En contexto

La radio en la literatura

El martes 13 de febrero se festeja el Día Mundial de la Radio. A continuación, un análisis sobre cómo este medio ha desarrollado un papel trascendental en algunas obras literarias.

Jorge Eliécer Gaitán, uno de los personajes claves en la historia colombiana, cuya vida fue referida en infinidad de ocasiones por la literatura y la radio. Archivo

Desde el 17 de octubre de 1954 hasta el 31 de diciembre de 1999 le he dedicado a la radio 45 años, dos meses y catorce días de mi vida. Tengo implementada, pues, en mi disco duro, una deformación profesional que me hace ver (oír) radio hasta cuando el soporte lo impediría físicamente:en las páginas de un libro. Y uno de los pocos, de los muy pocos descubrimientos que creo haber hecho a lo largo de mi vida como lector, es el de la presencia de la radio, en calidad de Deus ex machina, dentro de la literatura latinoamericana.

No hablo de que se la mencione aquí y allá, aunque de eso también hay mucho; muchísimo más, tendría que añadir. No. Hablo del momento en que resulta que aquello que oyen los personajes de aquellas narraciones donde la radio aparece, ese mensaje que transmite la radio es el motor de la acción que sigue.

Páginas enteras de La tía Julia y el escribidor, del peruano Vargas Llosa, avalan lo que digo sobre el papel de la radio en la vida cotidiana de Latinoamérica, y su reflejo en su literatura. Y el cuento Cambio de luces, del argentino Cortázar. Y las novelas Boquitas pintadas, del asimismo argentino Manuel Puig, y La guaracha del Macho Camacho, del puertorriqueño Luis Rafael Sánchez. Y las obras teatrales Bôca de ouro, del brasileño Nelson Rodrígues, y El vuelo de la grulla, de la costarricense Ana Istarú. Todos los países y todos los géneros literarios, según lo demuestra el extenso archivo que logré armar a fuerza de lecturas y de no perder de vista esa presa, un animal todavía no abatido por la cinégetica analítica de la literatura del continente.

Pero el ejemplo más notable de mi archivo, en lo que respecta a Colombia, se puede ver (y oír) de manera clarísima en Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, la admirable novela de Albalucía Ángel, algunas de cuyas páginas son lecciones de Historia de América Latina. Valga como exordio al extraordinario ejemplo que pondré a continuación este párrafo de su página 214: “Desde que nació (1939) no había hecho otra cosa que oír que la guerra de Europa, qué cosa tan horrible. Su papá llegaba del almacén directamente a oír noticias que ella no entendía con los chirridos de chicharra que hacía el radio sino que oía los bombardeos que transmitían desde Inglaterra para la América Latina y su papá le decía no hagas bulla que hoy están haciendo mucha estática hasta que al fin llegó el anuncio de que ya se acabó...”.

Difícilmente será posible reflejar, en menos palabras, las impresiones de una criatura que oye al lado de su padre, sin saber que se trata de transmisiones de onda corta, los programas en español de la BBC durante la segunda guerra mundial. Aunque sólo fuera por esto, ya valdría la pena haberse metido a leer Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón. Pero hay más, en particular aquellas páginas donde se relatan los momentos inmediatamente posteriores al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y cómo se inicia el Bogotazo: “El papá de la Pecosa está en Bogotá, en el hotel San Francisco, dijo, / pero él siguió pendiente de la voz que anunciaba, / Aquí, la Nueva Granada de Bogotá, habla Pedro Acosta Borrero: anunciamos a la ciudadanía que hemos ocupado esta emisora en nombre del pueblo y de la libertad, / ¡oh buen Jesús misericordioso, hijo de María y José!, clamaron las mujeres, / para qué se meterán esos muchachos en esas cosas, comentó su papá: lo único que consiguen con eso es que la situación se vuelva más caótica. / Ella no supo qué decir. / Otro locutor comentaba que el hotel San Francisco era presa de las llamas; / (pobre Pecosa, pobre papá de la Pecosa) / que de las farolas de la plaza de Bolívar colgaban las cabezas de Laureano Gómez, Ospina Pérez, Urdaneta y Pabón Núñez: / ¿quiénes son esos?, / pero nadie le respondió. / ¿Quiénes son esos?, / porque ya estaba harta de que la tratasen como a un cero a la izquierda, / ¡godos!, dijeron a una su papá y su mamá; él sin mover ni un ápice la cabeza, pegada al receptor, y ella con sus brazos en cruz: / los godos son muy malos, ¿verdad?, / pero otra vez silencio, sólo la voz del hombre transmitiendo y las plegarias de las dos plañideras. A Ana le dieron ganas de que apagaran de una vez la radio y así no se oyeran más noticias. Imaginarse las cabezas colgando de las farolas le producía náuseas. /

Papá, ¿va a haber guerra? / Pero él siguió ignorándola porque ahora el locutor chillaba desatado diciendo que miles de hombres y mujeres por la carrera séptima rompían con martillos las vitrinas de los almacenes de licores, las puertas de los cafés y restaurantes, y que al señor Parmenio Rodríguez, un periodista que tomaba fotos en la calle, le habían pegado un balazo que atravesó su cámara y cabeza al mismo tiempo y ella se imaginó el pegote que eso habría hecho y otra vez la sensación de que todo andaba revuelto en el estómago y estuvo a punto de gritar ¡apaguen la radio! cuando su mamá tuvo casi la misma idea. / ¿Por qué no cambias de estación?, / le preguntó a su papá, y entonces él puso la aguja en el 45 y se oyó una voz profunda, templadísima, que a pesar de no temblar ni gritar ni decir cosas desaforadas, parecía retumbar como un trueno en el salón pequeño, en la casa, en el patio, en el espacio entero. / Les habla Jorge Zalamea, desde la Radio Nacional de Colombia. Transmitimos un mensaje de libertad, de dolor y esperanza, al pueblo colombiano que hoy llora la muerte de su líder, / ¡ese asqueroso comunista!, / ¡chissst!, porque por una vez alguien recitaba poemas en la radio en vez de gritar desenfrenados que la revolución, que los incendios, que el señor presidente había dispuesto, / su padre interrumpía, pero fue inútil, porque él cambió de número la aguja y sólo quedó como un eco aquella voz tan grave, tan perentoria y dulce, repitiendo: / Si pudiera llorar de miedo en una casa sola, si pudiera arrancar los ojos y comérmelos, lo haría por tu voz de naranjo enlutado...”.

Esta página de la novela de Albalucía Ángel es una lección de Historia de América Latina. Se nos cuenta en ella qué pasó en Bogotá el día 9 de abril de 1948, quién era Jorge Zalamea, por qué los padres de la protagonista están pendientes de la radio ese día del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el día que ha entrado en esa Historia como el “Bogotazo”. El día en que un colega mío, fotógrafo de prensa que lamentablemente era colombiano y no italiano, inglés o gringo, moría de un disparo a través de la cámara con que cumplía con su deber profesional, sin tener un Wolf Biermann, el cantautor alemán, que le dedicase una almibarada canción de protesta, como a aquel camarógrafo sueco muerto de la misma manera cuando el pinochetazo de nuestro 11S, el del asalto –financiado por la CIA– al poder legalmente constituido en Chile. Pero no le echo la culpa a Wolf Biermann, que entonces sólo tenía doce años, sino a los Wolf Biermann de su época, que también existían y cantaban, e ignoraron por completo a mi colega Parmenio Rodríguez, a cuya memoria dedico estas líneas, en el Día Mundial de la Radio.