Fiesta del Libro de Medellín

La muerte es un carnaval

“Joselito Carnaval”, novela del suizo Pierre Béguin, basada en la matanza de diez recicladores en la Universidad Libre de Barranquilla en 1992, es una de las novedades de la editorial Sílaba para este año en la Fiesta del Libro de Medellín.

El escritor francés, Pierre Béguin. / Gamma-Rapho

Vivos no valían nada y molestaban a todo el mundo, pero muertos, “muertos, Cachaco”, como dijo el Abuelo de los recicladores del barrio de Rebolo una tarde sofocante en la que se transó en una aguda y agria discusión con uno de sus socios, el Cachaco, “muertos valemos unos cuantos pesos y le aportamos a la ciencia. Contra esa verdad, Cachaco, todos los discursos y las promesas, la moral y las leyes no valen ni la vieja camisa mugrienta que llevas puesta”. El Cachaco acababa de llegar con algunos de sus compañeros de una manifestación en el centro de Barranquilla. Habían pedido justicia para sus diez colegas asesinados y mutilados unos días antes en la Universidad Libre. Se sentían eufóricos, como si hubieran ganado una guerra sólo por haberse unido y haber exigido que hubiera investigaciones y que cayeran los culpables. Algunos medios los captaron. Hablaron con ellos. Algunos se plegaron a su marcha, convencidos en ese instante de que no los abandonarían, pero los abandonaron, por supuesto.

Y mientras tanto, el Carnaval

Los abandonaron los periodistas, que del escándalo de los recicladores pasaron al fútbol, a la farándula, al Carnaval y a otros escándalos, y los abandonaron los indignados, que se dejaron llevar por los acontecimientos, por las cortinas de humo, por la música y la fiesta y el silencio cómplice de la ciudad y del país y en una semana se habían olvidado de su furia y de sus promesas. Se abandonaron incluso ellos mismos, porque comprendieron que vivos no valían nada y molestaban a todos. Comprendieron que el mundo no iba a cambiar por diez muertos más, muy a pesar de que el Cachaco dijera y repitiera: “Va a cambiar, Abuelo, va a cambiar. Unos políticos se unieron a nuestra marcha e incluso nos cruzamos con el secretario de Gobierno. Nos prometió la ayuda y la protección necesarias, y nos dijo que se van a contactar con unas empresas públicas y privadas para que nos den un lugar seguro en donde dormir”. Y lo comprendieron, porque al fin y al cabo, como decía el Abuelo, “cuando un gigante se sienta por un momento al borde del camino, los enanos creen estar a su altura”.

Puede leer: “Los colombianos requieren de un psiquiatra social”: Leo Castillo

Y afuera, el Carnaval

Ellos habían creído que estaban a la altura del gigante, y sin embargo, siguieron siendo enanos, recicladores, invisibles. Su poder no era nada al lado del de una universidad y unos estudiantes encopetados, y menos que nada, comparado con el poder de sus padres con palancas en el Gobierno y en los estrados judiciales, y con el poder del mismo Gobierno. Habían gritado, sí. Habían pintado decenas de pancartas denunciando la masacre, porque aquello era una masacre. Fue una masacre planeada minuto a minuto y ejecutada con absoluta frialdad. La Facultad de Medicina compraba los cadáveres. La Policía se los vendía, y entre la compra y la venta, todo tipo de acciones y de ejecutores. La plata era lo importante. Así fueron cayendo los cartoneros.

Y la ciudad, de Carnaval

Uno cayó debajo del puente donde dormía. Otro, en una fiesta. Uno más, en su cambuche. Y otro más, en su carrito de balineras. “Napoleón Marenco Díaz y Lola Leyva Sabalza no tenían casi nada en común —escribió Pierre Béguin en su novela Joselito Carnaval—, salvo su medio de subsistencia. Quizá ni siquiera se habían encontrado antes entre los cartones, las botellas y las latas vacías que acumulaban a diario en sus carretillas para luego revenderlos en el centro de reciclaje de Barlovento. En lo sucesivo, algo los uniría para siempre: las circunstancias que rodearon su muerte”. Él vivía en lo que quedaba de un edificio industrial y recogía latas de cervezas en las madrugadas. No sabía leer ni escribir. Ella había sido profesora de derecho en la universidad, pero la droga y las penas y el alcohol y el dolor la llevaron a la calle y después a pedir. Pedía en inglés y en francés y en español. Le pedía a la humanidad algo de clemencia. Sólo eso.

Y para olvidar, el Carnaval

El primer día de Carnaval, año de 1992, un guardia de la Universidad Libre le pidió a un cartonero que pasaba por ahí que recogiera unos papeles y desechos que estaban al fondo de un patio. Él fue. Cruzó el patio. “Cuando me agaché, sentí la primera puñalada. Eran varios los que empezaron a golpearme con palos por todas partes. El que me había llamado tenía un cuchillo grande, como los de los carniceros. Mientras los otros me tenían en el suelo, él me clavó el cuchillo aquí, entre las costillas, y luego me dio otra puñalada en el estómago y luego otra aquí, por el hombro. Sentía que todavía estaba vivo pero me hice el muerto y dejaron de pegarme. Luego, cuatro tipos me arrastraron hasta una habitación muy fría”. Nombre: Wilfrido Soto. Oficio: reciclador. Declaración: “En la Universidad están matando gente. Matando gente, le digo. Matando gente”.

La vida es un Carnaval

Nadie quería creerle. Era más fácil no creerle y que la fiesta continuara, pero Soto gritó. Soto, que en la vida real se llamaba Óscar Hernández, gritó. Gritó tanto que el médico que lo atendía tuvo que escucharlo. Lo grabó. Comenzó con los trámites. De una oficina a otra, y de otra, a la de más allá. Luego Soto se fue a la calle y sus palabras se regaron por la ciudad. Estaban matando gente en la universidad, como él lo había gritado. Él había visto los cadáveres y unos baldes repletos de formol con órganos humanos adentro. Se había salvado de puro milagro, pero nadie quería creerle. Ni siquiera sus compañeros, que lo dejaron solo cuando se esparció la voz y los culpables directos e indirectos empezaron a amenazarlos. Le dijeron que lo iban a matar, que no hablara más, pero Soto ya había dicho lo que tenía que decir, y en una sociedad enferma para la que la vida no vale nada, como decía José Alfredo Jiménez.

Puede leer: Carnaval de Barranquilla: del caos y la alegría

El Carnaval de la muerte

Entre acusaciones y favores, investigaron un poco. Que el señor síndico de la universidad era el jefe de los operativos. Que les pagaba a los celadores, sus cómplices, $170.000 por cuerpo, y luego los vendía a la Facultad de Medicina o a traficantes de órganos. Que habían desmembrado a 150 cartoneros. El alcalde dijo que se harían las investigaciones correspondientes y que no habría impunidad, pero la hubo. Todo pasó. “Qué quiere que le diga?, comentaba una testigo de una muerte más. ¡Hay demasiado de todo en este mundo! Estamos en la mierda, el mundo entero está en la mierda, pero los ricos, ellos allá, llaman a eso progreso. ¿Usted podría decirme acaso por qué su progreso se parece tanto a la destrucción? El progreso, se los digo, es una cosa que Dios no impondría ni siquiera al propio diablo”.

 

Manténgase informado sobre las últimas noticias que suceden en Colombia y el Mundo, el más completo cubrimiento noticioso todos los días con el periódico El Espectador.

 

880370

2019-09-10T21:00:00-05:00

article

2019-09-11T13:38:14-05:00

[email protected]

none

Fernando Araújo Vélez

Cultura

La muerte es un carnaval

24

7753

7777

 

Matar al padre