Las historietas y las librerías

La circulación del cómic

Seis libreros del país nos hablan sobre las ventas del cómic, el nacimiento de autores locales y el Festival Entreviñetas.

La dibujante Mariela Pabón (Puerto Rico) interviene una vitrina de la librería La Valija de Fuego, en Bogotá, en el marco del 8º Festival Entreviñetas.

Alack Sinner no tiene cara, o no la tenía antes de pasar por las manos de Muñoz. Alack Sinner no tiene voz, no hasta que Sampayo se encarga del asunto. El mundo de Alack Sinner es ficticio: su oficio, su casa, su hermana. O lo era antes de que pudiéramos leerlo. Ahora que lo hemos hecho, ¿quién podrá sacarnos de ese mundo tan real? Tan tangible. Alack Sinner es el detective ficticio que le da nombre al cómic creado en los años 70 por la dupla porteña Carlos Sampayo y José Muñoz. Obra que se ha consagrado como un clásico de la novela negra y que ha influido en la obra, entre muchos, de Frank Miller, conocido por sus novelas gráficas Sin City y 300, que fueron llevadas al cine hace unos cuantos años.

José Muñoz se sentó encorvado, pidió un café que le llegó hirviendo, y se demoró en empezar a hablar. Estaba en la mitad de una mesa en la que podrían sentarse –y estaban sentadas— unas quince personas más. Todos los presentes dejaron sobre la mesa, como evidencia de lo que son, sus herramientas de trabajo: pinceles, lápices, colores. Escucharon a José Muñoz con atención y nadie parecía sorprendido de que estuviera ahí. Sucedió hace unas semanas en Medellín. Hace diez años, el cómic era silencioso en Colombia. Lo leían tal vez los jóvenes, los pequeños, el resto lo consideraban un género menor, no exigía tanta destreza de parte del lector. La dosis para los adultos venía en pequeñas cantidades —unas cuatro, máximo cinco viñetas— en algún fanzine local muy escondido. Ahora, gracias a la labor de editoriales como Planeta, Salamandra Graphic y Laguna, encontrar cómics y novelas gráficas no es una tarea imposible. Y gracias a festivales como Entreviñetas tenemos de frente a los propios autores. Por eso a nadie le sorprendía ver a Muñoz sentado en la mitad de la mesa, conversando con tanta soltura sobre su obra.

¿Pero qué pasó en Colombia? ¿Por qué apenas ahora conocemos este medio narrativo que existe desde hace años y que habíamos visto sólo en tiras de periódicos? “Hay varias cosas. Daniel Jiménez empezó con Entreviñetas hace unos años y eso ayudó mucho, él empezó a hacer visibles los cómics de autor, empezó a traer ilustradores, empezó a atraer público. También está que hace ya cuatro o cinco años se le quitó el IVA al cómic y eso rebajó un poco el precio, aunque igual el cómic es costoso. Creo que lo más importante es que los profesores lectores de este género lo han compartido con sus estudiantes’’, dice Ana María Aragón, librera de Casa Tomada, en Bogotá.

Lo que pasó no fue con el cómic, fue con la imagen que se tenía de él: los lectores empezaron a darse cuenta de que este no era menor. La ilustración se fue adueñando de las historias clásicas de la literatura y con periodistas como Joe Sacco, que han utilizado este medio para narrar temas como el conflicto en Palestina, los académicos locales se dieron cuenta de que este no era un arte infantil ni aniñado. El cómic se fue considerando más serio, más respetado, dice el dibujante colombiano Joni Benjumea, dueño de la librería Antimateria en Medellín. “Cuando yo estudiaba estaba casi que prohibido hablar de cómic. Ahora es mucho más conocido, mucho más popular. La prensa habla de cómics, hay festivales como Entreviñetas que nacen para su divulgación. Han aparecido muchas personas que quieren acercarse al cómic como ilustradores o como público y la internet ha ayudado a la divulgación también’’.

Y entre tantos factores que han popularizado el cómic está el hecho de que cualquiera puede acercarse a él, de que los libros dejaron de ser joyas escasas, así se abrieron ante el gran público, cosa que ha sucedido en Europa y Estados Unidos por décadas. Así se vino al piso la idea de que era solo para jóvenes. “El cómic no funciona solo con jóvenes, tiene algo muy interesante y es que no discrimina edades. Le llega a un niño que está empezando a leer o a un adulto profesional. Esto hace que tenga un público más amplio que otros libros. Aquí vendemos a Mafalda, a Tintín para niños. Y hemos encontrado un público amplio para la novela gráfica’’ cuenta Aída Mercedes Zafra, desde su experiencia como librera en la Cafebrería de Cali.

Aun así, el cómic es todavía una posibilidad incipiente para el mercado de las librerías. A pesar de tener la capacidad de llegarle a cualquiera, todavía tiene un público reducido en el país. Eso es, tal vez, por la más evidente de las razones: sus precios elevados. Es cierto que ahora está exento de IVA, pero por ser material de importación, todavía es costoso. “En la pasada Feria del Libro de Manizales (la semana pasada) nuestros vecinos de estand vendieron cómics tipo superhéroe: Marvel, DC cómics; pero las ventas estuvieron muy regulares para ellos. Sus precios estaban entre 120 y 130 mil pesos”, dice el librero de Libélula, Tomás David Rubio, en Manizales.

¿Qué hace falta para que el público se motive a comprar cómic a pesar de estos precios? Mario Ruiz Cárdenas, quien se ha dedicado a estudiar el tema y fue librero de Grammata, Medellín, responde: “Hace falta visibilizar más el cómic, hacerlo más público. Sigue haciendo falta la promoción de la lectura, y mucho más la de cómic. Ahora, para los ya lectores, creo que una de las cosas que más falta hacen en Colombia es una librería especializada, que maneje todos los géneros del cómic”.

Aun con los problemas que se presentan a la hora de vender cómic, hoy pasa algo que hace unos años sería impensable: editoriales locales han apostado por autores de cómic locales. Los problemas de la importación disminuyen cuando hay contenido nacional para vender. Autores como Powerpaola son bastante mencionados entre libreros: “Entre los más populares están las novelas gráficas Maus y V de venganza —grandes best sellers internacionales—, pero pasa algo muy bonito y es que sobre ellos está Powerpaola, un autor local, con Virus tropical”, dijo Daniel Arreaza, librero de Wilborada 1047, en Bogotá.

Se trata de un cambio total en el panorama del cómic nacional. Historias locales se venden con facilidad, gracias al trabajo de divulgación hecho con festivales y gestores culturales del cómic, cosa que no sucede con géneros literarios como la poesía y el cuento. “Y curiosamente –dice Daniel– “es la misma Powerpaola quien levanta curiosidades entre los extranjeros que entran a la librería buscando sus publicaciones”.

*Autora de “Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto”, publicado por Angosta Editores.

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