Argentina

La redención de una separación forzosa

A Claudia Paulete el terrorismo de Estado la separó de sus padres cuando apenas tenía ocho meses. Ella fue una de los más de 500 hijos de desaparecidos que, según la organización Abuelas, fueron apropiados ilegalmente durante la dictadura cívico-militar en Argentina.

Illustración: Eder Leandro Rodríguez

José Paulete no tenía piernas. Sus secuestradores hacían una pirámide de personas, lo subían a lo más alto y desde allí lo arrojaban. Cuando su cuerpo caía de lleno contra el piso, la tortura comenzaba de nuevo. A Gertrudis Hlaczik la desnudaban, la tomaban del pelo y la arrastraban por las celdas del centro de detención El Olimpo, un centro clandestino creado por los militares durante la dictadura en Argentina (1976 – 1983). Se cree que apenas 50 de los 700 secuestrados que retuvieron en ese lugar salieron con vida.

Claudia Victoria Paulete Hlaczik fue una de las sobrevivientes de ese horror. Nació el 25 de marzo de 1978, ocho meses antes de que sus papás fueran secuestrados. El 28 de noviembre, agentes del Estado llegaron a la casa de su familia, la envolvieron en una sábana, y se la llevaron a ella y a su mamá. Los vecinos de los Paulete Hlaczik escucharon que Gertrudis les imploró que la dejaran llevar a la niña a la casa de una de sus abuelas, pero su súplica, y la de muchos más, fueron una brisa de muerte para esos militares inmunes a la compasión.

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No hay datos concretos, pero muy cerca de ese día, Claudia no fue más Claudia, sus papás fueron otros y su vida no fue más la suya. Fue entregada a Ceferino Landa, un agente de inteligencia del Ejército, y a Mercedes Beatriz Moreira, su esposa. Ellos la llamaron Mercedes Landa, le dieron otra fecha de nacimiento y otra vida para vivir.

José Paulete era chileno. A sus 16 años, cuando viajaba al borde de la puerta de un tren, se cayó y toda la formación le pasó por encima. Así fue como perdió sus dos piernas. Cuando su mamá, Buscarita Roa, lo fue a ver al hospital, se estremeció. “Yo voy a ser el primer hombre en correr con piernas ortopédicas”, le dijo al verla entrar, para tranquilizarla. Con el anhelo de conseguir unas prótesis y estudiar psicología, se fue a vivir a Argentina. Su mamá lo siguió dos años después.

A Gertrudis la conoció en el Instituto de Rehabilitación de Lisiados de Buenos Aires, donde ella era voluntaria. Al ver la precariedad del Instituto y de la situación de personas como él, formó el grupo “Lisiados Peronistas para la Liberación”, con la intención de exigir al Estado una ley para que recibieran a los lisiados en algunos puestos de trabajo.

Con el tiempo los dos decidieron militar en Montoneros, un grupo político armado que buscaba, a través de las ideas del peronismo, instalar un socialismo nacional. La irrupción de la dictadura militar arrasó con los ideales políticos que bullían entre los jóvenes de la década de los 70.

José Paulete, según algunas versiones, fue secuestrado cuando salía de la universidad. Ese mismo día, pero a la noche, los militares retuvieron a su esposa y a su bebé. Se cree que los tres fueron enviados al centro clandestino El Olimpo. Un infierno que funcionó durante seis meses y en donde se cree que mataron a más de 600 personas.

En una llamada de Gertrudis a su mamá, las dos abuelas se dieron cuenta de que su nieta ya no estaba secuestrada. Las dos la buscaron, pero fueron esfuerzos inútiles. Después de muchas frustraciones, la mamá de Gertrudis se enclaustró. Buscarita se enteró de su suicidio un año después.

La mamá de José se unió a las Abuelas de Plaza de Mayo, un grupo de madres de personas desaparecidas durante la dictadura, que luchan por localizar y restituir a sus legítimas familias a todos los niños apropiados ilegalmente durante la dictadura.

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Durante años recibió información esporádica y anónima. Así fue como se enteró de que su hijo y su nuera estuvieron detenidos en un centro de detención clandestino. Tomás Eloy Martínez contó en El Olimpo del horror, publicado en el diario El País, de España, que “en la playa de estacionamiento, los verdugos colocaban tambores de aceite de cien litros, y allí quemaban, junto a desechos de gomas y de plástico, los cuerpos de los que sucumbían en el tormento”. De José y Gertrudis nunca más se supo algo.

En uno de esos mensajes de desconocidos atormentados llegó la pista sobre su nieta. Con esa información no bastaba. Buscarita tuvo que desarmar la trama que había detrás de esas versiones y pasar por procedimientos judiciales que corroboraran que esa supuesta hija de un coronel del Ejército era su nieta.

“Yo soy tu abuela y hace 21 años que te busco”, le dijo la primera vez que la vio, en el año 2000. El proceso de su nieta para sentirse quien era en realidad tardó. Pasaron cinco años para que un día Claudia la abrazara y le dijera “gracias, abuela, por haberme buscado”.

En el juicio que se les hizo a los apropiadores el juez le preguntó a la joven por su nombre. Ella alejó los fantasmas del horror y nunca antes más cerca de la verdad, contestó: “Claudia Victoria Paulete Hlaczik”.

 

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David Carranza Muñoz

Cultura

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