La verdadera revolución

Quién iba a creer que la vida se nos iría en el día a día, en lo urgente, lo perecedero, lo inmediato. Que el tiempo no nos alcanzaría para descubrir qué es el amor, que los soles no nos bastarían para asombrarnos y tantas lunas no nos llenarían las ambiciones.

Archivo particular

Quién iba a pensar que las caricias se convertirían en leyendas antiguas, que las cartas escritas a mano estarían al mando de corazones flojos, que las emociones ya no cabrían en abrazos y que hablar por hablar no estaría de más.

Quién iba a prever que las conversaciones profundas pasarían de moda, que las canciones con sentido se apagarían de golpe, que la señal sería insuficiente para sintonizarlas, que el viento ya estaba cansado de soplar a tu, a nuestro favor. Quién hubiera sido capaz de torcer el camino que nos conduciría a este hastío, donde poner la vida ya no es poner el fuego, como dicen aquellas letras que cortan la garganta. Por supuesto, tampoco sentimos la herida porque ponerle el pecho al amor es hoy el gran miedo y, en efecto, aprendimos a esquivar.

Quién iba a creer que morir en la hoguera, provocar la furia de los dioses, perder el honor en una guerra, deambular siendo espíritu se convertirían en temores de ayer, que existirían personas que pensarían que a esos guerreros antiguos les concedieron los miedos más triviales y a nosotros, en cambio, nos otorgaron los imposibles.

Quién, quién hubiera podido predecir que llegarían tiempos donde la vida se sabría más segura en cuatro paredes que en dos brazos, donde las librerías tendrían que cerrar sus puertas y con ellas sus libros a falta de amantes del perfume impreso, donde el café no supondría diálogos sino afanes, donde las estrellas no traerían consigo poesía ni la primavera, enamorados lunáticos.

Quién hubiera imaginado que el futuro se vería tan escueto, tan vacío, tan taciturno. Quién hubiera imaginado que el futuro amanecería tan pronto. Por qué nadie avisó que quedaríamos unos cuantos extrañando las costumbres que no nos tocó vivir. Por qué nadie advirtió que quedaríamos pocos creyendo que tomarse la mano con el otro era una verdadera revolución.

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