Haydn, Mozart & Beethoven

Las tres claves del estilo clásico

Estos tres músicos, cuyas obras serán interpretadas en Cartagena durante “El gusto por la forma. El estilo clásico”, fueron protagonistas de un período musical que se forjó en la búsqueda colectiva de una altura que nunca perdió de vista la raíz.

En el año 1785, Wolfgang Amadeus Mozart publicó las partituras de una impresionante colección: seis cuartetos de cuerdas en cuya escritura se había tardado tres años. Cada uno de ellos está en una tonalidad distinta, es decir, pueden ser más las diferencias que las similitudes. Y sin embargo, Mozart insistió en publicarlos todos juntos por una razón que se evidenciaba desde la portada misma: “Dedicados al señor Haydn, maestro de capilla de Su Alteza el Príncipe Esterhazy, de parte de su amigo Mozart”.

Hoy, las ediciones discográficas también los agrupan (en elegantes cajas de tres discos) y los han llamado, para abreviar, Los cuartetos Haydn de Mozart. No solamente son un ejemplo de escritura diáfana en el difícil arte de combinar cuatro instrumentos de cuerda, sino también el testimonio de una amistad sincera.

Mozart había llegado a vivir a Viena en 1781. Tenía 25 años y, no es difícil adivinar, unos oídos atentos a escuchar todo lo que fuera novedad en la que para muchos era la capital musical de Europa. Justo en ese momento, el respetado compositor Joseph Haydn había terminado de escribir sus seis Cuartetos Opus 33. Al parecer, no se hablaba de mucho más entre los músicos profesionales. Haydn le había dado al arte del cuarteto una madurez y una sofisticación que representaban un reto para el siguiente compositor que quisiera acometer la tarea.

Y Mozart aceptó el reto. Varias semblanzas biográficas nos hablan de reuniones en su apartamento, donde se fue forjando una relación basada en el placer de tocar por tocar: Mozart interpretaba la viola, Haydn el violín, en lo que podríamos emparentar con esas sesiones de libre improvisación de los músicos de jazz. Frente a esto, la diferencia generacional no era un obstáculo: Haydn era 24 años mayor que su nuevo amigo. Sólo hay, quizá, un momento en que esa brecha de edades se pone de manifiesto, y es en la dedicatoria excesivamente respetuosa de los cuartetos de Mozart a Haydn: “Le ruego que sea indulgente con los defectos que mi música pueda tener”, y otras tantas frases así. Aunque, claro, puede ser también la prosa de la época.

Demos un salto a la primavera de 1787. Mozart tenía ya 31 y seguía viviendo en Viena. De hecho, disfrutaba de una reputación como uno de los mejores músicos vivos de Europa, lo cual hacía que muchos jóvenes aprendices quisieran conocerlo y tomar clases con él. Pero para ello había que tener contactos. Cierto día el Conde Waldstein, un noble alemán que tenía nexos culturales con Austria, le pidió a Mozart que recibiera en su despacho a una joven promesa de la música en Alemania.

Sabemos que Mozart no estaba particularmente entusiasmado de escuchar a un muchacho de 16 años que venía de algún pueblo lejano. Mozart estaba cansado y enfermo. Pero el muchacho llegó con una carta de recomendación y logró acceso a la casa del gran compositor, donde se sentó al piano. Su nombre era Ludwig van Beethoven.

“Toca algo”, le dijo a Beethoven. El muchacho tocó los primeros compases del Concierto para piano en Do menor de Mozart. “No, eso no”, le dijo Mozart ofuscado. “Eso lo puede tocar cualquiera. Toca algo propio”. Y así lo hizo Beethoven. Cuando terminó, a Mozart le había cambiado el semblante. Estaba tan emocionado que corrió a la sala, donde se encontraban su esposa y unos amigos, y les dijo: “Escuchen a este niño. Algún día el mundo hablará de él”.

Las tres figuras claves de la música clásica (y, en el caso de Beethoven, del paso a la siguiente corriente, el Romanticismo) reunidas en el mismo lugar del mundo y en menos de una década. Sin duda fue un momento privilegiado para las artes, en que la genialidad iba y venía y se retroalimentaba: las partituras de Haydn le enseñarían a Mozart sobre el arte de estructurar la música; Mozart desarrollaría la fórmula hasta los impecables extremos de sus misas y sus óperas; Beethoven se dejaría fascinar por esas obras y, años después, escribiría unas variaciones para violonchelo y piano a partir de un tema de La flauta mágica de Mozart.

Para esa época llevaban poco tiempo circulando las traducciones al alemán de los ensayos de Michel de Montaigne, uno de los primeros pensadores que hablaron del fenómeno de las influencias. “Cuando buscamos en nosotros mismos –decía–, aprendemos que nuestros deseos nacen y son alimentados a costa de los demás”. El estilo clásico se forjó en esa búsqueda colectiva de una altura que no perdía de vista la raíz.

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