La búsqueda de equidad, libertad e igualdad necesita del pensamiento variado y crítico

Busco una imagen. Un instante. Algo que potencie el poder de la metáfora. Se me ocurre la de una mujer, en 1983, frente a un atril, expresando ante una audiencia: “quisiera una tregua de veinticuatro horas donde no haya violaciones”. (Una súplica que más de tres décadas después resuena por su hiriente relevancia).

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Se me ocurre la de la actriz británica Emma Watson, en 2014, en las Naciones Unidas, preguntando, “¿cómo podemos efectuar cambio en el mundo si sólo la mitad de la población es invitada o se siente bienvenida a participar en la conversación?”. Se me ocurre la de Madonna, recibiendo el premio “Mujer del año”, en los premios Billboard de 2016: “sé aquello que los hombres quieren que seas. Y más importante aún, sé aquello con lo que las mujeres se sientan cómodas contigo mientras están con otros hombres. Y finalmente, no envejezcas. Porque envejecer es un pecado. Serás criticada, serás vilificada, y ciertamente no pondrán tu música en la radio”. Y también, por qué no, otra imagen, de la misma Madonna, en 1990, en una entrevista televisiva en la que, ante la censura de uno de sus videos en MTV, defendía que encadenarse, en esas imágenes eróticas, era su fantasía y la potestad de su propio deseo. La imagen en la que el entrevistador le preguntó por las acusaciones que le hacían otras mujeres de reforzar posiciones femeninas como objetos sumisos. 

Si está interesado en leer el anterior texto de Vanessa Rosales, ingrese acá: ¿Y si hablamos menos de feminismo y más sobre equidad?

Se me ocurren las marchas femeninas de enero 2017, el día después del posicionamiento de Donald Trump en la presidencia estadounidense. Millones de mujeres, (y de hombres) en las calles, con pancartas, con consignas, inconformes e inquietos. Imágenes que hacían espejo a las marchas de la década del 60, cuando aquellas movidas trajeron, a través de la fuerza y la consciencia, cambios importantes y definitivos. Mujeres en las calles, en cantidades variadas, rabiosas y esperanzadas. Y se me ocurre otra imagen, de febrero de este año, en Cartagena. Chimamanda Ngozi Adichié, respondiendo, ante una pregunta de una de las chicas de la audiencia sobre lo difícil que parece ser mujer y auto describirse como feminista, ante la cual la escritora nigeriana replica: “a mí me gustaría saber también ¿dónde están los chicos, los hombres feministas?”

Todas, a su manera, hablan sobre lo mismo: la posibilidad de que las mujeres tengan igualdad y libertad. ¿Pero por qué, si en nuestra contemporaneidad, se han derribado tantas barreras que solían levantarse, sigue siendo importante este tema? ¿Por qué se ha instalado en las redes digitales y en los debates cotidianos? Porque la forma como hemos codificado lo masculino y lo femenino se sigue expresando de manera asimétrica - es la herencia de estructuras que se han sostenido durante siglos. Porque, como escribe Siri Hustvedt, “Hoy día se escribe continuamente sobre los prejuicios inconscientes, pero lo interesante no es que existan sino por qué existen y cómo funcionan en todos nosotros”. 

A Gloria Steinem, una de las activistas de los derechos femeninos de los sesenta y setenta – que aún vive para luchar por su causa – se le adjudica la frase: “feminista es cualquiera que reconoce la igualdad y la completa humanidad de hombres y mujeres”. El término no discrimina género. El término, por supuesto, se creó para darle nombre a la realidad histórica de que lo femenino se codificó, dentro de muchos lentes, como restringido e inferior. El término, en esencia, busca sembrar paridad, libertad e integridad, e igualdad en derechos y condiciones. 

Quienes se consideran feministas no necesitan exactamente persuasión para luchar o para adjudicarse el término. Pero en un tiempo en que a la presidencia estadounidense llegó un misógino sin escrutinio, en donde los movimientos del más variado conservatismo buscan contener la libertad femenina y reforzar la prescripción asignada a los códigos masculinos y femeninos, en donde la violencia contra las mujeres se despliega todos los días en los contextos más distintos, existen múltiples segmentos que rechazan el feminismo. Lo desconocen. Lo juzgan equivocadamente. ¿Cómo abordar a los enemigos de un movimiento que libera? ¿Cómo cuestionarlos y persuadirlos de que, más allá de las formas, la igualdad de los sexos es un tema que permite resplandecer a la condición humana? ¿No cuestionamos a los enemigos del feminismo? 

La intención de preguntar si al hablar de equidad logramos generar más unión que separatismo, no es un cuestionamiento formulado para quienes no necesitan ser convencidos de lo evidente. Detrás de ese pregunta, el feminismo es el fondo inamovible. Pero sus formas son muchas. Su grandeza y luminosidad ameritan la cultivación desde orillas variadas y distintas. El feminismo atraviesa las esferas más variadas en términos filosóficos y discursivos. Compila múltiples instancias desde las cuales se busca, en últimas, crear esa paridad que aún no se ha logrado. Por eso, precisamente, a pesar de las múltiples conquistas judiciales, legales, constitucionales, políticas y culturales, hay debates que siguen vivos. Y tienen mucho que ver con cómo se ha codificado todo aquello que se percibe como femenino. 

Afirmar que ese tipo de pregunta, sobre el uso de la palabra equidad, es querer derogar la palabra feminismo, es una lectura perturbadoramente simplista. (Sobre todo si esa lectura se le hace a alguien que lleva años escribiendo desde la perspectiva feminista). Pero sobre todo, conduce a formular muchas preguntas. ¿Por qué esa necesidad de singularizar el feminismo? ¿Por qué esa insistencia en homogeneizarlo? ¿Quiénes son las feministas? Como movimiento político y prisma filosófico, el feminismo no se ha caracterizado por ser una condición unánime. No debería. Y aquí entra en juego una dinámica entre formas y fondos que en nuestros tiempos de reacciones digitales y no de reflexiones críticas parece estar desbordándose. El fondo es uno: la búsqueda de igualdad, libertad y equidad, para todos los sexos, a nivel político, económico, social y cultural. Pero lo que significa igualdad y libertad varía. Al abandonar el terreno de la teoría y aterrizar en las texturas humanas, se complejiza. 

Aquel fondo puede tener vertientes y conductos variados. Incluso, cualquiera que mire los despliegues discursivos del feminismo percibirá rápidamente su diversidad. Por eso resulta desconcertante que sus exponentes parezcan desconocer esa multiplicidad con el necio afán de homogeneizar lo que es el feminismo. Existen los feminismos radicales, los liberales, los socialistas, los que conciben que el problema fundamental es la clase social y el capitalismo, los que estiman que hay que derogar el género en sí mismo, los que en cambio abogan por el reconocimiento de lo diferencial. Ejemplos brevísimos. Del mismo modo, las vertientes que buscan sellar más simetría y paridad pueden estar ancladas en los segmentos indígenas; en la experiencia de la raza negra; en asuntos que corresponden al mercado neoliberal y la paga inequitativa; a las reflexiones que se gestan desde la academia y la filosofía; las que buscan feminizar el canon literario; las que observan, estudian e insisten en los derechos reproductivos; en las causas que anclan en la representación política femenina. Las que se sumergen en las profundidades de la violencia sistemática y cotidiana; las que abren caminos en oficios tradicionalmente masculinos – el deporte, las ciencias, la tecnología. Y en los últimos años, como sucedió hace poco con el lanzamiento del estado actual de la paternidad global, realizada por la ONG Promundo y de reportes realizados con riguroso estudio en terrenos latinoamericanos distintos por ONU Mujeres, se ha hecho más evidente que para transformar estructuras muy incrustadas es necesario incentivar masculinidades cuidadoras, que se basen más en la empatía, que compartan los espacios que se codificaron históricamente como femeninos. Las estadísticas, y no la insensatez dogmática, que insiste en que los hombres “no pueden ser feministas”, demuestran con amplitud que la asimetría no será rota si no participa la masculinidad. ¿No es evidente que si la lucha feminista busca igualdad, por ejemplo, en el trabajo del cuidado doméstico, es indispensable incluir a la población masculina? 

Ahora, ¿por qué equidad? ¿Cuáles son las aristas? Muchas políticas públicas tanto nacionales como globales asumen ese término en ejecuciones concretas y discursivas. Su fondo siempre es feminista. Algunos autores han señalado que la igualdad corresponde al aspecto ético, mientras que la equidad remite a lo político. Algunas pensadoras filosóficas han desarrollado teorías alrededor de la importancia de las “mini-inequidades”, pequeñas injusticias inequitativas que suelen ser reflejo de escalas más amplias. Algo que resuena, por ejemplo, con la consigna siempre relevante de “lo personal es político”. En ciertas elaboraciones filosóficas, la desigualdad es neutra, mientras que la inequidad remite a expresiones de injusticia. El propósito común es el mismo. Las orillas varían.

En cuanto a las distinciones y afinidades entre los términos, el asesor de ONU Mujeres Sebastián Essayag explica: “En las convenciones internacionales sobre los derechos de la mujer, siempre se hace una digresión en términos de equidad e igualdad. Porque la equidad es un medio para alcanzar la igualdad. Y la igualdad es una meta, en tanto implica recibir el mismo trato sin considerar las diferencias. La igualdad apunta a la obtención de los mismos derechos ante la ley, y la equidad son los medios, las medidas, que ahí justamente aparece más la vinculación con la política pública, para poder alcanzar la meta de la igualdad. Claramente es un concepto feminista. En términos de políticas públicas y de términos más formales, la equidad  - y ONU Mujeres adscribe a esa posición- es un medio y son una serie de condiciones, de herramientas, de políticas y de medidas de intervención apuntando justamente desde un enfoque más de la interseccionalidad, que reconoce las diferencias”. 

El problema con los discursos reaccionarios, es que insisten en percibir las cosas de manera simplista. En binarios. ¿No es patriarcal ese prisma polarizador, que concibe las cosas en bandos exactos y que desconoce la variedad? ¿No es patriarcal ese sesgo que insiste en afianzar un modo correcto de feminismo, algo que es necesariamente plural? ¿No es patriarcal esa necesidad de reducir las cosas a una verdad singular, que homogeniza aquello que merece y requiere matices y texturas? El problema con los discursos reaccionarios, - alentados además por las dinámicas de las redes sociales-, es que insisten, con frecuencia, en la personalización del debate, en la descalificación personal y no en recurrir a la invitación frontal para discutir ideas y disentir, desde el respeto que concede la inteligencia a los diálogos humanos y sus contrastes. Las ideas están para ser confrontadas y debatidas. Estos temas, de y para todos, los que ameritan ser objetivos compartidos y no fuentes de separatismo, los que conciernen al progreso, a la libertad y la igualdad humana, ameritan, precisamente, discusiones abiertas, motivadas por la variedad. La fiscalización derrota ese objetivo. ¿No ganamos más si, encaminados hacia lo mismo, se multiplican las formas, las voces y las orillas discursivas? 

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Vanessa Rosales

Cultura

La búsqueda de equidad, libertad e igualdad necesita del pensamiento variado y crítico

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