Análisis

Leer en los tiempos del dataísmo

Vivimos en un mundo donde cada vez más se recolecta una inmensa cantidad de datos en tiempo real y de distintas fuentes. Las editoriales ya están usando estas herramientas para saber qué les gustará a sus lectores, y tal vez eso sea el fin de parte de nuestra libertad.

Editoriales utilizan tecnología y herramientas propias de “big data” para tomar decisiones. / Cortesía

Prendemos nuestro Kindle; compramos un libro; subrayamos las páginas 30, 75 y 143; dejamos de leer en la página 202; compartimos nuestra opinión en redes sociales; compramos otro libro que, si bien es del mismo género literario, es de un tema totalmente diferente. No subrayamos nada, pero lo leemos por completo, le damos cinco estrellas en alguna app y lo comentamos en un chat. Luego, esos datos se combinan con las últimas películas que hemos visto en Netflix, los “me gusta” que hemos regalado y nuestros ciclos de sueño.

En algún gran conglomerado editorial, un analista de datos recopila esta información, la combina, la analiza y concluye que leemos mucha ficción, pero la historia novelada podría ser un buen paréntesis. Deduce que nunca hemos leído filosofía, pero podríamos intentarlo si el lenguaje no es muy complicado; en cambio, la poesía no entra en la ecuación. El resultado de este examen es un croquis completo de nuestros gustos literarios, de lo que nunca nos gustará y de lo que podría gustarnos en un futuro.

Precisamente, la división de Hachette en Londres ya está utilizando este tipo de tecnología y herramientas propias de big data para tomar decisiones editoriales. “Los nuevos gigantes, tipo YouTube o Netflix, se las han apañado para atraer a mucho público conociendo todos los gustos y el perfil de su audiencia. Por tanto para nosotros, en Hachette, resulta crucial entender también los hábitos y preferencias de los lectores. Necesitamos, cada vez más, tomar decisiones a conciencia y reducir la incertidumbre”, afirmó Sabrina Salvador, directiva de este grupo, al ser entrevistada por El País.

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Hasta ahora, el editor ha trabajado como un adivino, como un discípulo a merced de una obra que de pronto irrumpe en el mercado como un tsunami, de una cita que se vuelve viral en redes sociales sin saber por qué, a merced de un escritor que le reza a alguna musa y publica un best-seller cuando no había publicado ni siquiera un cuento corto. Ahora, poco a poco, se están tornando en oráculos. “Te gustará este libro”, “te encantará esta clase de narrativa”, “leerás este género si publicamos a este autor”. Y luego vendrá la tragedia, y esta tragedia consistirá en la desaparición de futuros Tolstói y Kerouacs, de Kafkas y García Márquez, de Shelleys que transformen una historia de terror en una de amor y tristeza, y así, rompan todo paradigma que ronde por las librerías. Distribuir un libro es un tiro al aire, un acto de fe. Puede que no lo lea nadie, puede que lo lea un país entero, puede que lo lea una única persona y le cambie la vida, y puede que la obra no tenga éxito al momento, pero 50, 100, 200 años después sea todo un clásico, como ya ha ocurrido tantas veces.

A Leopardi le asqueaba que la cumbre del saber humano fueran la política y la estadística, cuando la inutilidad casi perfecta de los estudios hechos desde la época de Solón habían obtenido “la perfección de los Estados civiles y la felicidad de los pueblos”. Montaigne declaró haberse dedicado a la escritura para referir, en la intimidad, los miedos de “un ser que se descubre fragmentario y diversificado”. “Así, lector, soy yo mismo la materia de mi libro: no es razonable que emplees tu tiempo en un asunto tan frívolo y tan vano”. Ovidio tenía claro que de la poesía no se podía extraer ninguna ventaja, pero gracias a ella se olvidaba de su desgracia, y para Aristóteles, la filosofía no perseguía utilidad alguna, simplemente era buscada para escapar de la ignorancia. ¿Qué habría sido de ellos, de su obra y de la historia que nos dejaron, si hubieran nacido en esta época en la que solo existe el flujo de datos?

Así que, en un mundo donde nuestros gustos, sentimientos y hasta nuestras reacciones bioquímicas han sido capitalizados, la literatura debería ser el refugio de nuestra libertad. Las palabras van más allá de intereses mercantilistas; la literatura es amor y desahogo, es memoria y una botella abandonada a la suerte del mar, es nuestra vida contada generación tras generación, es vida que es solo nuestra como humanidad y no la propiedad de un algoritmo. Que otros predigan qué compraremos, que en el campo de la literatura nos equivocaremos y eso también será un pedazo de alma que se regalará a los que vengan después.

“Si mañana un volcán abriese su bocaza en Montmartre y lanzase sobre París un montón de cenizas y una tumba de lava, como en otros tiempos hiciera el Vesubio en Estabia, Pompeya y Herculano, y cuando, dentro de unos miles de años, los arqueólogos de esa época hicieran excavaciones y exhumaran el cadáver de la ciudad muerta, decidme qué monumentos habrían quedado en pie para testimoniar del esplendor de la gran enterrada” (Théophile Gautier).

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Juliana Vargas @jvargasleal

Cultura

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