Mente de moda

La moral de las ropas

Hemos aprendido que las provocaciones son detonadas por la presencia femenina, por su ropa y manierismos. Y, sin embargo, poco hablamos de los filtros que tiene la lujuria masculina.

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El mundo nunca se ha sentido muy cómodo con que las mujeres tengan sexo. Sí ha mostrado, en cambio, notoria comodidad con que las mujeres inspiren todo tipo de sentimientos de deseo. Seres magníficos y deleitables que, por tanto encanto, deben, de manera necesaria, ser también portadoras del mal. Mujer: deliciosa maldad.

Aunque nos creamos tan digitales y contemporáneos, tan por encima de las turbias corrientes de la tradición judeocristiana, tan avanzados y humanistas, algunas de esas ideas están allí, titilando en nuestros entendimientos fundamentales, motivando nuestras nociones de las cosas, muchas veces más de lo que alcanzamos prever o medir.

No es casualidad que la moda se haya fabricado en la imaginación común como un asunto femenino. O que haya sentimientos tan contrarios cuando una mujer viste de manera que se nos antoja provocativa, cuando se asume erótica desde lo que hemos concebido que denota sexualidad en el vestir (marcación de curvas, faldas cortas y pechos insinuados y visibles).

Sin darnos cuenta, hemos asignado a las ropas connotaciones que brincan con rapidez a nuestros sentidos. Y hemos hecho algo extraordinario con la ropa, colapsando en ella creencias potentes, invisibles, que hablan sobre dinámicas cotidianas entre lo masculino y lo femenino.

Cuando una mujer, por ejemplo, recibe un comentario lujurioso, cuando se abalanza sobre ella la bruta fuerza varonil, cuando es presa de una herida sexual y demoledora, surge rápidamente el cuestionamiento por el vestir. ¿Qué habrías de tener puesto en tu cuerpo para que un varón te mire, te toque sin permiso, te someta a su fuerza así?

Hemos aprendido que las provocaciones son detonadas por la presencia femenina, por su ropa y manierismos. Y, sin embargo, poco hablamos de los filtros que tiene la lujuria masculina, poco hablamos de esa lógica que con frecuencia viene movida por la oscura tradición de una serie de religiones que dictan que el hombre, pobrecito, es incitado, provocado, forzado a salirse de sí.

¿Se dan cuenta que por lo general son las mujeres las que, por su vestimenta, reciben observaciones empapadas de moralismo? Un hombre mal vestido despertará, es posible, cierta sospecha de criminalidad, de poca agencia económica, de imaginarios alrededor del peligro. Pero, ¿cuándo reprobamos el erotismo de un varón en su vestir?

Y hay más. Al borde del erotismo se encuentra el asunto de lo frívolo. Una mujer conscientemente vestida debe ser una criatura perdidamente vanidosa y vacía.

Los mundos de la academia y de las ciencias, por ejemplo, han establecido tácitamente que el desarreglo y la fealdad son condiciones para la inteligencia creíble. Y el pensador mundo de escritores y periodistas, con todo su jactancioso “liberalismo”, se mueve también, con frecuencia, sobre las fibras de ese conservatismo donde una apariencia notable es opuesta a la grandeza del pensamiento o del espíritu.

Y todo ello viene de la ideología que tantos absorbemos sin recursos desde niños. Ninguna religión ha celebrado jamás la vanidad femenina. La condena como artimaña brujeril, la reprueba como vicio, la articula como emblema material de algo más profundo: que la mujer es el origen mismo de perdición, malicia, pecado y perfidia (y no, esto no es, desafortunadamente, un sesgo subjetivo, los textos religiosos hablan elocuentemente sobre esto, de maneras que quisiera creer son ficción).

Lo cierto es que todo eso está tan incrustado en nuestro inconsciente, que la incomodidad ante la moda y la falta de confort ante ciertas muestras de vestir conspicuo no son más que una camuflada incomodidad ante la mujer misma.

“Despertarás deseo y placer, pero no tendrás placer o deseo para ti misma”, dicta semejante ideología. Una herida imposible.

Y así, las ropas, que para muchos no son más que un necesario funcionalismo, nos revelan las fisuras de nuestro heredado y peculiar sistema “espiritual”, donde la mujer se percibe no desde una compleja humanidad, sino desde una irreconciliable dicotomía.

*Escritora de “Mujeres vestidas: Moda consciente”.

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