Moda de otro modo

La malvada moda

Desde que los varones renunciaron a la belleza para dedicarse a la actividad –siglo XVIII–, la mujer se convirtió en una proyección, una cristalizadora para dos ejes importantes en su definición: poder social y económico.

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Con los años he notado que ciertos hombres —a veces muchos hombres—, en ciertos contextos, no se sienten confortables ante la presencia de una mujer que se ha vestido calculada y expresivamente.

La mujer a la moda, la que osa ciertas extravagancias, la que se viste con conocimiento, la que hace guiño a lo no convencional, la que acoge un tinte de lo extraño. Esa.

Y no. No sólo los hombres se escarmientan ante la visión de una mujer vestida con expresión. Las mismas mujeres pueden lanzarle miradas escrutadoras que parecen incluir perplejidad mezclada con inquieta admiración.

Ella es, sí, llamativa a la distancia. Sin duda, aunque la percepción sea mucho menos compleja, parece resuelta a usar la ropa como algo más que mero cobertor o demarcación de curvas.

Y si despierta incomodidad es porque su apariencia anuncia la posibilidad de temas que siempre han sido vistos como peligrosos en las mujeres: inteligencia, audacia, diferencia.

Hay varias cosas interesantes en todo esto. Es cierto que hay hombres que a veces quieren desplegar públicamente la belleza de la mujer que los acompaña. Muchas veces, el estilo de esa mujer es un gesto de complacencia para él. Ellos proveen, ellas se moldean al antojo de ellos.

Es cierto también que hay hombres que aprecian el tipo de feminidad que se cultiva y se perfuma, que es vanidosamente consciente. Pero también hay una cantidad que se siente atraída por el desarreglo y la simpleza. (Los cachacos, con su perdón, pueden ser de esta manera).

Desde que los varones renunciaron a la belleza para dedicarse a la actividad —siglo dieciocho—, la mujer se convirtió en una proyección, una cristalizadora para dos ejes importantes en su definición: poder social y económico.

No en vano la prensa de ese momento invitaba a las mujeres a cambiarse y vestirse para complacer la mirada del varón. De allí nace ese temor de que la moda sea una prisión que conduce inevitablemente a las mujeres a eso: a hacer de su apariencia una forma de mantener la seguridad varonil por encima de todo lo demás.

Incluso Roland Barthes bordeó estas ideas al pensar en la joyería moderna. Los hombres –de traje, sobrios, funcionales, homogéneos– dejaron a las mujeres el oficio de la apariencia. Y a través de la ropa y las joyas, el hombre, que costeaba todo aquello, podía exhibir su poder.

(En Colombia lo vimos con lo narco; en la cotidianidad lo vemos a través de sutilezas).

En el cine norteamericano de los cincuenta, por ejemplo, la hembra fatal, torcida, asesina, atractiva y malévola relucía casi siempre también porque su vestimenta era calculada o exquisita; nada insípido o mojigato. La personificación de la malvada mujer viene enfundada en deliciosa vestimenta.

Hay dos tipos de vestir que siempre han causado inquietud y recelo cuando son llevados por mujeres: la que presta elementos de lo masculino y la que se afirma erótica abiertamente.

En la década del 20, por ejemplo, corrieron en el ambiente voces de preocupación porque las mujeres decidieron llevar el pelo corto, amenazando el orden de las cosas hasta ese momento. Hasta bien entrado el siglo veinte, fue ilegal que una mujer usara pantalones públicamente.

Y aun cuando una mujer se estilice para resultar apetitosa según ciertas perspectivas viriles del deseo, ¿han observado cómo se condena su audacia tan explícita? En tu sitio, mujer, por favor. Serás objeto sexual, sí, pero ser de placer, aquello no.

Malvada es la moda cuando revela libertad, estética y mental, en una mujer.

Sin duda, por eso también, la vestimenta puede ser una forma de mostrar docilidad. Los hombres que se incomodan ante la mujer que se viste con audacia pedirán, en cambio, algo agradable pero nunca amenazante.

¿Tal vez me equivoco, señores, o ven aquí un poco de ustedes?