Arte y relato

Juliana Ríos: narrando con pinturas

Desde Alaska hasta Mompox, con una larga estación en el desierto guajiro, esta peregrinación pictórica de Juliana Ríos nos trae los rostros del paisaje y el espíritu de la colombianidad en narraciones pictóricas.

El ambiente del Caribe y las tradiciones religiosas son algunos de los temas que Juliana Restrepo plasmó en el conjunto de óleos que tituló “Peregrinaciones”. / Archivo personal

Podría decirse de Juliana Ríos Martínez que pinta hasta cuando duerme. Asume su oficio con la humildad de una obrera y la intensidad de una sacerdotisa. Y esos dos personajes reunidos en ella parecen perseguir todo el tiempo una verdad esquiva. Entonces Juliana pinta hacia adelante: a pesar de la aparente circularidad de sus temas, su pintura se mueve siempre como un barco en aguas nuevas.

Parte de esa navegación es la muestra que Juliana inaugura en Mompox, en el espacio cultural nacido en la recién restaurada casona del Hostal Doña Manuela, bajo el título de “Peregrinaciones”: un conjunto de óleos de gran formato sobre la atmósfera caribe, el campo, los colores de las ciénagas, el eco de las costumbres religiosas y el rostro mestizo de lo popular.

Desde muy temprano en su vida Juliana se consagró a la pintura, más que como un oficio o un arte, como una actitud de vida y una lectura del mundo. Es una apuesta vital que compromete cada fibra de su ser. Su manera de situarse e interpretar su entorno le permite trabajar en una reelaboración permanente de la realidad en mensajes pictóricos que articulan épocas, culturas, colores, escenarios y atmósferas representativas de sus raíces y de su proceso vital.

A sus 30 recién cumplidos, Juliana se halla en pleno período de exploración y crecimiento, luego de sus años formativos que incluyeron un pregrado en artes visuales, estudios de pintura, escultura y teatro con diversos maestros y algunas exposiciones colectivas y residencias artísticas en Colombia, Canadá, Italia, España y Bulgaria. Su obra lleva ahora un rumbo y una identidad sólida acerca de los valores del paisaje, la memoria y la cultura de su país. Su búsqueda la ha llevado por medio planeta, desde la Toscana en Italia hasta Alaska, investigando, estudiando y exponiendo, pero sobre todo exponiéndose ella misma a paisajes, entornos y atmósferas heterogéneas, que se mezclan en una secreta alquimia con sus recuerdos y sus raíces doblemente colombianas. No se queda encerrada en el estudio sino durante períodos definidos de eclosión en los que pinta sin horario y sin día de la semana.

De raíces guajiras por parte de madre y entronque quindiano y caleño por parte de padre, Juliana lleva la colombianidad como una mixtura de ambas regiones, en su sangre, en su ADN cultural, en sus recuerdos personales y en su memoria ancestral. Prueba de ello es su anterior trabajo, la serie de óleos de gran formato titulada “La Visita”, donde exploró la fotografía familiar como ejercicio de amnesia: una forma de estética popular del olvido que reposa en los cajones y los armarios de todos nosotros. Recreó las fotografías desvaídas de su propia familia en unas telas hercúleas y sombrías como pinturas de Goya en donde los rostros huyen en formas difusas al igual que los recuerdos, y al igual que la memoria de tías, abuelas, sobrinos, cuñadas y amigos que quedan presos en billones de fotografías alrededor del planeta y cuyos nombres son olvidados a la vuelta de un par de generaciones. Juliana quiso homenajear así lo deleznable del amor y también la huella de los orígenes, y traza una primera paradoja al convertir la fotografía en pintura, cuando históricamente sucede todo lo contrario.

Por la misma época emprendió una residencia artística en Sitka, puerto de Alaska en donde entró en contacto con un paisaje marítimo radicalmente opuesto al de La Guajira de su infancia. A modo de praxis estética trabajó en sesiones de pintura del natural, in situ, al aire libre, al estilo de los paisajistas del XIX, que tomaban sus apuntes en el lugar, sin la intermediación de la fotografía. Luego repitió el proceso en el desierto guajiro, obteniendo un contraste entre ambientes tan extremos como opuestos. Documentó el trabajo en videos de time lapse que recogen horas y horas de pintura, los cambios de la luz y el avance del pigmento en el papel en unos pocos minutos. También hizo fotografías de cada lugar pintado, ubicando cada acuarela en los encuadres como una especie de suplantación de lo real fotografiado. Al igual que en “La Visita”, Juliana genera varias paradojas. Se borran los límites entre lo real luminoso captado en cada fotografía y la acuarela como dispositivo pictórico de representación de lo real. Pero a su vez las fotografías son un artificio que se superpone a otro artificio. En el montaje de la exposición, los videos de time lapse de Juliana pintando al lado de un puente, en un bosque, en un cuerpo de agua o en el Cabo de la Vela, ruedan todo el tiempo al lado de las fotografías y de las acuarelas mismas como en una especie de eterno loop, un rizo rizado de la realidad: un fractal de tiempo además de imagen.

Esta propuesta minimalista de tiempo y pintura contrasta con las trece pinturas de gran formato con temas, atmósferas y colores claramente colombianos. La mirada de Juliana en este momento del arte, cuando el curador y el crítico se han hecho casi que más importantes que el artista mismo, es una mirada independiente, alejada del establecimiento artístico y de las corrientes en boga. Es una mirada libre: figurativa, rural, bucólica, de alguna manera romántica pero también contemporánea, que incluye procesiones religiosas, campesinos caribes en su burro, escenas de pesca y hasta escuelas de vereda. Una mirada en contravía, hecha de componentes sueltos de la memoria colectiva. Anacrónica, como su método mismo, tan lejano del arte conceptual y el ready made. Una mirada poética, narrativa.

Aunque aún no se suelta del alto contraste goyesco que les dio dramatismo a sus pinturas de las fotos de “La Visita”, Juliana efectúa en esta peregrinación pictórica que adecuadamente culmina en la fluvial Mompox, una exploración del color del trópico y una búsqueda de paletas cromáticas nuevas que le otorgan a esta obra una atmósfera misteriosa y a la vez luminosa. Esos paisanos de ropas claras, esos rasgos borrosos, esas ciénagas difusas y esos “yipaos” que se han hecho parte de nuestros bosques y montañas, parecen salidos directamente de unos olvidados relatos del Gabriel García Márquez de los años 50 sobre la región encantada de La Mojana, de donde él rescató desde el fondo de sus memorias de infancia la leyenda de la marquesita de la Sierpe y su maraña de nieblas, ciénagas y caños infinitos.

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2018-03-31T21:00:33-05:00

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2018-03-31T21:13:47-05:00

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Carlos Mauricio Vega

Cultura

Juliana Ríos: narrando con pinturas

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