Queda una función de “Climaxxx, una apología al placer” en Focus Teatro

La insolencia de una mujer que goza su sexualidad

Elvira Lavey dirige a las Diabolique Cabaret, un grupo de mujeres que construyen historias alrededor del sexo para entretener y dar un grito de libertad. En entrevista habla sobre sus inspiraciones, hombres intimidados y la necesidad de exhibir la sexualidad en un país como Colombia.

Elvira Lavey, conocida como Hellvira, es la directora del Diabolique Cabaret. / Foto: Shirley Camacho

Cinco mujeres suben a la tarima de una sala pequeña en el Focus Teatro de Bogotá. Tienen vestidos negros largos. Hay aproximadamente treinta personas mirándolas. Acompañadas de música gregoriana, empiezan a gemir, cada vez con más intensidad, hasta llegar a un orgasmo. Luego, en coro, dicen: “Somos lujuria, somos carne. Somos deseo, somos pecado. Somos el Diabolique Cabaret”.

Así arranca Climaxxx, una apología al placer, la primera obra de las Diabolique, a la cual le queda una función en Bogotá, el viernes 6 de octubre. En ocho actos, las artistas bailan, se desnudan, seducen, simulan actos sexuales, ridiculizan los tabúes que hay con los fetiches sexuales, se ríen con la audiencia y hablan de fluidez de género, sexo anal, eyaculación femenina y orgasmos. Su discurso más elocuente, sin embargo, es sobre ellas mismas. La comodidad que muestran con su desnudez; el goce evidente que les produce estar siendo vistas; son reivindicaciones sobre su propio cuerpo. En medio de una sociedad que les ha negado históricamente a las mujeres la posibilidad de sentir placer sin prudencia, el clímax es necesariamente una declaración política.

“Se trata de dar un grito de libertad”, dice Elvira Lavey (también conocida como Hellvira), quien hace dos años decidió formar el grupo. “Libertad, seas hombre o mujer, de hacer lo que quieras, de sentir lo que quieras y de ser quien tú quieras”.

Un proyecto así es necesario, porque “la gente está muy amarrada –continúa Lavey–. Seguimos señalando a los otros, juzgándolos y censurándolos por unos motivos que demuestran que no hemos avanzado nada”.

Ella sabe que una mujer tomando control de su sexualidad y, más aún, construyendo un proyecto artístico sobre la base de la comodidad con la desnudez y el placer, lleva a que la quieran marginar. Pero Lavey ha tenido que lidiar con eso desde su infancia.

Barranquillera, desde pequeña tuvo el respaldo de sus padres para explorar su libertad. Eso significó que las personas de la ciudad la señalaran constantemente. “La sociedad barranquillera es muy machista. Siempre están hablando mal de las chicas; les están creando mala fama. De mí había unas historias muy entretenidas, porque siempre me he vestido de manera vistosa y rara. Entonces decían que era apartamentera, o que hacía películas porno, que me follaba a mi hermano. Y a los dos nos encantaba alimentar la leyenda, porque era muy divertido. Buscábamos que hablaran más y más, porque nos daba muchísima satisfacción”.

Lavey tenía claro que no quería sucumbir a la presión de la sociedad en la que creció. “Yo vi cómo, después de cierta edad, a las mujeres les tocaba cambiar su mentalidad. Empezaban a pensar en cómo escalar socialmente, conseguir marido. Y eso es respetable, pero a mí me sabía a mierda”.

Por eso leía mucho y ha incursionado en distintas artes. Se independizó tan pronto terminó el colegio y desde entonces ha tenido múltiples trabajos: diseño de moda y arte para publicidad y televisión, tiene su propia línea de ropa, es DJ en fiestas y hasta estuvo seis meses como modelo de cámara web, hasta que se aburrió.

El erotismo, no obstante, siempre la ha atraído. “La belleza femenina en particular me causa mucha admiración y fascinación”. Diabolique, entonces, surgió como la oportunidad de mezclar todas sus inquietudes en un solo proyecto. “No quería que fuera un burlesque como los que abundan en Estados Unidos, donde sólo es una mujer desnudándose. Yo quería encontrar una voz y utilizarla; que la gente sienta algo con las historias que le contamos. Así se salgan de la función porque están ofendidos, eso me satisface”.

Elvira Lavey, fotografiada por Melissa Cartagena

La primera vez que montó un show con Diabolique fue en Cine Tonalá. Después, fue a Casa Ensamble y le dijo al director de programación: “Hola, soy Elvira y quiero hacer un cabaret”. La determinación y el talento fueron suficientes para que le dieran una temporada de microburlesque con una bailarina profesional. De ahí, ella y su grupo han sido contratadas para presentarse en bares. Ya hoy tienen una fanaticada que las sigue en redes sociales y las reconoce.

Lo más sorprendente, dice Lavey, es que la mayoría de la audiencia son mujeres. “Hay tantas chicas que necesitaban que alguien dijera esto que nosotras estamos gritando. Me escriben constantemente diciéndome que les encantaría hacer lo mismo”.

En cambio, muchos hombres le tienen miedo. “La ferocidad que muestra el personaje crea cierta barrera; los confunde”. De hecho, la mayoría de las artistas que entran a Diabolique han visto cómo sus relaciones de pareja se acaban por esa incapacidad de entender. “A una, el novio le decía que eligiera entre el Diabolique y él. Ese mismo me llamó una vez y me dijo: “te puedes quedar con ella, igual está mucho mejor contigo”. Y sí, lo estaba, pero no como él creía. El respeto que muestran por lo que hacemos es una vara para medir a nuestras nuevas parejas”.

¿Qué es lo que no entienden quienes se ofenden con Diabolique Cabaret? “Que nosotras tenemos la libertad de hacer lo que queramos y que nos encanta hacerlo. En lo personal, estoy explorando lo que me parece bello y placentero. Cuando estoy en escena es un clímax. Me siento completamente feliz. Me gusta mostrarme como soy; confrontar a las personas; generar cosas, esa energía”.

Por eso, las Diabolique seguirán. No en vano, en la introducción a Climaxxx hacen una promesa desafiante: “a los que se atrevan a censurarnos, acallarnos o juzgarnos, les responderemos con tetas erectas, culos jugosos, coños en llamas y vergas chorreantes”.

@jkrincon

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