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hace 2 horas
Cine de lo real

La nueva ola de Cali

La nueva ola del cine colombiano es la del documental. Un cine de carácter marcadamente unipersonal que ha sido posible por la expansión de las tecnologías para pequeños formatos y la maduración de la gente que decidió romper el espejo y atreverse a cambiar la mirada a una nueva representación.

Rubén Mendoza presenta este mes en las salas de cine el documental “Señorita María”; Martha Rodríguez estrenó, junto con Jorge Silva, “Ciro y yo”. Clare Weiskopf estrenó este año “Amazona”.

El cartel del Festival Internacional de Cine anunciaba: “Una nueva ola de cine llega a Cali”. Tal vez era un guiño a Barbet Schroeder, uno de los invitados estelares, miembro de la Nueva Ola francesa, quien hizo presencia en la inauguración de su retrospectiva y asistió también a La Tertulia para ver la exhibición de Señorita María, de Rubén Mendoza. Ya lo habíamos visto en su casa de Ibiza en el documental Algo más: Barbet Schroeder, de Victoria Clay Mendoza, exhibido en el cine de Chipichape y donde se hacía un seguimiento a la producción, a la etapa hollywoodense, sus temas, sus épocas y sus aficiones, a partir de la casa que era de su madre y que dejó retratada en películas como Amnesia (ver Netflix). De modo que un exmiembro de la Nueva Ola francesa consagró con sus palabras desde el foro a una de esas obras que inauguran la llamada, desde Cali, “nueva ola” del cine colombiano.

La nueva ola del cine colombiano es la del documental. Un cine de carácter marcadamente unipersonal que ha sido posible por la expansión de las tecnologías para pequeños formatos y la maduración de la gente que se formó en estas tecnologías y decidió romper el espejo y atreverse a cambiar la mirada a una nueva representación. La mayoría de películas de la muestra nacional habían sido rodadas en HD y obedecían a lo que el crítico Pedro Adrián Zuluaga llama “el fetichismo del archivo encontrado”, al que se suma el fetichismo del archivo creado: dos maneras de proponer narrativas con acervos que no fueron pensados inicialmente como discursos narrativos, pero que pueden llegar a convertirse en películas, o que fueron deliberadamente pensadas como documentos, pero al final produjeron cambios imprevisibles en el proyecto de producción, montaje o posproducción y acabaron convertidas en argumentales de realidad.

Ese cine unipersonal es la característica general en las películas que estaban en competencia nacional. Cinco de las que vi eran sobre temas familiares o unipersonales relacionados con archivos creados o recobrados. 9 disparos, que ganó el premio a mejor película con la historia de milicia de un infante de Marina y que se apoya en un archivo de video y fotografía captado por la madre, fotógrafa de festividades. La parábola del retorno, de Juan Soto, que ganó mejor cortometraje con una ficción documental sobre su tío Mario, desaparecido, y reinventa una memoria de ficción sobre un archivo de lo real. My Way or the Highway que debió llamarse Her Way or the Highway, porque es la historia de una hija que decide seguir la fuga constante de su padre por mar, tierra y ríos buscando llegar a descifrarlo, sin conseguirlo del todo, y Amazona, de Clare Weiskopf, que se asemeja en tema y enfoque a la anterior salvo que el personaje a descifrar es el de la madre.

Señorita María, la falda de la montaña, de Rubén Mendoza, era una de las más esperadas por el público, con exhibiciones de sala llena a reventar. Es el retrato de un ser alucinante que vive en las montañas de Boavita y que va demostrando, sin haber participado de la teoría queer ni de las doctrinas de las organizaciones y colectivos enfocados en militancia de identidades de género, que cada quien en su individualidad y en su naturaleza puede decidir definirse como mejor le parezca. El choque que marca, estigmatiza y discrimina será siempre el medio social en que se nace y la película enfatiza ese choque.

A Rubén Mendoza, Schroeder le aplicó el siguiente elogio tras ver Señorita María: “Me has convertido al cristianismo”, en el sentido de la fe en el cine que ha conseguido en grandes directores una inmersión, transitoria, al misticismo de los espectadores. Se refería a las secuencias de Semana Santa que van marcando la cronología de la vida de la señorita María y a esa devoción de la protagonista por un culto ambivalente que marca de estigma la vida pero a la vez la llena de consuelo místico y le permite vivir y asumirse como un ser de Dios y no un capricho de la naturaleza.

Ciro y yo, a mi juicio, era el documental que reunía las condiciones más emblemáticas de la nueva ola documental, una respuesta a aquellos documentales improvisados que han pretendido retratar el posacuerdo en Colombia desde los escenarios del poder. Esta película narra el mismo período desde otra coordenada, enfocándose no en los actores de la guerra sino en las víctimas. El método etnográfico que Marta Rodríguez y Jorge Silva convirtieron en escuela cinematográfica documentalista (donde la convivencia y la inmersión como única manera de establecer un puente al mundo de llegada y una cronología de las ideas y una comunión con el medio social o cultural que intenta comprenderse y una etnografía de lo desconocido) vuelve a revivir aquí y a dejar huella en una película conmovedora que registra las espirales de violencia en que se envuelven las vidas de los miembros de una familia que habitó la sierra de La Macarena desde los tiempos de la llamada “zona de despeje” del gobierno Pastrana y la firma de la paz en tiempos de Santos.

La historia sigue por más de una década la vida de ese guardabosques que pierde a un hijo en Caño Cristales y a otro en las filas de la guerrilla y después sufre la persecución de los paramilitares en otro hijo sobreviviente y que debe abandonar su territorio y vivir las oleadas de violencia de los entresijos que se dieron en las últimas dos décadas, las incoherencias del sistema de atención a las víctimas y la lentitud de las instituciones públicas encargadas de ejecutar la política de reparación de las mismas. La película muestra el origen, el entorno y la lucha por la vida de una familia que es la metáfora de todas las familias que sufrieron el desplazamiento, el reclutamiento, el despojo de la guerra en Colombia.

Después de ver este documental entendí por qué el concepto “memoria colectiva” que usan los especialistas se basa en el impacto que los hechos políticos y sociales causan en las sociedades, pero empecé a dudar de que haya como tal una memoria colectiva. Lo que existe son memorias individuales. La memoria colectiva tiene que construirse, fijarse, con el arte. La suma de esas memorias es el trasfondo de la verdadera historia de los pueblos. Y lo que han intentado hacer el cine y la literatura es capturar esas historias individuales para darles un orden dentro de un contexto más amplio donde la vida de los individuos es afectada por las decisiones signadas desde el poder.

El fetichismo del archivo individual también provoca aberraciones de la imagen. Es el caso de Yo, Lucas, de Lucas Maldonado, un ejercicio de cinismo dipsómano que asesina cualquier ironía y que nos hace pensar en la significancia que da el cine a todo lo que toca y en la urgencia de que surja una nueva ola de crítica cinematográfica que renueve la mirada y nos lleve a hacer justicia y a discernir el arte de su simulacro en la facilidad actual de hacer películas sin lenguaje cinematográfico, sin historia y sin tema.

El homenaje post mortem a Manoel de Oliveira, la muestra de cine coreano, las obras maestras únicas, el genio y figura de Schroeder, la historia de Keyla en el archipiélago de Providencia, la curaduría temática dada por Luis Ospina, las charlas magistrales y los talleres, 130 proyecciones y 16.000 espectadores demuestran que no sólo una nueva ola de cine ha tocado a Cali sino que la ciudad misma es el bastión del cine en Colombia. El maremoto de Cali.

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