Refracciones literarias

“Las novelas son el territorio de la ambigüedad”: Ricardo Silva

Podría ser un hecho fortuito, un asunto normal en estos días de redes y trolls: a Horacio Pizarro, un reconocido profesor bogotano de filosofía, lo apedrean en Facebook por compartir un artículo de Scientific American que afirma que las mujeres que han tenido hijos son más inteligentes que aquellas que no.

Ricardo Silva Romero, quien lanzó su más reciente novela, Cómo perderlo todo. Luis Ángel

Lo compartió sin mala leche ni intenciones perversas: era un guiño a su hija, que estaba embarazada. Ese post inofensivo tendría el peso de una tormenta, pues una de sus colegas lo acusará, en pleno Facebook, en pleno 2016, de machista y de misógino, dejándolo completamente expuesto. Las respuestas —“cerdo machista”, “abusador de mujeres”—, las reacciones y los likes y los debates efímeros de los comentarios son el pretexto para que el profesor Pizarro diseccione, con un humor fino y sin darle demasiadas concesiones a la indignidad, esta nueva forma que tiene el mundo de comunicarse, de proponerse (o imponerse) sus ideas.

A partir de ese personaje, entonces, se ponen en marcha las historias que componen Cómo perderlo todo, la más reciente novela del escritor Ricardo Silva Romero, publicada por Penguin Random House. Se trata de una serie de historias diferentes, compuestas como relatos que se superponen y se tocan de formas diversas, como en una carrera de relevos en la que cada personaje, cada trama, toma y retoma el testigo para dar cuenta de su calvario, de su voz.

Como un fresco hecho desde historias de amor mínimas que se juegan su vida en las paredes de sus casas y sus cuartos, Cómo perderlo todo pone en escena las formas en las que compartimos, amamos y nos relacionamos en estos días de redes sociales, información a la mano y noticias devastadoras que llegan a una velocidad impresionante.

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Esas noticias devastadoras van por cuenta del bisiesto 2016, año en el que se desarrolla la trama de la novela. Detrás de las historias de los personajes, latiendo como un ruido que termina siendo definitivo, están los hechos de esos 366 días: la victoria del no en el plebiscito, el ascenso de Trump, el brexit, el terrorismo en Europa, el asesinato de Yuliana Samboní, los tambaleos del Acuerdo de Paz, las marchas contra el matrimonio gay y la adopción igualitaria.

“Como en las historias de Navidad, en la que la Navidad es el accidente que les sucede a los personajes, en Cómo perderlo todo a los personajes les sucede el bisiesto 2016, con sus giros y sus traiciones. Es decir, en la trama, en el tejido, se encuentran los hechos de ese año con los protagonistas de las historias de pareja, y así tenía que ser”, comenta Silva Romero.

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Una abogada prestante que hace parte del equipo negociador en La Habana y que tiene un romance con un exministro cuya esposa despierta de un coma de varios años; una estudiante que intenta salir adelante con su relación mientras busca de vuelta el afecto de su madre; un taxista infiel que es seguido por su amante; un matrimonio recién inaugurado que apenas está aprendiendo cómo es eso de vivir en pareja; un actor hundido en su derrota que quiere recuperar a su esposa; un fotógrafo procaz que ya no sabe qué más decirle a su novia celosa, una modelo con sus propios golpes. También hay más personajes y situaciones que avanzan, ceden la voz y dialogan mientras los hechos y la realidad los atraviesan. “Creo que los personajes de ficción le hacen muy bien a la realidad. Y que los personajes reales ganan mucho cuando son explicados desde la literatura. Se humanizan todos y existen gracias a los otros. Las novelas, a diferencia de los periódicos o de las columnas de opinión, son el territorio de la ambigüedad, de la fascinación —no del enfrentamiento— con las personas que piensan diferente de uno y con las situaciones que suelen sucederles a los otros, pero que podrían sucederle a uno si no les sucedieran a sus personajes. Resulta fundamental, desde mi punto de vista, que la novela no sea el vehículo de ninguna hipótesis, de ninguna ideología, pero suele llevar adentro una visión del mundo. Resulta fundamental que una novela no sea una columna puesta en escena”.

Silva Romero construye una novela actual en la que abundan las referencias comunes de nuestros días (Twitter, Facebook, Instagram, Deezer, Uber) para dar cuenta de cómo han cambiado nuestros ritmos de vida y cómo sobrellevan estos personajes los días y el amor a pesar de sí mismos, a pesar de las circunstancias y, sobre todo, a pesar del mundo. Y ese mosaico trepidante y diverso de historias y personajes habla de más cosas: de la traición que escondemos adentro frente al amor, de la inseguridad propia de sabernos parte de un pequeño mundo (las relaciones de pareja) que no deja de ser extraño y sorpresivo, del desgaste de la vida cotidiana ante los ojos de sus protagonistas o del cambio (a veces humano, a veces inhumano) que hemos experimentado desde que todos nos apropiamos de la posibilidad de opinar sobre cualquier asunto. Todo esto, por supuesto, intercalado con situaciones en las que no falta el humor característico del autor y en las que no se esconden ciertas señas a su oficio de opinador semanal: “El humor debe venir de las situaciones aun cuando no sean evidentemente cómicas y debe ser una manera de encarar y de decir las cosas, una forma de ser en últimas. La ficción y la literatura no tienen por qué temerle a ningún tema, pues sus miradas renuevan,  afectan, dan la vuelta a cualquier tema. Y no hay ningún tema que sea superior o inferior al arte. Quiero decir: la literatura puede ser ajena a lo que está pasando ahora y hablar de lo que a su autor le dé la gana, pero no tiene por qué hacerlo, y puede iluminar los debates y parodiar el presente de una manera muy precisa”.

Cómo perderlo todo no es ajena a los temas y al estilo que ha consolidado a Ricardo Silva Romero como uno de los autores más leídos del país. Desde Sobre la tela de una araña hasta Historia oficial del amor, pasando por títulos como Todo va a estar bien o ensayos como Ficcionario, Silva Romero ha decantado una especie de cuerpo narrativo robusto, construido a base de una disciplina de trabajo propia de oficinista: “Si algo ha cambiado fundamentalmente es que ya no me da vergüenza decir que soy escritor. Ya entiendo bien que cuando digo que soy ‘escritor’ no estoy diciendo que sea un buen escritor ni que sea un intelectual, como si la palabra misma fuera un aval y un título nobiliario impuesto por uno mismo, sino que simplemente me dedico al oficio de escribir. 

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