Mente de moda

La escritora frívola

A la escritura de moda se le acusa de ser blanda y promocional. Es así. Y sin embargo, de manera contradictoria, también puede ser un estimulante portal al mundo de los significados y los símbolos.

Ilustración Istock

Si por estos días ha resurgido la incómoda noción de que para ser “verdadero” en el arte de la escritura es preciso ser varón, ¿qué percepción puede depararle a una pluma que se ha volcado a los temas considerados como los más “femeninos”?

El debate que incendió la ausencia de escritoras en un notorio evento de este mes en París, abre, sin duda, las reservas de un subconsciente que persiste, donde, desde ciertas miradas, las plumas de las mujeres no se ven como poseedoras de la densidad que tendrían, en teoría, autores varoniles.

El asunto siempre tiene que ver con presencias y miradas. Hay que considerar que, en muchos oficios, y si se mira el gran esquema temporal de la existencia humana, la presencia femenina sigue siendo reciente y tardía. La mirada de las cosas perteneció durante anchos tiempos a quien era libre de mirar y de consignarlo a través de la palabra escrita (algo que sucede también en el arte o la ciencia, por ejemplo), mirada y presencia que fue notoria y largamente masculina.

Es innegable que la posibilidad escasa que tuvieron las mujeres para escribir o para hacerlo de manera visible, hizo que el oficio se hiciera también predominantemente masculino. Y esto es algo primordial que ayuda a explicar por qué la necesidad de resaltar la relevancia de la presencia de mujeres en cualquier campo. Pero vamos, en los tiempos que corren, cualquier noción que perciba la escritura femenina como algo secundario refleja un sesgo más atribuible a un obtuso temor o a un razonamiento francamente primitivo.

Si los hechos recientes demuestran que la escritura femenina en Colombia está llamada a seguir siendo reconocida, qué decir de un tipo de escritura que se ha encargado de representar y observar algunos de los temas que con mayor rapidez se asocian al universo femenino. Ningún pasatiempo es más velozmente asociado a la mujer que la moda, y con ella, la vestimenta, la cultivación estética y los asuntos cambiantes de las apariencias y del estilo.

La moda nunca ha tenido una virtuosa reputación. Ciertamente no entre patriarcas de pensamiento altivo y tampoco, con frecuencia, entre ciertas gamas del mismo feminismo. La moda. Una tirana de lo frívolo. Una prisión para la identidad femenina. Un asuntito de sensiblerías. Un aspecto banal, hecho para revistas. La apariencia: ese desconfiable espejismo, esa condenable artimaña de la vanidad. Esa otra encantadora astucia brujeril, seductora pero temible. (Como otras tantas cosas sobre lo femenino).

La moda como musa de la palabra escrita se ha visto con adversidad similar. Salvo los franceses –del tipo de Roland Barthes y Giles Lipovetsky–, pocas escuelas del pensamiento filosófico o intelectual se sintieron tempranamente confortables concediendo posturas analíticas a un tema que, contradictoriamente, atañe a un porcentaje elevado de la humanidad. El ser humano es, por excelencia, una criatura vestida. Ya lo decía Mark Twain cuando exclamaba que el hombre (o la mujer) desnuda poco impacta en algo a la sociedad.

Tampoco puede negarse que escribir sobre moda supone siempre ciertos conflictos. Por un lado, la moda es un negocio, está hecha para ser vendida. De allí que adentro de la industria, la crítica no siempre sea deseable o bienvenida. De allí que a la escritura de moda se le acuse de ser blanda y promocional. Es así. Y sin embargo, de manera contradictoria, también puede ser un estimulante portal al mundo de los significados y los símbolos.

Y yendo un poco más allá, escribir sobre las apariencias sí supone siempre verbalizar desde un terreno movedizo y dado a la contradicción ineludible. ¿Cómo asir un tema que está caracterizado por su naturaleza oscilante? ¿Cómo darle hondura a un tema que en ciertos casos sí es demostrativo de las vanidades más mezquinas?

A pesar de que los humanos andan por el mundo vestidos, se volvió común reforzar la noción de que reflexionar o analizar la vestimenta es un asunto frívolo. (Seamos honestos, la frivolidad se atribuye tan rápido porque es un tema que se asocia rápido al terreno femenino. Seamos honestos, el exceso de cultivación estética sí puede contribuir a cierto aprisionamiento de la identidad). He allí la suculenta contrariedad.

Pero vamos, no es sólo el tema de la palabra escrita. Es también el hecho de cómo escoge lucir una mujer que piensa, analiza o escribe. O de si usa la imagen de sí misma. O si ha recurrido a los universos que no se ciñen a la “intelectualidad” característica.

Si de por sí es difícil evadir la condescendencia al afirmarse como mujer y como escritora, ¿qué percepciones le deparan a una mujer que, además de calcular los estilismos de su ropa, velar por su composición corpórea y acoger los gajes de la vanidad, tenga, en sus reflexiones escritas, los asuntos de la estética misma? Sencillo. No se estima ni siquiera remotamente cercana para clasificar dentro de las escritoras que firman manifiestos haciéndose visibles. No se considera escritora de verdad.

No deja de ser sorprendente cómo, con frecuencia, los círculos que más proclaman mentalidades anchas y altos estados de liberalismos, no escapan ellos mismos a esos sesgos que claman rechazar. La intelectualidad mira por debajo de sí y con frecuencia a todo aquello que no compagine con la lógica masculina. Y eso incluye temas que dentro de la escritura misma no concuerdan con el convencionalismo intelectual. Interesante contrariedad. Algo para consideración de ustedes, en estos controversiales días.

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