Meninas frente al espejo

La Mona y la colección de Elsa Zambrano

La artista colombiana ha comprado en varios museos y mercados todo tipo de fotografías y objetos que exaltan el valor de la Mona Lisa en la historia del arte.

La Mona Lisa, pintura de Leonardo da Vinci, un icono de la cultura pop/ Cortesía.

De la Mona Lisa, pintura de Leonardo da Vinci, se ha dicho casi todo. Es un retrato de Lisa Gherardine, conocida por el apellido de su esposo, Francesco Giocondo. La mitología y las investigaciones hablan de que el camisón que tiene la modelo era de uso de las mujeres embarazadas. En su ojo existe un código secreto, la Mona es un hombre, es un autorretrato del pintor, representa al arcano de la Sacerdotisa del Tarot. Su sonrisa enigmática obedece a un dolor de muela. Es la mujer ideal. En el paisaje se encuentra un extraterrestre. Hay dos pinturas de ella. Esta imagen en la web muta, se transforma y se multiplica todos los días. Cambia de personalidad. En las apropiaciones realizadas por los usuarios de la web posa para la revista Vogue, se viste de nativa norteamericana, se fusiona con Frida Khalo, va de compras, tiene mascota. Solo en uno de mis álbumes de Pinterest tengo ya una colección de más de 800 imágenes de la señora Lisa Gheraldine, o la Mona para todos, la mujer que cobra una existencia inagotable en el mundo virtual, que se reproduce como un virus.

Las ingeniosas animaciones le han dado vida y nos han mostrado qué hace la Mona en la noche, cómo se mueven sus ojos, cómo deambula cansada por el museo. La pobre queda exhausta después de que casi 28.000 personas la fotografían en un día sin verla y sin siquiera notar que es un óleo sobre una tabla de álamo de casi 80 cm, pintado entre 1503 y 1513 y retocado varias veces por Da Vinci. Esta pintura el museo la protegió con un vidrio, la alejó del público, está cercada con unas barandas que impiden acercarse y blindada por los sistemas de seguridad del museo. Así que quien haya visto el sfumato que usaba el pintor ha comprobado que esta Mona no tiene cejas ni pestañas en el rostro, aunque el historiador Giorgio Vasari comentara estos detalles. Tampoco el espectador puede auscultar los colores, que cada vez son menos perceptibles por el oscurecimiento de los barnices por el paso del tiempo. Quienes la han visto de cerca son los visitantes afortunados o el conservador del museo celoso de su señora.

Ella es el ícono pop. La revista The Economist anunció el 2019 con una portada en la que aparecía, entre otras cosas, la ilustración de la Gioconda con la cara de Angelina Jolie, una fusión perfecta para estos tiempos, así que ella está en todo. La Mona Lisa nos pertenece a cada uno de los habitantes del mundo occidental. Es una muñeca a la que se le puede cambiar de vestido. Julia Roberts fue la protagonista de La sonrisa de la Mona Lisa. La marca Louis Vuitton le pidió al artista Jeff Koons diseñar carteras y él tomó a la icónica Mona Lisa y otras obras para realizar una edición limitada por miles de dólares. El escritor Dan Brown puso de relieve la Última Cena y a la Mona Lisa con su Código de Da Vinci, enfatizando su popularidad.

Marcel Duchamp, en 1919, tomó una reproducción, le puso unos bigotes y las letras H.O.O.Q., que de acuerdo con los historiadores del arte se leen: “Ella tiene el culo caliente”. Y me pregunto si será por estar sentada o por el erotismo que algunos creen que destila. Kazimir Malèvich, el suprematista, realizó un collage con su imagen.

Andy Wharhol, en su Fábrica en 1972, la reprodujo sin tapujos. Dalí la utilizó como un telón para romper la impresión de la imagen y salir por ella en una presentación. Vick Munis realizó dos versiones, una con mermelada de fresa y la otra con crema de cacahuate. Robert Rauschenberg hizo su reinterpretación y Sofía Loren solo posó al lado de la pintura para ser fotografía, las dos bellas italianas juntas.

Entre los colombianos que han trabajado su imagen están Fernando Botero, el conceptualista Gustavo Sorzano, el fotógrafo Carlos Duque y la artista Elsa Zambrano, entre otros. Hoy me voy a referir al trabajo metódico de Zambrano, que pacientemente ha realizado colecciones de imágenes. Sompra en los museos de distintos países los objetos de obras icónicas, va a los pulgueros de cada ciudad que visita y ha construido varias colecciones de artistas destacados en la historia del arte. La que señalo es la de Leonardo da Vinci y por su puesto donde se encuentra la Mona Lisa. Es una pared de imágenes y objetos, una fotografía de la artista posando como Monalisa, postales, una pintura de la Mona realizada por la artista, una fotografía escenificando el momento en que Leonardo pinta a la Mona. Zambrano pone el dedo en la llaga de la neoliberalización del arte. Utiliza y se aprovecha de la reproductibilidad, la saca del merchandising de los museos y la expone como una coleccionista con un ojo refinado y culto.

Zambrano revela su manera de coleccionar casi obsesivamente objetos que le permite armar un rompecabezas de asociaciones que operan de forma consciente y son elaborados minuciosamente con cruces conceptuales entre la historia del arte, el espacio, los juguetes, las postales y la lúdica. Propicia una multiplicidad de diálogos que nos llevan a entrelazar varios trayectos y narrativas a partir de la colección, en los cuales se entretejen historias de viaje, souvenires, fotografías sacadas de las redes, recuerdos de cuando era estudiante de arte y los acontecimientos que surgen en un contexto específico, realizados a partir de conceptos de erudición e historia, muchas veces llenos de humor y de imaginación.

Su obra encarna la tesis de Walter Benjamin en torno a la reproducción de obras de arte: una imagen que se reproduce mecánica o digitalmente puede llegar a un gran número de espectadores, pero también puede suponer la dictadura de quienes seleccionan las imágenes con el objetivo de que todos recordemos y observemos lo mismo. Benjamin señala que una reproducción atrofia el “aura” de una obra y cuestiona la condición de una obra después de cientos de copias de las copias, como ocurre en el caso de las postales. Tal vez, de estos postulados Zambrano cuestiona si en este momento lo que se ha atrofiado es la manera como el espectador observa una obra.

Una imagen se reproduce desde un ángulo, desde una mirada, y por supuesto en las tiendas del Louvre la Mona está como una de las favoritas, una de las que más se venden. Así, el turista, al comprar un objeto con su imagen lleva en sí un distintivo del consumo, artístico, económico y psicológico. Por consiguiente, en su mente debe adquirir ese algo que sirve de recordación o comprobación de que estuvo en el museo.

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María Elvira Ardila

Cultura

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