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Joseph Zárate: “Cuando un indígena ocupa un lugar visible lo blanquean”

El cronista y editor peruano pone un foco de atención en las guerras de las que nadie está hablando.

Joseph Zárate, cronista peruano, quien afirma que existen “diferentes maneras de pensar y de vivir el progreso”. Ómar Lucas

En un documento llamado “Primer nueva corónica y buen gobierno”, Felipe Guamán Poma de Ayala denunció la situación de explotación que vivían los indígenas de Perú en los siglos XVI y XVII. La crónica de Poma de Ayala, escrita durante la época de las colonias en América, estaba dirigida a Felipe III, rey de España entre 1598 y 1621. Cuatro siglos después el cronista peruano Joseph Zárate (Lima, 1986) dice que las historias que recoge en su último libro parecen sacadas de aquellos tiempos remotos. Sin embargo, son tragedias humanas que siguen ocurriendo ahora, en pleno siglo XXI.

Un hombre es asesinado por enfrentarse a una mafia que se dedica a la tala indiscriminada de árboles en la Amazonia.

Una mujer se niega a abandonar sus tierras en los Andes de Cajamarca para que una compañía minera escarbe hasta encontrar oro.

Un niño de Nazareth se sumerge en un río lleno de petróleo a cambio de unos pesos que quizá le alcancen para comprar un smartphone.

En las tres historias que componen Guerras del interior (Debate, 2019), Zárate habla de seres humanos que luchan para que su modo de vida, su territorio y su cultura no sean aplastados por los poderes económicos. El ganador del Premio Ortega y Gasset 2016 a la Mejor Historia o Investigación Periodística pone un foco de atención en las guerras de las que nadie está hablando, las que suceden en el interior de su país y en el fuero interno de los hombres y mujeres que se enfrentan a un supuesto progreso y a sus propias contradicciones.

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Si dijéramos que Guerras del interior es una carta, una larga carta de denuncia, como la que escribió Felipe Guamán Poma de Ayala, ¿a quién diría que está dirigida?

En primer lugar, diría que está dirigida a los lectores, en general. Estas tragedias no son ajenas a nosotros, tenemos un papel dentro de ellas, vivimos regidos bajo el mismo sistema y nuestras vidas están interconectadas de una u otra forma. En segundo lugar, a las personas que ejercen el poder, que toman decisiones y que de algún modo pueden hacer algo para resolver estos conflictos. Para gente del gobierno, empresas y políticos. En tercer lugar, diría que es una carta que escribí para mí mismo. Uno escribe para intentar comprender el mundo en el que vive.

Usted ha dicho que este libro empezó a cobrar forma aquí, en Barcelona, cuando vino a cursar un máster en creación literaria.

Estas crónicas eran primeras versiones. Las había escrito y publicado entre 2014 y 2017 por encargo de mis editores. En Barcelona empecé a ampliarlas. Abrí todos mis archivos y volví a escuchar todos los audios para hacer los textos más complejos y agregar información que por una cuestión de espacio no había incluido. También volví a viajar a los lugares que visité para actualizar algunos datos.

¿Existe un hilo que una las tres historias?

Para mí era muy importante el concepto, la idea alrededor de la cual iban a gravitar las historias. El libro plantea una pregunta: ¿qué es el progreso para cada uno de nosotros? Para ti, para mí, para el campesino de los Andes, para la persona que vive en la Amazonia. Existen diferentes maneras de pensar y de vivir el progreso. Y existen diferentes maneras de sacrificarnos para poder conseguir aquello que nosotros llamamos progreso.

Hay que ofrecer algo a cambio.

Todo tiene un precio. Por ejemplo, para mí el progreso puede ser vivir aquí, en Barcelona, tener un piso lindo, hacer un máster. En cambio, para un ciudadano indígena que vive en la Amazonia el progreso es algo muy diferente. Sus prioridades son otras. No se trata de que no esté conectado con el sistema capitalista en el que vivimos. Él también forma parte del sistema, también quiere educación para sus hijos, servicios básicos, electricidad y televisión por cable.

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¿Cuál es la diferencia?

El vínculo que tiene esa persona con la naturaleza y con la tierra. A nosotros no nos importa vivir en un piso de 20 metros cuadrados si podemos hacerlo en la ciudad. El vínculo con la tierra es un elemento fundamental de la concepción de progreso que tienen los pueblos indígenas. Y nosotros, muchas veces, desde el mundo occidental, desde las ciudades, no lo comprendemos. El libro intenta discutir esas ideas y lo que pasa cuando se encuentran y chocan entre sí.

Esta experiencia lo ha llevado a convivir con las comunidades rurales que retrata en su libro. ¿Ha sentido la necesidad de establecer una relación más estrecha con la naturaleza?

Ahora hay toda una corriente de pensamiento y de costumbre de desconectarse de la ciudad. Siento que hay una visión romántica y turística del asunto: me voy a conectar con la naturaleza un rato, para desintoxicarme, y luego vuelvo a la ciudad con energías nuevas. Pensamos en el campo, las montañas y la selva de esa manera, pero en realidad, detrás de esa visión idealizada, que no es nueva, hay una verdad muy cruda.

¿Qué hay detrás de esa visión?

Imagínate un tapiz hermoso, digamos que es un tapiz persa, pero debajo de ese tapiz hay un montón de basura que hemos ido escondiendo: la contaminación, la expoliación y la tala ilegal. No queremos ver eso. Sabemos que existe, pero preferimos pensar en la visión exótica. Hay cuestiones vitales que están pasando en esos lugares y que no estamos viendo. Y como suceden todo el tiempo y no nos pasan a nosotros, sino a la gente que vive en esas comunidades indígenas que siglo tras siglo han sido ignoradas y relegadas a los márgenes de la historia, no les prestamos atención.

Quizá hay algunas cosas que no nos han contado.

Por supuesto. Tengo sangre indígena. En la escuela nunca me hablaron de las comunidades amazónicas que mostraron resistencia. En la historia con mayúsculas los que narran son otros personajes. Creo que el periodismo puede ayudar a que ese vacío sea llenado, siempre que lo hagas con ética, responsabilidad y compromiso. Lo que intento hacer con el libro es llenar una parte de ese vacío. En cierto modo, los protagonistas de estas historias encarnan un tipo de heroicidad, son héroes y heroínas.

¿Cree que este libro podría generar transformaciones individuales que se traduzcan en cambios colectivos?

Creo que sí. Fijémonos en el movimiento feminista en América Latina. Es un claro ejemplo de una red de solidaridad que se ha ido fortaleciendo a lo largo de estos últimos años. Muchas veces me pregunto: ¿por qué no puede pasar lo mismo con los movimientos indígenas? Y creo que tengo una respuesta: porque consideramos que no están del todo integrados en la cultura occidental, no sentimos empatía con ellos. Y otra cosa que me parece destacable es que no hay personas indígenas que sean visibles en el mundo de la cultura. Cuando un indígena ocupa un lugar visible en el ámbito cultural, lo blanquean. Consideran que todo lo que es cercano a lo indígena es inferior o feo. Todo lo que no entra en la cultura occidental suele considerarse antisistema, antiprogreso.

Una de las crónicas de su libro, “Un niño manchado de petróleo”, ganó el Premio Gabriel García Márquez de Periodismo 2018 en la categoría Texto. ¿Qué es lo que más le atrajo de Nazareth, la comunidad en la que vive Osman Cuñachí, el niño que protagoniza la historia?

En la historia del derrame, lo que intentaba indagar es por qué los awajúns se sumergieron en el río para juntar el petróleo derramado. Quería saber qué los llevó a tomar una decisión que ponía en riesgo sus vidas. Esa historia es un retrato de lo perverso que puede ser el sistema en que vivimos. Es como una rueda de hámster. El capitalismo también te vende la ilusión de que todo está bien.

¿Los medios de comunicación tienen algo que ver con esa ilusión?

Por supuesto. En 2016 ocurrieron 14 derrames de petróleo en la Amazonia y, durante los últimos 20 años, en todo Perú ocurrieron 190 derrames de petróleo. Imagínate que pasa algo parecido aquí, en Barcelona, en el parque de la Ciudadela. Sería un escándalo mundial. El periodismo debe ser un instrumento para hacer que la gente piense. Nuestro trabajo no consiste solo en informar, sino en provocar que la gente reflexione sobre historias que están pasando alrededor suyo. Cosas que los poderosos no quieren que sepas. Que te contaminen el río en el que tú pescas y nadas es una violación a los derechos humanos.

Y puede tener consecuencias terribles.

La contaminación por petróleo tiene un efecto inmediato. Pero esos primeros síntomas pasan. Después, con el tiempo, te vas dando cuenta de que esa contaminación está haciendo mella en tu salud. A los afectados no les dan información. La única información que circula es la que ofrece la empresa responsable del desastre. Hay estudios de organizaciones no gubernamentales que demuestran que las personas afectadas tienen metales pesados en el cuerpo. Pero el Estado, que es quien debería investigar, no interviene.

¿Algo que lo impresionara especialmente mientras construía estas historias?

Que, a pesar de que tienen todo en su contra, los hombres y mujeres que retrata este libro siguen resistiendo.