Mañana habrá una visita guiada en Casas Riegner a las 6:00 p.m.

La mirada irreverente de Miguel Ángel Rojas

La exposición “Una y otra vez, las tardes suspendidas” ofrece un recorrido por la fotografía y el dibujo del artista bogotano entre 1970 y 1980.

De la serie “Faenza”. Impresión digital. 1979-2010. / Cortesía Casas Riegner

Con un vaso de agua en la mano para refrescar su memoria y su palabra, Miguel Ángel Rojas observaba cada una de sus obras con el orgullo de haberse enfrentado a los prejuicios y a lo normativo en una época que ya contaba con algunos avistamientos en los que las nuevas generaciones se rebelaban a las imposiciones y a los ideales conservadores que se habían instalado por varios lustros en el país.

Obras que datan de un ciclo entre 1972 y 1983 conforman un cuerpo de trabajo en el que lo sensorial se impone en la imagen. Los grabados, los dibujos y las fotografías dentro de los teatros que se convertían en refugios y escondites para que las parejas sostuvieran encuentros eróticos que violaran los pudores en Bogotá se muestran para reflejar las inquietudes de un artista sensible, al margen de lo establecido y de lo aparentemente correcto, según una moral construida bajo preceptos religiosos.

“Uno de los ejes ha sido siempre la fotografía. Yo creo que es un recuerdo de infancia el ver a mi padre organizar unas fotos que hacía él con una cámara Kodak 1A. Para mí eso era algo mágico. Él las usó un tiempo y luego colgó la cámara y yo la descubrí como a los 18 años. Ahí empecé a manipular y aprendí a manejarla yo solo. Ahí me di cuenta de que tenía la posibilidad de dejar el obturador abierto todo el tiempo que quisiera. Hasta ese momento yo había hecho fotos con cámaras de cajón. Yo me hice un autorretrato con luz de luna, que es el origen de todo mi trabajo de fotografía. Cuando estaba estudiando arte, la fotografía no era parte de las artes plásticas y yo me arriesgué a hacer mi tesis en fotografía. Yendo en contra de lo que se usaba en ese momento”.

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“Una y otra vez, las tardes suspendidas”, exposición curada por Paula Bossa y Paul Sebastián Mesa, es la segunda muestra individual que Miguel Ángel Rojas presenta en Casas Riegner. El recorrido de las obras funciona como un espejo retrovisor que nos lleva a los primeros encuentros con el arte y la experimentación con la fotografía y el dibujo como medios que visualizan aquellas realidades escondidas y abstractas que existían y funcionaban de manera clandestina. Así, lugares como el Teatro Faenza, en el que el artista encontró un escenario para evadir la hostilidad y la intolerancia de quienes no aceptaban nuevas acepciones políticas y éticas que tenían que ver con el género, la ideología y el estilo de vida, se convertían en pequeños submundos en los que aquellos que eran señalados como marginales podían alzarse en contra de las normas y liberar sin prejuicios ni aspavientos sus cuerpos, sus ideas y sus luchas.

Rojas recuerda: “Cuando yo me hice la pregunta de ¿para qué hacer arte?, empecé a enfocarme en los lugares donde yo tenía un desahogo dentro de mi sexualidad y en ese momento eran los teatros de Bogotá donde se podían tener encuentros y conseguir parejas ocasionales, porque era un comportamiento completamente marginal, reprobado e, incluso, doloroso. Al principio me acepté como gay, entonces me dije: me va a tocar por este lado, contra viento y marea”.

La obra de Rojas ha sido expuesta en Colombia, México, Estados Unidos, España, Suiza y China, entre otros países. El relato de una cotidianidad convulsa y sumergida en el desvarío suscita una reflexión sobre la forma en que el artista asume su realidad para interpelarla por medio de sus trazos y de su mirada sensible y atenta a los detalles. En ese sentido, el autor también considera que la estética puede sustentarse como un canal idóneo que les permite a los artistas asumir su derecho a la protesta, a expresar ese desajuste al que pertenecen y que los lleva a una constante angustia o inquietud que los aleja de lo ordinario, de lo aparentemente normal.

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A Rojas lo inquieta que las personas lo quieran encasillar en una forma, pues considera que el estilo artístico está basado en lo empírico, en lo subjetivo, en las ideas que el sujeto mismo construye y configura a partir del entorno y la cotidianidad que lo condiciona o lo desajusta: “Yo nunca quise hacerme a un estilo; me pareció más importante hacerme a una ideología, o sea, basarme en una ideología, en un pensamiento, en una afinidad con la realidad. Yo no he querido llegar a un formulismo que me identifique. Yo dije: voy a buscar mi estilo, decir las cosas que me interesan”.

La misma obra de Miguel Ángel Rojas se presenta como una metáfora o un símbolo de su vida. Las imágenes capturadas entre ranuras y orificios pretenden develar otro plano, otra perspectiva, otra realidad que se esconde y que no por eso es menos relevante o menos diciente de la condición de los seres humanos. Esa curiosidad alimentada por una inconformidad o una perturbación causa un ejercicio artístico que habla por quienes se han hecho invisibles y quienes han decidido mantenerse en las sombras y la penumbra. De ahí que su obra se haga tan diciente, pues su andar y su indagar es la representación de quienes no se acomodan a una verdad impuesta y construyen un nuevo discurso político y ético que está mediado por el arte y la estética de las revoluciones culturales.

 

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