La carta que James Baldwin no rompió

Fue una de las voces más lúcidas del siglo XX, escritor y defensor de los derechos civiles de los negros y de los homosexuales. Recordamos a James Baldwin en el 94 aniversario de su nacimiento.

James Baldwin (1924 - 1987) fue un defensor de los derechos de los negros y de los homosexuales, en la sociedad estadounidense de mediados del siglo XX / Allan Warren

Maya Angelou y James Baldwin eran amigos íntimos. A veces tenían conversaciones como esta:

—Me alegra decir que el hombre del que estoy enamorada está enamorado de mí. Ya sabes que estamos viviendo juntos, en California. Las cosas nos van bastante bien.

—¿Pero?

—¡Oh, Jimmy! ¿Puedes creer que me propuso matrimonio? Le he dicho mil veces que no me interesa esa institución. Pero él no deja de insistir.

—¿Tu reticencia a casarte con él tiene algo que ver con que sea blanco?

—Quizás.

—Pero que sea blanco no ha evitado que te enamores de él.

—No.

—Pero te impide hacer ninguna declaración pública de tu amor, ¿es eso?

—Supongo.

—Ajá…

—Vamos, Jimmy. ¿Qué va a decir mi gente?

—Maya Angelou, hablas siempre de valentía, dices a todos que se atrevan a amar, pero tú no tienes valor. ¿Eres una hipócrita?

Baldwin solía decir que a la gente le resulta difícil actuar de acuerdo con su consciencia, “porque actuar es asumir un compromiso, y asumir un compromiso equivale a estar en peligro”. Para encarar ciertos peligros hace falta tener valor. Baldwin lo tenía, y lo contagiaba –Maya Angelou finalmente se casó con su enamorado blanco–. Era escritor, abiertamente homosexual y defensor de los derechos de los negros y de los homosexuales, con todo lo que eso suponía en la sociedad estadounidense de mediados del siglo XX. La cabeza y la lengua de Baldwin solían funcionar como dos nadadoras sincronizadas. Se notaba cuando exponía sus ideas, que encandilaban a algunos y sacaban de quicio a otros. Baldwin era un hombre realmente comprometido. Denunció las desigualdades de su tiempo en novelas, obras de teatro, ensayos y declaraciones públicas. Y eso tenía consecuencias que supo asumir con una perfecta combinación de rabia y elegancia.

Tenía una mirada siempre asombrada, y una sonrisa grande y generosa como la de Ray Charles. No era muy alto, era más bien de baja estatura. Delicado en el vestir. Podría decirse que Baldwin, hijo rebelde de un predicador baptista, nacido en Nueva York el 2 de agosto de 1924 y descendiente de esclavos, era un hombre coqueto. Lo primero que leí de él fue una carta que llegó a escribir y a romper hasta cinco veces. Era una carta para su sobrino –y tocayo– Big James. Cuando la escribió, se celebraban cien años de la Proclamación de Emancipación hecha por Abraham Lincoln en 1863. La declaración de Lincoln decía que los negros esclavizados obtendrían su libertad. Pero como dijo otro entrañable amigo de Baldwin, el pastor Martin Luther King, el pueblo negro había recibido un cheque que no tenía fondos.

Así que el noble de Baldwin preparaba a su sobrino para la realidad que lo esperaba en las calles del gueto, donde lo habían condenado a vivir y donde tendría que aprender a sobrevivir: “Tú naciste donde naciste y afrontaste el futuro que afrontaste porque eres negro, y por ninguna otra razón. De este modo, los límites de tu ambición quedaron sellados para siempre. Naciste en una sociedad que decretó con brutal claridad, y en todas las formas posibles, que eras un ser humano indigno”.

En su carta, Baldwin le decía a su sobrino que “integración” y “aceptación” eran dos falsas máscaras. ¿Qué quería decir exactamente “integración”? ¿Que los negros debían intentar parecerse a los blancos? ¿Y “aceptación” quería decir que los blancos debían sacrificarse, y en un gesto de caridad cristiana, quizás, aceptar a los negros? Eso no tenía ningún sentido para Baldwin, al menos no el sentido que le daba la sociedad de entonces: “Si la palabra integración tiene algún sentido, este es su sentido: que nosotros, con amor, obliguemos a nuestros hermanos a verse como son, que dejen de evadirse de la realidad y empiecen a transformarla”. Baldwin hablaba de amor, sí, pero, como dice un adagio popular, “amor no quita conocimiento”. Los perpetradores de un sistema enfermo y opresor no debían ampararse eternamente bajo las alas de la inocencia. “Es esa inocencia la que constituye el crimen”, decía Baldwin. Los inocentes se rebelarían diciendo que los atropellos que denunciaban hombres como Baldwin no eran ciertos. Pero el crimen estaba ahí, palpitando, como una enorme rata de alcantarilla que muchachos como Big James esquivaban en las calles, en la oficina de correos y en los autobuses.

La transformación de la realidad no iba a caer del cielo como un rayo. Muchos blancos vivían amarrados a sus propias cadenas, atrapados en una historia que les habían contado durante años. “Los negros son inferiores a los blancos”, predicaban, como si aquello fuera un mandato del mismísimo Dios, como si cada uno de ellos, sus hijos privilegiados, tuviera la obligación de hacer cumplir esa ley. Así eran las cosas para Big James, así habían sido para los Baldwin de las generaciones anteriores. No podían elegir libremente a cuál café ir, a quien amar, en qué banco del parque sentarse o en qué retrete orinar.

“Procura recordar, te ruego, que lo que ellos creen, y también lo que ellos hacen y te hacen padecer, no es prueba de tu inferioridad sino de su inhumanidad y de su miedo”. Baldwin le recordó a su sobrino de dónde venía. Saber de dónde uno viene no significa que jamás se sentirá perdido, es un modo de honrar y preservar la memoria de los que vinieron antes. Y esa memoria, sumada a la propia experiencia, nos da el derecho de contar nuestra historia y de decidir cuáles son los límites de nuestras aspiraciones. Porque, como decía Baldwin, “la mayor parte de la humanidad no es toda la humanidad”, y sin la memoria de las llamadas minorías, la historia seguirá avanzando con una pata coja. Baldwin le habló a Big James de los hombres negros que trabajaban en los campos de algodón, de los que represaban ríos y de los que construían ferrocarriles. ¿Cuántos peligros y humillaciones no habían soportado? Y, sin embargo, conservaron algo que los rescató de la derrota absoluta: su dignidad.

“Dios te bendiga, James, y buena suerte”, se despedía el tío Jimmy.

 

 

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