“La perra”, una gran pequeña batalla

La obra de la escritora caleña Pilar Quintana fue reconocida con el Premio Biblioteca Narrativa Colombiana el 23 de enero.

Pilar Quintana ha publicado cuatro novelas y ocho cuentos. / Nicolás Forero Martínez

La perra es una historia en la selva del Pacífico colombiano, donde vive Damaris, que cuida la casa de recreo de una familia rica. A punto de cumplir 40 años, ha desistido en sus esfuerzos por tener un hijo y un día decide adoptar a una cachorrita de apenas días de nacida, cuya madre apareció muerta en la playa. Debe alimentarla con una jeringa y leche de fórmula, y es así que se crea un vínculo casi maternal con el animal, que se convierte en el motor de esta historia. La relación con Rogelio, su esposo, es tensa por cuenta de la infertilidad, que la ha llevado a alejarse de él.

La selva, su humedad inclemente, los verdes abrumadores de árboles siniestros, el abandono, la soledad. Todos los componentes que trazan la ruta en la novela que resultó ganadora del Premio Biblioteca Narrativa Colombiana, escrita por la caleña Pilar Quintana.

“Me quedé encerrada en mi casa imaginando la playa. El Pacífico”, contó la autora.

Pilar ganó un premio nuevo en el país que ha galardonado obras conmovedoras pero, sobre todo, sencillas. Retratos íntimos de la vida común, de personajes ordinarios con proezas diarias. El año pasado, Patricia Engel ganó con Vida, una serie de relatos sobre migración y abandono. Las obras de Engel y de Quintana no son parecidas. Distan la una de la otra, pero hay un lazo entre ambas que supone una idea reiterada en la literatura contemporánea: las grandes batallas son las que se disputan a diario. Las épicas más importantes son aquellas que se viven dentro de cada uno, guerras de dolor, nostalgia y tristezas de una ramazón del pasado.

Ambas obras ligan la vida de una mujer abandonada por el mundo. Una mujer que busca, dentro de sí, una idea de irse.

El pasado 18 de enero, Quintana publicó en Bacánika un texto sobre una situación de abuso que vivió con su expareja. “Durante el viaje, que duró tres años, conocí a un irlandés-australiano y me casé con él. Volvimos juntos a Colombia y construimos con nuestras manos una casita de madera en lo alto de un acantilado selvático, frente al mar”. Una historia dolorosa, donde Quintana reveló como el abuso y la manipulación se pueden convertir en una rutina normalizada. En ese texto está el mismo paisaje de La perra. Ese mar picado y ese esposo que hiere. Esa selva tropical en la que la protagonista se sumerge y la contiene.

“Cuando regresaba, él siempre me tenía preparado un regalo de bienvenida: una cena, un ramo de flores de la selva o alguna cosa nueva en la casa: una barra en la cocina, el piso de un cuarto pulido y esmaltado. Los amigos que nos visitaban decían que él era Tarzán: tenía todos los músculos marcados, pelaba cocos con el machete y podía hacer con sus manos lo que quisiera, desde una cucharita hasta una casa. De vez en cuando íbamos a la ciudad. Era supercaballeroso, me abría las puertas de los carros, me dejaba pasar primero, me corría la silla en los restaurantes. Me miraba a los ojos con intensidad y siempre andábamos de la mano”.

Batallas “pequeñas” de puertas para adentro, como la de Damaris, con su perrita incrustada en su pecho, alimentándola con leche y viéndola irse. Dolores “pequeños” pero que cruzan la vida de alguien para siempre.

Ojalá se sigan premiando obras así. Odiseas con las que las personas, siempre —casi siempre— pueden identificarse. Tomar valor.

 

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