La masacre de las bananeras sí tiene quién la estudie

Lejos de ser un "mito" histórico , la masacre de las bananeras es un acontecimiento que ha sido documentado y estudiado por historiadores durante décadas. El 6 de diciembre se cumplieron 89 años de aquella mortal jornada.

“El Prometeo de la libertad" es la estatua que fue levantada en memoria de las víctimas de la masacre de las bananeras en 1928.

En Colombia es común que la gente se lamente por la falta de memoria histórica de los ciudadanos. Sin embargo, al mismo tiempo, son muchos los que dicen que no leen a los historiadores porque sus textos son tediosos o sólo se centran en episodios como la Independencia o El Bogotazo. La verdad es que la historiografía moderna del país lleva más de cinco décadas de buena salud, produciendo investigaciones muy completas y publicando textos de todo tipo: desde artículos de divulgación hasta gruesos tomos para los estudiosos más dedicados, que van mucho más allá de los clásicos temas de la historia “veintejuliera”.

El episodio de la masacre de las bananeras no es la excepción. Es cierto que en las décadas posteriores a la matanza ocurrida el 6 de diciembre de 1928 en Ciénaga, Magdalena, no hubo investigaciones académicas sobre los pormenores del suceso, pero esto se debe a que en ese momento las ciencias sociales no se habían consolidado en el país. Por eso los balances que primero conocieron los colombianos sobre el violento incidente se limitaron a los periódicos. No obstante, buena parte de la información publicada por los diarios venía directamente de la versión del general Carlos Cortés Vargas, jefe civil y militar de la zona bananera, nombrado por el presidente conservador Miguel Abadía para enfrentar la huelga y directo responsable de la actuación del Ejército durante esas semanas. El propio Cortés Vargas publicó en 1929 el libro Los sucesos de las bananeras, en el que dio su versión del episodio y dijo que 47 trabajadores murieron a manos del Ejército, 13 de ellos el 6 de diciembre (una cifra bastante alta que demuestra que sí hubo una masacre). La narración de Cortés Vargas justificaba su actuación como respuesta a los desmanes incitados por los huelguistas, a los que acusaba de anarquistas y de estar comandados desde Moscú. Esta narración se convertiría con los años en la versión oficial del suceso y se vería respaldada por otras fuentes gubernamentales, como el alcalde de Ciénaga, Víctor Fuentes, y el gobernador del Magdalena, José María Núñez, quienes también publicaron sus recuentos de los hechos.

A estas primeras versiones venidas del Gobierno se contrapuso el debate que realizó Jorge Eliécer Gaitán en el Congreso en septiembre de 1929 y que fue reproducido en la prensa de la época. Gaitán había llegado de Europa poco después de la masacre e hizo una breve investigación que expuso en la capital. El balance de Gaitán fue mucho más dramático que el de Cortés Vargas: denunció la abierta connivencia del Gobierno con la compañía bananera United Fruit y aseguró que los muertos entre los trabajadores habían sido más de mil (los discursos de Gaitán fueron recopilados en el libro El debate sobre las bananeras). Algunos sindicalistas que habían estado presentes durante la huelga, como Alberto Castrillón y Raúl Eduardo Mahecha, escribieron sus propios testimonios, que coincidían en gran medida con la versión de Gaitán.

Durante muchos años estos fueron los dos discursos que se contaron sobre la masacre: el de los sindicalistas y el del Gobierno. Mientras tanto, aparecieron otros autores costeños que contaron la huelga y la masacre, pero desde la literatura, apoyados en la tradición oral de la región. Cuentos y novelas sobre el tema fueron publicados en los años cincuenta y sesenta por José Francisco Socarrás, Álvaro Cepeda Samudio, Javier Auqué Lara y Gabriel García Márquez. Y gracias al enorme éxito de Cien años de soledad el episodio volvió a aparecer en las discusiones políticas del país después de 1967. En ese momento varios historiadores se interesaron en la huelga y masacre de las bananeras y se inspiraron (mas no se basaron) en García Márquez para estudiarlas académicamente.

La década de los setenta vio los primeros grandes estudios historiográficos sobre la zona bananera del Magdalena. La norteamericana Judith White (1978), los colombianos Álvaro Guzmán y Fernando Botero (1977), Roberto Herrera Soto y Rafael Romero Castañeda (1979), Gabriel Fonnegra (1980) y la canadiense Catherine LeGrand (1983 y 1989) publicaron artículos, libros y tesis doctorales sobre la explotación bananera en la costa norte y la huelga y masacre de 1928. Además, en 1981 el periodista Carlos Arango recopiló en el libro Sobrevivientes de las bananeras los testimonios de una veintena de hombres y mujeres que habían presenciado la matanza y que todavía vivían en el departamento.

La mayoría de estas investigaciones no se centraron únicamente en la masacre del 6 de diciembre, sino que analizaron todo el proceso de permanencia de la United en la zona bananera, desde 1901 hasta mediados de los años sesenta. La reconstrucción historiográfica del enclave bananero colombiano demostró que las exigencias de los huelguistas del 28 estaban justificadas debido al sistema de vinculación de la United, que le permitía tener una fuerza de trabajo de casi treinta mil hombres (según LeGrand) sin que casi ninguno tuviera contrato. También se conoció del enorme control que la compañía tenía sobre la vida en la región y de las muchas exenciones y beneficios que el Gobierno le había dado para que realizara su trabajo. Igualmente se ponderó el papel real que tuvieron los líderes sindicales venidos del interior del país, que habían sido comisionados por el Partido Socialista Revolucionario para agitar y encauzar el malestar de los trabajadores de la región. Estos y muchos otros aspectos fueron analizados por estas investigaciones, que además demostraron sin duda que la huelga de 1928 fue masiva y que el desenlace violento del 6 de diciembre y días posteriores fue dramático. El mayor escollo estuvo en determinar el número de muertos que dejaron la masacre del 6 de diciembre y las semanas siguientes de persecución y represión de lo que quedaba de la huelga. Sobre este tema las versiones siguieron variando entre cientos y los “más de mil” muertos que reportó por correo el embajador estadounidense en Colombia, Jefferson Caffery, pocos días después de la masacre.

A pesar de la imposibilidad de llegar a una cifra exacta de víctimas fatales, para finales de los ochenta la historiografía colombiana ya había dicho gran parte de lo que era necesario conocer sobre la historia bananera del Magdalena. En los noventa y el nuevo milenio la investigación académica continuó haciendo nuevas preguntas sobre el incidente. Eduardo Posada Carbó cuestionó el peso de la versión literaria en la memoria colectiva, y el historiador Mauricio Archila escribió un extenso artículo de divulgación para la revista Credencial Historia. Por su parte, Marcelo Bucheli publicó varios trabajos en los que analiza la historia empresarial de la United Fruit Company. Con motivo de los ochenta años de la masacre bananera en 2008 se reactivó el interés por el episodio, especialmente porque por esa misma época la empresa Chiquita Brands, hija de la United, aceptó haber dado apoyo económico a paramilitares colombianos a finales de los años noventa. En ese momento apareció el libro Bananeras, huelga y masacre, 80 años, editado por Leidy Torres, en el que se analizan temas como el papel de las mujeres en la huelga o la reconstrucción literaria del hecho más allá de García Márquez. En los últimos años también se ha fortalecido la historiografía local sobre el episodio: la Alcaldía de Ciénaga editó el libro Memoria de una epopeya, compilado por el investigador Carlos Payares, y la Gobernación del Magdalena ha publicado una colección de autores del departamento en la que escritores como Venancio Bermúdez y Aníbal Redondo, entre otros, han presentado su propia visión de la historia regional.

Como podemos ver, negar la historia de las bananeras es imposible a la luz de las muchas investigaciones que sobre ésta se han realizado. Muchos hombres y mujeres han invertido tiempo y recursos para investigar las fuentes disponibles y darnos una versión lo más completa posible sobre lo que sucedió hace casi 90 años. Esta empresa investigativa ha llegado a conclusiones importantes que dan mucha claridad sobre nuestra historia y sus hallazgos están disponibles para ser consultados por todos los colombianos. Hay que conocer esta historia, y no dejar que nos la cambien por simples opiniones.

 

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