Fallecimiento Gabriel García Márquez
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La última rosa: el día que murió Gabriel García Márquez

Publicamos un fragmento de “La flor del prestidigitador”, libro del periodista Gustavo Tatis Guerra y del sello editorial Navona sobre la vida del nobel de literatura.

Gabriel García Márquez murió en ciudad de México el Jueves Santo de 2014, a los 87 años de edad, y sus cenizas reposan en el claustro La Merced, en Cartagena.

No dejan de llegar flores a la casa de Gabriel García Márquez. Flores amarillas y púrpuras.

Llueven flores a su casa porque está de vuelta, luego de varios días de estar hospitalizado. Aún antes de llegar, las flores lo estaban esperando. Gabriel García Márquez, de ancestros guajiros y sucreños, tiene un espíritu mítico y supersticioso, siempre ha creído que una flor amarilla puede conjurar lo que él llama una “pava”: un ambiente enrarecido. La flor amarilla lo ha acompañado en momentos difíciles, solemnes y ceremoniales como el premio Nobel de Literatura. Una flor amarilla en la mano o en el bolsillo es como entrar en las tinieblas y salir bien librado. García Márquez salió del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, luego de ocho días, y regresó a su casa al atardecer del 8 de abril.

El escritor ingresó al hospital de la Ciudad de México el 31 de marzo, y solo hasta el 3 de abril lo revelaron los familiares y las autoridades. Pese a que se decía que era “una pequeña infección”, el escritor sufrió un cuadro crónico de neumonía. Su estado de salud siguió siendo delicado al salir. Los médicos decidieron que el escritor continuara su recuperación en casa, según la declaración de Jaqueline Pineda, vocera de la institución médica. El regreso fue hermético. La gente empezó a presentir el final.

Tan supersticioso es García Márquez de la muerte que, hace poco, Richard Avedon le hizo una fotografía y quince días después se murió, poco antes de llevarle su fotografía. Cuando él supo que el fotógrafo se había muerto, prefirió no ver su propia foto.

Todo el mundo estaba pendiente de la salud de García Márquez. Cuatro mujeres estaban al pie de su cama. El Jueves Santo amaneció aparentemente estable dentro de su cuadro crónico. Los ojos del escritor parpadeaban lentamente. Mercedes había elegido algunos vallenatos de Rafael Escalona para animar su silencio. La música sonaba mientras García Márquez se sumergía en otro silencio sin música.

El único que lo vio con los ojos cerrados, luego de irse apagando lentamente como una vela que parpadeaba al vaivén del viento, mientras escuchaba los últimos vallenatos de Escalona que le puso Mercedes para ahuyentar la embestida de la inexorable, fue su amigo Guillermo Angulo.

García Márquez no parecía haber muerto, sino haberse quedado dormido mientras escuchaba la música al mediodía. Lucía sereno, tranquilo, en paz, sintiendo la compañía de sus dos hijos y sus cinco nietos. Guillermo Angulo le dio un beso y se despidió sin lágrimas de su viejo amigo. Mercedes había encendido un cigarrillo, y el fuego se consumía vertiginoso mientras contemplaba el rostro de su esposo. Se había servido un tequila blanco y era como si se hubiera secado antes de saborearlo. Suspiró sin lágrimas y apretó los dedos de sus manos, como si quisiera atrapar lo intangible.

El teléfono resonaba después de las 12:08 minutos del 17 de abril de 2014 en que ella apagó el vallenato y todos supieron que había muerto. La única palabra que podía decir en aquel momento era “gracias”. Mercedes miró a sus hijos, Gonzalo y Rodrigo, a su amigo Guillermo, a Mónica, secretaria de García Márquez, apretó la punta de sus zapatos contra el suelo y dijo: “Aquí nadie llora. Aquí es a lo mero macho de Jalisco”.

En aquel instante, estábamos frente al mar de San Antero (Córdoba) con dos cronistas de Colombia: Alberto Salcedo Ramos y Carlos Marín. Habíamos ido a bebernos aquel sol ardiente de ese Jueves Santo frente a ese mar intenso e ignorado, y toda nuestra conversación de aquella mañana fue Gabriel García Márquez. Estábamos los tres empezando a almorzar. Las cucharas quedaron en vilo frente a un plato de sopa, cuando llegó la noticia a nuestros celulares: “Acaba de morir Gabriel García Márquez”. Los tres nos dimos un abrazo frente al mar como si fuéramos los huérfanos de un padre que acababa de morir muy lejos de nosotros. Nos dispersamos en silencio a nuestras habitaciones, enmudecidos y desamparados ante aquella noticia.

De todos los rincones del planeta llovieron palabras para el más grande prestidigitador del universo. De los escritores y los jefes de Estado del mundo. Barack Obama, el presidente de los Estados Unidos, y el presidente ruso, Vladimir Putin, al igual que los presidentes de toda América Latina, lamentaron su deceso.

Rodrigo García Barcha, el hijo mayor del escritor, apretó las manos de Guillermo Angulo y le agradeció que hubiera venido a acompañarlos, porque entre más amigos se reparte el desconsuelo. La casa del escritor en la calle Fuego del barrio El Pedregal fue desde ese jueves una incesante peregrinación hasta el amanecer. Solo hasta el sábado se supo de manera escueta por parte de la familia que los restos del escritor habían sido incinerados en privado.

Los funerales en Bellas Artes fueron apoteósicos ante el cofre con sus cenizas. La música de acordeón volvió a resonar. Del cielo caía una lluvia de flores y mariposas que se dispersaban por las calles y las plazas. En Aracataca se decretaron tres días de duelo: el pueblo se detuvo al atardecer con un desfile multitudinario hasta llegar a la casa donde nació en aquel 6 de marzo de 1927. Todos llevaban en la solapa la rosa amarilla. Mariposas y rosas amarillas alumbraban el camino de los peregrinos de Aracataca y del mundo. “¿De qué murió?”, preguntaban en Aracataca. “De viejo, como el coronel Aureliano Buendía”.

Murió como Úrsula, un Jueves Santo. Lo mismo en La Guajira. En la vieja casa de Sincé. En la vieja casa de Sucre. En la casa de Cartagena. La imagen del duelo era una flor amarilla. Hombres y mujeres del Caribe colombiano y del mundo llevaron durante nueve días en la solapa una flor amarilla para recordar a García Márquez. México y Colombia y su aldea natal, Aracataca, reclamaban sus cenizas. Sus hermanos, en Cartagena y Barranquilla, estaban de acuerdo con que reposaran junto a las cenizas de Gabriel Eligio y Luisa Santiaga, y junto a las cenizas de todos sus hermanos muertos que tienen un nicho en la iglesia San Pedro Claver de Cartagena.

Un día antes de la muerte de García Márquez hubo un terremoto de magnitud 7.2 en la escala de Richter, que estremeció a la Ciudad de México. Aquel sacudimiento fue, para algunos de sus familiares, una premonición. “Yo creo que el jueves no sirve ni siquiera para morir —había escrito García Márquez el 24 de junio de 1948 en El Universal, de Cartagena—. Entregarnos al gozo de la muerte después de haber molido los minutos de tres días fecundos, productivos, es —más que una simplicidad— una tontería. Este trajín diario, este devanarse la cabeza sobre un alfabeto mecánico, para que usted, señor lector, tenga al mediodía algo de qué lamentarse; este tratar de ser algo sin conseguirlo, de nada valdría si un jueves cualquiera, sin premeditación y sin despedirnos de nadie, nos acostamos sobre la yerba de la muerte”.

 

* A propósito de este quinto aniversario, Colecciones El Espectador lanza "Biblioteca Gabriel García Márquez" con 8 obras del autor: Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera, Doce cuentos peregrinos, Del amor y otros demonios, El coronel no tiene quien le escriba, entre otros. La colección estará a la venta a partir del 27 de abril. Para mayor información consulte:  www.colecciones.elespectador.com

 

* En el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, Gustavo Tatis Guerra lanzará La flor amarilla del prestidigitador (Navona), a través de un conversatorio con el escritor Conrado Zuluaga. Sábado 4 de mayo, a la 1:00 p.m., salón de Ecopetrol Filbo F (pabellón 21-23), Corferias.

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Gustavo Tatis Guerra

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La última rosa: el día que murió Gabriel García Márquez

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