“Norma”, de Vincenzo Bellini.

La cumbre del “bel canto”

Cine Colombia inicia su décima temporada de transmisiones desde la Ópera Metropolitana de Nueva York con un título emblemático del repertorio. Una historia que plantea un dilema entre las pasiones y el deber.

La soprano Sondra Radvanovsky. / Cortesía

Vincenzo Bellini murió antes de cumplir 34 años. Su desaparición fue tan intempestiva, que alcanzaron a surgir rumores (como en el caso de Mozart) de que la hubiera provocado algún celoso rival en la música o en el amor; la causa real parece haber sido una enfermedad hepática, que ciertamente cambió la historia de la ópera europea. En efecto, en 1835 su nombre empezaba a tener fama más allá de las capitales de la fragmentada Italia de ese momento, y en particular en Francia, donde murió.

Es fácil caer en la tentación de preguntarse qué habría pasado si Bellini hubiera llegado a los 51 años que alcanzó Donizetti, por no hablar de los 76 que cumplió Rossini, sus principales contemporáneos en la escena lírica europea. Como mínimo podría afirmarse que el arranque de la carrera de Verdi, que tuvo como rival más importante a un Donizetti ya muy débil, hubiera sido considerablemente más difícil y accidentado.

En diez años de actividad Bellini estrenó diez óperas, de las cuales por lo menos tres -La sonámbula, Los puritanos y Norma- forman parte del repertorio usual de los grandes teatros de todo el mundo, y la última de las mencionadas es considerada por muchos como la obra maestra del compositor y la más alta muestra del bel canto.

Como otras categorías artísticas, la definición de bel canto es prácticamente imposible sin caer en la tautología. La expresión italiana es suficientemente vaga como para acoger legítimamente a Jorge Negrete, Ella Fitzgerald o Freddie Mercury, según las preferencias personales. No obstante, en términos generales, se puede decir que el bel canto es tanto el estilo como el ideal de los compositores de ópera italiana durante más o menos los primeros tres cuartos del siglo XIX. En las óperas de ese período lo prioritario era el lucimiento de la voz de los cantantes solistas; todo se subordinaba a ese objetivo: la orquestación, la secuencia de los números musicales (arias, dúos o tríos, concertantes), incluso la lógica dramática y la selección de temas y personajes. La pretensión era que los protagonistas exhibieran en todo momento el control absoluto de su instrumento: más allá de los gorgoritos y las notas extremadamente altas o bajas, que son la base de las caricaturas del estilo, se buscaba que los cantantes mantuvieran un colorido atractivo en sus voces mientras hilaban frases larguísimas, hacían saltos entre notas muy distantes, variaban el volumen de la voz desde pianos sutiles hasta sobreponerse a la fuerza de la orquesta completa o adornaban con trinos o deslizamientos las melodías que interpretaban. El papel de Norma contiene todos y cada uno de esos requerimientos.

También desde el punto de vista dramático Norma es un rol interesante: a diferencia de la mayoría de mujeres en la ópera, no se trata de una víctima a merced de las voluntades de los hombres que la rodean; es una sacerdotisa respetada y poderosa que tanto puede refrenar los reclamos de venganza que hace su pueblo contra la ocupación de los romanos como enviarlo a la guerra. También puede absolver o condenar a la joven con quien la ha traicionado su marido. Al mismo tiempo es una mujer vulnerable que descubre que los principales instrumentos de venganza que tendría contra Pollione, su esposo infiel, son sus propios hijos, a quienes siente que preferiría ver muertos antes de dejarlos partir hacia Roma, en lo que considera un exilio funesto y humillante.

Los papeles coprotagonistas son igualmente exigentes, sobre todo en lo musical. Apartándose de las convenciones operáticas, usualmente se elige para el papel de Adalgisa, la rival de Norma, a una cantante de tesitura más grave (que suele asociarse con personas mayores o poderosas); por lo tanto, la cantante que la encarna debe transmitir una dosis contrastante de fragilidad juvenil, especialmente en los dos bellísimos dúos con Norma y el trío con ésta y con Pollione, que son los momentos culminantes de su rol. Por su parte, los retos de encarnar a Pollione se han multiplicado con el paso del tiempo: cuando Bellini escribió la música del personaje tenía en la mente a un cantante que hoy clasificaríamos como un barítono, que llegaba a las notas más altas apelando al recurso del falsete, hoy totalmente desterrado de los escenarios operáticos. Actualmente el papel se asigna a tenores que, por largos trechos, tienen que hacer el esfuerzo de cantar en las zonas más bajas de su registro.

Por estos y otros motivos los aficionados a la ópera acuden a las presentaciones de Norma con enormes expectativas. Cuando la función está a la altura de los requisitos, la experiencia es insuperable. Más allá de las definiciones, esa es la mejor manera de comprender qué es el bel canto y por qué ha encantado a los públicos de todo el mundo por ya casi doscientos años.

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