"La pregunta difícil": La vida y obra de Rodolfo Llinás

La historia del neurocientífico colombiano más importante de todos los tiempos llega a las librerías. El primer libro del periodista Pablo Correa Torres, editor de la sección Vivir del periódico El Espectador.

Portada del libro editado por el sello Aguilar, de Penguin Random House.

La primera vez que Pablo Correa buscó a Rodolfo Llinás fue en 1999. Era estudiante de medicina en la Universidad Industrial de Santander y, como practicante de la revista Médicas UIS, intentaba que el director de Neurofisiología de la Universidad de Nueva York asistiera a un simposio en Bucaramanga. Tras escuchar la propuesta, en tono lacónico Llinás desaprobó la invitación y colgó el teléfono. 17 años después, los dos hablaron durante cinco días consecutivos, como puntada final del perfil biográfico que esta semana publica el hoy periodista.

Además de sus encuentros en Nueva York, el autor de Rodolfo Llinás, la pregunta difícil refiere que el personaje para desentrañar la vida del neurocientífico de 82 años fue su hermana menor, Patricia Llinás, una talentosa mujer que lleva tres décadas formando actores de teatro. Con ella recorrió los caminos familiares desde que sus ancestros llegaron de España a Sabanalarga (Atlántico) a finales del siglo XIX, hasta que el abuelo Pablo Llinás, psiquiatra y catedrático, llevó a su nieto a Bogotá después de una travesía por el río Magdalena.

Los días de infancia junto a sus padres -el médico Jorge Llinás, que dedicó su vida al tratamiento de tuberculosos, y Bertha Riascos, descendiente de militares y políticos-, ambos festivos, sociables, buenos bailarines y aficionados al tenis y el golf. O entre parientes como su hermana Margarita o su tío Juan Pablo Llínás, pediatra y político liberal que fue dos veces alcalde de la ciudad en 1945 y 1958. En el proceso formativo paralelo, los apremios para encontrarle colegio, hasta que llegó al Gimnasio Moderno, donde se graduó en 1953.

De ahí en adelante, con matices intelectuales, en la vida de Rodolfo Llinás todo fue medicina. Desde que entró a estudiar a la Universidad Javeriana y convirtió el sótano de su casa en laboratorio, o desde el segundo año, cuando tras una práctica en el Instituto de Fisiología de la Universidad de Zúrich (Suiza), junto a Walter Hess o Antonio Fernández de Molina, quedó convencido de que “lo único que valía la pena era estudiar el cerebro”. En 1959 se hizo médico, viajó a Estados Unidos y, antes de un año, era investigador en el Laboratorio de Neurofisiología de la Universidad de Minnesota.

Intenso aprendizaje junto al científico italiano Carlo Terzuolo; cambio de rumbo cuando conoció al fisiólogo John Eccles y terminó en Camberra; su matrimonio con la filósofa, también australiana, Gilliam Kimber, antes de retornar a Estados Unidos; el nacimiento de sus hijos Rafael y Alexánder. El libro de Pablo Correa describe cada momento en la vida de Llinás, acompasado con la explicación de sus avances investigativos, hasta que llegó a la Universidad de Nueva York, desde donde hoy despliega su misión de cinco décadas.

La ejemplar historia de vida del neurocientífico colombiano más notable de todos los tiempos, descrita a través de entrevistas, archivos, álbumes familiares o escritos de medicina. El disciplinado trabajo de Pablo Correa, quien desertó de la medicina, pero encontró que la comunicación era su oficio. Una visión que se explica por su círculo familiar: su padre, ingeniero electrónico educado en Estados Unidos; su tío, sociólogo, cerebro de revueltas universitarias; su madre, que supo entender que su hijo quería escribir antes que usar el bisturí.

Por esas vueltas en busca de saber, Pablo Correa nació en Popayán, donde su padre Jairo llegó a devolver becas con clases en la Universidad del Cauca. Su recuerdo es el terremoto del Jueves Santo de 1983, cuando terminaron durmiendo en el garaje mientras los mayores hacían vigilancia. Dos años después, la Universidad Interamericana de Puerto Rico buscaba expertos en Suramérica para fortalecer su educación, y fueron seis años en Aguadilla, con playa, béisbol, salsa o los nacientes raperos que derivaron en reggaetón.

En 1991, la familia retornó a Colombia, a Bucaramanga, y él terminó en el colegio La Salle, donde entendió que la forma de sobrevivir era devolver con humor todo intento de bullying. Sigue siendo su condición natural, además de argumentador absoluto. Quizá por herencia, lo suyo eran los juegos electrónicos, pero también obtuvo el Icfes más alto del colegio. Entró a estudiar medicina y a practicar en el pabellón de urgencias del hospital Ramón González Valencia. Todo cambió cuando llegó a la revista Médicas UIS, donde empezó el malestar.

A su padre le diagnosticaron cáncer de pulmón en septiembre de 1997 y en cinco meses se lo llevó sin respeto. Él ya venía inmerso en una crisis vocacional, trataba de entender qué hacía en un hospital mientras prefería leer a Cortázar, García Márquez o Borges. A mediados de 2000 le soltó a su madre Ofelia su diagnóstico. Ella le contestó: “Estudie otra cosa un semestre y si no se convence, vuelva”. Mientras él se rebanaba los sesos pensando en antropología o sociología, ella le dio la solución: “Estudie comunicación social en la Javeriana”.

Así lo hizo. Se pensó periodista judicial y su tesis fue la injusticia con un hombre condenado a prisión por un crimen que no cometió, llamado Gustavo Sastoque, pero en 2004 llegó a El Espectador y asumió que lo suyo era lo distinto. Era sacar a flote la controversia ambiental, la visión científica, la educación o el reto de la salud más allá del negocio. Una visión que pronto encontró aliados entre las nuevas generaciones y que en 2008 lo volvió uno de los editores del periódico y también eje de la transición hacia los nuevos lenguajes.

En 2012 fue elegido becario del Knight Science Journalism Center, del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Desde entonces tuvo claro que debía empezar su primer libro. Antes pasaron muchas cosas que develan su disciplina, pero él evita mencionar. Ganó el Premio Álvaro Gómez Hurtado, el Amway de Periodismo Ambiental y el Simón Bolívar en sus dos últimas ediciones. Él se mantiene en lo suyo sin salirse del plano: leer día y noche como lo aprendió de su padre, creer en la ciencia porque su cerebro lo ordena y administrar sarcasmo para derruir fanatismos.

Hace 17 años el neurocientífico Rodolfo Llinás le dijo que no, pero no se dio por vencido. En condición de periodista lo conversó un par de veces, leyó sus libros, estudió su obra y se impuso el objetivo de perfilar su vida en favor de la medicina, la ciencia y Colombia. El resultado es su libro que explica por qué el país debe sentirse orgulloso de un hombre que les ha dado mucho a la humanidad y a la historia, pero que en su fuero interno lo que sabe lo resume en una frase: “De niño vi un esqueleto de tiranosaurio y su impacto me ha durado toda la vida. Quisiera que otros niños colombianos tuvieran ese privilegio”.

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