Reseña

Las memorias del río Paraná

En este reconocido afluente que conecta a Argentina con Paraguay se grabó “Ejercicios de memoria”, un largometraje que evoca a los desaparecidos de la dictadura de Alfredo Stroessner.

Fotograma de “Ejercicios de memoria”, película dirigida por Paz Encina que recuerda a la familia Goiburú, víctima de la dictadura paraguaya. / Cortesía

A orillas del río Paraná se cuenta que si se pesca una raya es porque algo malo va a ocurrir. La mayoría de pescadores deciden abandonar su actividad, migrar a otra zona del río o retornar a sus hogares. Respetan esa creencia como si fuera una ley que no tiene otro vaticinio. Un sábado en la tarde, el doctor Agustín Goiburú salió con uno de sus hijos, Rolando Goiburú, de 10 años, a pescar, una de las actividades que más unían a esta familia originaria de Paraguay. Las horas pasaron y la fortuna no estaba del lado de los Goiburú. La brisa era diáfana y las aguas del Paraná se veían cada vez más quietas. En un momento determinado de la noche casaron dos rayas. Por el coraje y el orgullo que se viste de terquedad, el doctor, que vivía con su familia en Posadas, una pequeña ciudad argentina que está muy cerca de la frontera con Paraguay, decidió mantenerse firme con su lancha en el mismo lugar donde habían atrapado las rayas. Su hijo no sacaba de su cabeza esa vieja premonición de que algo malo podía ocurrir. Pasaron la noche en la lancha. Rolando quiso acostarse lo más cerca posible de su padre, presentía que si lo soltaba una tragedia podía suceder y él, tal vez, no iba a poder hacer algo para salvarlo y salvarse.

Al día siguiente, Agustín y Rolando siguieron compartiendo aquel oficio de familia que daba sentido a sus esperanzas y ofrecía un instante de paz en medio de la atmósfera de represión que había construido el militar Alfredo Stroessner desde un par de lustros atrás. El sol se posaba en la mitad del cielo, cubriendo todo el horizonte de una luz que agradaba y de un clima propicio para mantenerse en medio de las aguas. Almorzaron con la poca comida que quedaba y decidieron cumplir con la siesta. Minutos después, el silencio se rompió, la tranquilidad también. El ruido de un motor despertó a Rolando, que tras percatarse de que se trataba de una lancha de la Marina paraguaya, despertó a su papá y lo alertó. El doctor Goiburú se despabiló y quiso huir con prontitud. El destino no se lo permitió. Tal vez la creencia de las rayas era más cierta de lo que se pensaba. Algo malo sucedió.

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El ejército paraguayo, armado con fusiles que evocaban la Guerra del Chaco, los detuvo y los llevó a las instalaciones de la Marina que quedaban en la frontera. A Rolando lo torturaron y lo soltaron una semana después. A Agustín Goiburú, el doctor que se había negado a firmar defunciones para las víctimas de la dictadura y que por su desobediencia había sido perseguido y obligado a exiliarse, le hicieron la vida imposible desde entonces. Años después se fugó de la Séptima Comisaría de Asunción. Había logrado una libertad que le pertenecía, pero que seguía arrebatada por el autoritarismo de Stroessner. A Goiburú lo secuestraron y nunca más se volvió a saber de él. Su paradero es desconocido y su caso es uno de los que más eco han tenido.

El relato anterior, que con muchos más detalles fue narrado por Rolando Goiburú al portal ABC de Paraguay, hace parte de las memorias de una de las centenares de familias que vieron morir o desaparecer a sus seres queridos en los 35 años que duró la dictadura en el país del Cono Sur. Esas memorias son las mismas que la directora Paz Encina recoge y visibiliza en Ejercicios de memoria, largometraje documental que se estrenó en 2016 y que fue presentado en Bogotá en la pasada edición del Bogotá International Film Festival.

“No es fácil hablar de la dictadura en Paraguay. Siempre se preguntan por los muertos. Hay un pequeño movimiento que busca en fosas comunes a los desaparecidos. Es por eso que la película no tuvo mucho impacto en el país, pues es un tema que se suele callar”, afirmó Gudula Meinzolt, productora de Ejercicios de memoria.

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Al largometraje lo atraviesa el silencio, el mismo que señala Meinzolt y que ha sido legitimado por una sociedad más de América Latina que vivió en dictadura en el siglo XX, que tuvo que resurgir de la neblina para buscar a los que lucharon y a los que al amanecer no volvieron a gritar, a creer, a amar. Varios rostros pasan en un instante y el silencio es sepulcral, es capaz de estremecer el cuerpo y llevarlo a uno como espectador a imaginar todos los finales posibles. Fueron muchas vidas que no contaron con una despedida digna, que no tuvieron el derecho a morir junto a sus familiares. Fueron circunstancias diferentes, pero la barbarie cuenta con millones de espejos que arrojan imágenes y vivencias que se refractan y se proyectan en otras latitudes, latitudes como la nuestra, que también tiene muchas historias de desaparecidos, de muertes que no han sido reconocidas, de duelos que aún buscan su puerto mientras la muerte sigue siendo una incertidumbre para quienes no volvieron y para quienes hace mucho dejaron de vivir con esperanzas.

Los niños que representan a Rogelio, Jazmín y Rolando, hijos del doctor Goiburú, bordean el río Paraná. Caminan, van a caballo y nadan en el río. El sonido ancestral de los guaraníes, el paisaje majestuoso de aguas indescifrables y una casa abandonada, también como metáfora de un hogar que perdió su patria, sus integrantes y su vida, se muestran en este híbrido de ficción y no ficción, de voces tenues que hablan y vuelven a salir de los muros en los que aún se teme recordar las ideas que mataron en nombre de un supuesto equilibrio estatal y que por más de 30 años se mantuvo en el poder a costa de las torturas y demás tipos de dominación.

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Andrés Osorio Guillott

Cultura

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