El otro lado de La historia

Laura Restrepo: “La militancia me viene de fábrica”

La escritora y periodista colombiana Laura Restrepo fue protagonista de los diálogos de paz entre el M 19 y el gobierno de Belisario Betancur. Su libro "Historia de un entusiasmo" narra lo que ocurrió y da luces sobre las razones del fracaso de aquellas negociaciones.

Laura Restrepo, cuyo libro más reciente fue Los divinos. / Cristian Garavito

Por aquellos tiempos, cuando el mantel olía a pólvora, Laura Restrepo fue escribiendo la historia verdadera de lo que ocurría con la historia de Colombia, la que corría por debajo de lo que contaban los periódicos, las revistas, la radio y la televisión, y lo hacía en lo que pudiera: servilletas, desprendibles de pasajes de avión, libretas usadas, hojas de cuaderno... y desde donde estuviera: en la selva, en un bus, al borde de un riachuelo o en la ciudad. Escribía, porque sabía que sus palabras iban a ser la contraparte de la historia oficial, y lo fueron cuando publicó "Historia de un entusiasmo", su paso como negociadora en los frustrados acuerdos de paz del M-19 y el gobierno de Belisario Betancur. 

“Nunca pude mantener una actitud distante frente a lo que acontecía; me fascinaba y me dolía demasiado. Fui escribiendo en caliente, en el escenario de los hechos, sobre tiquetes de avión y servilletas”. Cada conversación, cada secreto, cada movimiento y todas las conclusiones eran La Historia, así, en mayúsculas. El libro lo acabó de escribir en el exilio, pues la orden de desaparecerla ya estaba tomada. Ella hacía parte de las listas negras del Operativo Águila, compuesto por exmilitares y militares, gente del orden, nuevos y viejos empresarios y políticos de distintos colores, que iría acabando y acabó con la mayoría de los militantes del M-19.

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Entre tintas y viejos papeles, viajes, encuentros, desencuentros, huidas, conversaciones, discusiones e indignación, conoció las entrañas de ese monstruo llamado Establecimiento del que antes, en el colegio y en la universidad, y mientras daba clases en la escuela Colombia, al sur de Bogotá, había oído hablar. Pero lo que decían era muy diferente de lo que era. Los grandes personajes que salían en los periódicos eran muy distintos en la realidad, porque ante todo, y costara lo que costara, pretendían que el rumbo del país siguiera como siempre. Y manejarlo a su antojo para preservar el poder. El Establecimiento, mediante sus diversos brazos de poder, la arrinconó, hasta que tuvo que irse al exilio.

“La militancia me viene de fábrica —le confesó unos meses atrás a Laura Galindo M. en una entrevista para El Espectador—. Y no creas que no la combato. Es que la política me fascina y siempre he vivido muy conectada a todos sus procesos. Reivindico mis años de militancia y me alegra mucho haber podido pertenecer a una generación en la que todo fue tan intenso. Yo tuve la suerte de haberme cruzado con el trotskismo. Éramos unas chuchas para hacer cosas, pero había una lucidez muy interesante que nos venía del propio pensamiento de Trotsky: anticapitalista, antiimperialista, pero antiestalinista. Entonces no caía en esa retórica de muchos y dejaba cierta visión de modernidad. Ahora entiendo que teníamos un lenguaje reiterativo, dogmático, muy convencido de sí mismo. A eso, creo, se debió en parte la crisis de la izquierda. Me da risa leer Historia de un entusiasmo porque yo conocía muy bien al M-19, muy desde adentro. Y, sin embargo, lo pinto con todos sus defectos recortados mientras a los del otro lado les caigo con un hacha. Con los años pienso que habría sido muchísimo mejor si en vez de quitarle defectos, hubiera entendido que de eso estamos hechos: de lo bueno y de lo malo. He tratado de darle un giro a todo, de englobar la política en una forma más amplia que quizá sea la ética. Tanta pereza y tanto descreimiento tal vez tengan que ver con la limitación de no verla dentro de un contexto más fuerte: si estoy contra la corrupción, pero trato el mundo a las patadas, pues, a ver, se me queda en consigna”.

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Cuando pasaron las persecuciones, el peligro, el andar sobre el filo de una navaja, decidió seguir militando desde la escritura. Ahí dijo lo que quería decir, lo que tenía que decir. Fue publicando libro tras libro: La multitud errante, Leopardo al sol, Delirio, Demasiados héroes, La novia oscura, Hot Sur, Dulce compañía, Los divinos. La criticaron, la elogiaron. Ella siguió diciendo lo que tenía que decir. Dijo, por ejemplo, que “todos los procesos democráticos serios surgieron de la izquierda de los 60”. Dijo que “un personaje perfecto de novela, el héroe trágico y romántico de cualquier gran historia: Carlos Pizarro. Pizarro era el gran seductor, el hombre que apenas te conocía te brindaba toda su confianza, como diciendo ‘estoy en tus manos’, pero más allá de todo eso y de su belleza física, era un gran militar, un estratega por vocación”.

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Habló de su abuelo Enrique, quien aprendió a escribir y a leer por su cuenta, de su padre, de Álvaro Fayad, de Belisario Betancur. “Él empezó con toda la decisión para hacer un proceso de paz, y abrió las cárceles para que salieran los presos políticos, pero en el camino se le comenzaron a voltear los ricos y los militares y empezó a cambiar. Su gesto inicial fue fantástico, pero para haber sido consecuente habría tenido que ser Allende, y morir como Allende; los grandes gestos históricos acaban con la vida de la gente”.

 

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2019-01-06T20:00:09-05:00

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2019-01-11T20:39:26-05:00

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FERNANDO ARAÚJO VÉLEZ

Cultura

Laura Restrepo: “La militancia me viene de fábrica”

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