejiendo, porque la única forma de tener el pensamiento en el lugar que debe estar es con las manos ocupadas”.

Para ella, el arte y los procesos que van de la mano hablan de algo que va más allá de los hechos que cualquier persona pueda entender o sentir. “Va desde la esencia, y creo que entendernos desde los territorios y de lo que somos como seres. Es parte de la organización y el equilibrio que merecemos en este proceso de posacuerdo”, agregó.

Las miradas de las mujeres indígenas del Caimán Alto (Urabá antioqueño), el Cabo de la Vela (La Guajira), Silvia (Cauca) y la Sierra Nevada de Santa Marta (Magdalena) fueron captadas por Ruven Afanador para explorar visualmente sus saberes, costumbres y tradiciones. El registro fue intervenido por Ana González con dibujos, textos de la tradición oral indígena, bordados y devastaciones de hilos, entre otras técnicas.

La mirada de los indígenas es muy importante, porque también genera otra conversación con el Museo Santa Clara, que alberga la representación barroca del siglo XVII y XVIII de la pintura, la decoración y la arquitectura, y que desde hace 18 años tiene como misión ofrecer un acercamiento diferente al arte contemporáneo.

La iconografía religiosa presenta figuras humanas que miran hacia arriba —por la gloria y salvación— o hacia abajo —por la miseria o desdicha—, así que hay una tensión entre la forma como interpelan estos rostros indígenas, que miran de frente.

“Tanto los santos, vírgenes y cristos representados en la iconología religiosa, como las mujeres que nos miran de frente son un nosotros, son ajenos a lo que somos hoy en día”, explicó Toquica, quien manifestó que no es gratuito que las mujeres indígenas “estén por primera vez aquí representadas, porque ellas no podían entrar a este convento ocupado por las hijas de los españoles”.

Para ella, aunque el Museo Santa Clara ya no es una institución religiosa, aún conserva la atmósfera, mística y espiritualidad, así que es muy especial que los artistas hayan seleccionado la Sala De Profundis para ubicar una fotografía de gran formato de un mamo arhuaco, que por estar reclinada recuerda el momento cuando se honraba el cuerpo de las monjas coronadas muertas, el único en que podían ser vistas en carne y hueso, ya que era el más importante de ellas, pues representaba la unión con Cristo.

Con esta curaduría, coinciden en este claustro la mirada ancestral e hispánica que tiene como objetivo recordar que, por más diversos que sean las épocas, los pensamientos y conocimientos, somos seres que habitamos un país, pues como decía el abuelo de Gunnara, “la única forma de llegar al respeto es conociéndonos y compartiendo”.

 

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