Hay tiempo para insistir

Los combates de Truchafrita

Dibujante desde niño, Álvaro Vélez comenzó a hacer cómics en 1995, con “El Necio”, cuyos protagonistas eran Iskra y Lsd.

Desde la esquina oriental de la glorieta de Bulerías se alcanza a ver la entrada a Surco Records, en Medellín, la tienda de vinilos e historietas de Álvaro Vélez y José Santamaría. Las manos de Álvaro sobrepasan el pequeño muro que separa a Surco del local vecino, con una sostiene el celular y con la otra un cigarrillo encendido. Me acerco y cada vez se revela más la figura de un señor: alto, jeans holgados, camiseta, tenis y pelo casi hasta los hombros con una pequeña capul. Llego hasta la entrada y nos encontramos de frente: “Pasá, pasá, dame un segundo mientras termino algo aquí, ¿querés un vaso de agua?”. “Sí, dale, gracias”. “Disculpame un momento mientras termino esto, dame un segundo”. “Sí, tranquilo”. Me siento frente a él y lo veo teclear con ferocidad. Pasan unos minutos y como no termina, sugiere: “No, dale, empecemos, es que esto aquí es larguito”, dice señalando el celular. “No, pero si es importante, dale”. “No, es un jueguito aquí online, dale tranquila que esto es eterno”.

*

Truchafrita andará, seguramente, divirtiéndose, bebiendo con Chimpandolfo, riéndose de algún mal chiste o contándolo él mismo. Álvaro Vélez, mientras tanto, se aburre en una tienda de vinilos a la que nadie va porque quién compraría vinilos ahora, en la época de lo digital, de lo rápido, de lo fácil. Truchafrita tiene una infancia, una historia que ya varios conocen, una vida pública. Álvaro Vélez es un desconocido. Truchafrita vive, casi siempre, en blanco y negro. Álvaro es el que ha decidido que el mundo de Truchafrita tenga un sol perfectamente circular, unos edificios rectos. “Uno de niño siempre dibuja. Uno siempre está rayando. Lo que pasa es que, como decimos muchos dibujantes, yo no paré, seguí dibujando. Hay gente que ya no dibuja, se dedica a otras cosas: médico, abogado, normal, pues. Pero yo no paré de dibujar”.

Pareciera que el día en que Álvaro Vélez (Medellín, 1974) supo que debía dedicarse a dibujar, se le reveló también el llamado a hacer siempre dos personajes. En el principio fueron Iskra y Lsd, protagonistas de El Necio, su primera publicación, editada en 1995. Con apenas 21 años se nota en ella la juventud del autor, su vida de ese tiempo, sus vicios, sus bríos por narrar. “El Necio es más violento, más atrevido, menos reposado tanto en el dibujo como en la apuesta misma del lenguaje. Yo empezaba a los 18 años a leer de manera consciente y, además, a buscar libros de historieta. Me fui dando cuenta de que hay viñetas más grandes que representan, por lo general, no siempre, más tiempo de lectura, entonces tienes que llenarlas de más detalles. Hay otra que se llama viñeta flash, que ya casi no las uso, pero las usaba mucho en esa revista, es como una vista rápida del asunto. Yo incorporaba todo porque quería probar todo. Pero ya no, ya es más reposada la narración, hay gente a la que le puede parecer eso aburrido. A mí no”.

*

A Álvaro se le aparecieron la música y el cómic, y sin saber cuál fue primero se le anidaron profundo las dos. El punk de los 80 resonaba todavía en la Medellín de los 90. Ya había bajado de los barrios y cualquiera se podía arrimar al abrigo furioso del género. Los muchachos, muertos de ganas por el dibujo, una cosa tan reflexiva, si se puede decir, y al mismo tiempo tan ansiosos por el contacto violento con otros contemporáneos, se encontraron en los conciertos de punk.

En los toques se regalaban dibujos, se intercambiaban historietas y golpes. Se cambiaban cómics por porros y trago. “Yo empecé a conocer un montón de gente: Pablo Marín, Marco Noreña, Wil Zapata, Tebo, varios amigos con los que nos conocemos hace años; algunos dibujan todavía, otros ya no. Pablo y unos amigos sacaban Agente NaranJa!; Marco Noreña y Tebo, con Andrés Buitrago, sacaban otra revista que se llamaba Sudaka Cómix; yo sacaba El Necio”. Cada uno hacía lo suyo, pero, así como cuando llega el pogo en el concierto: todos querían estar juntos. “Una vez me encontré con Marco Noreña y con Tebo en el Parque del Periodista, hace ya 15 años. Empezamos a hablar, nos tomamos unas cervezas, yo tendría 27 años, ellos 25; estábamos muy aburridos porque los fanzines no se venden, no hay dinero ahí, ya estábamos muy grandes y ya se nos había acabado la energía para sacar eso gratis. Entonces entre los tres nos inventamos un fanzine que se viera bonito, que lo pudiéramos regalar y que saliera cada mes: Robot, que sale desde 2003. Y apenas salió a la gente le gustó mucho porque igual ya no sacábamos 50 o 100 ejemplares, sino que podíamos sacar 1.000, ya no lo vendíamos a mil o dos mil pesos, sino que como era regalado, la gente lo recibía y era más bonito porque lo podíamos sacar en litografía, y ya estábamos más pulidos, ya dibujábamos mejor, utilizábamos esas cartulinas de color con tinta también de color, entonces parecía de dos tintas. Tenía todo: era atractivo, más o menos bonito, era impreso, era gratis y tenía buen tiraje”.

Robot fue atrevido desde el principio, sarcástico y crítico, características que atrajeron a más dibujantes irreverentes. En septiembre de 2003 se unieron al fanzine Joni Benjumea y Wil Zapata. “Ya éramos cinco camellando, entonces le metíamos mucho más, teníamos mucho trabajo”. La publicación se siguió moviendo y bajo el mismo sello de Robot, Álvaro sacó unos pequeños fanzines. “Lo bueno de Robot es que básicamente nos dio mucha difusión. Nos empezaron a conocer como dibujantes. Al principio no daba mucho dinero, pero al menos la gente nos invitaba a una cerveza”. Los de Robot se iban dedicando cada uno a sus fanzines y revistas: “Wil sacó uno que se llamaba Gato. Joni sacó 3 o 4 ediciones del suyo. Cada uno fue sacando productos individuales al mismo tiempo de la hoja de Robot y relativamente se vendían. Estábamos en la onda de ir evolucionando, de ir subiendo como los formatos hasta sacar, digamos, unas publicaciones más profesionales. Pero esto se fue también gastando, de Robot se fue saliendo gente, finalmente quedé yo”. Al mismo tiempo que Álvaro se encargó por sí sólo de Robot, se fue encontrando con un personaje que la gente fue entendiendo como su alter ego: Truchafrita. “Yo empecé a querer hacer historias más cercanas a mí. Aquí se estuvo pensando dizque en hacer un Supermán colombiano, a mí eso me parecía absurdo, no tenía sentido para mí, entonces empecé a trabajar; yo pensé hay que hacer unas historietas más cercanas a lo que vivimos aquí, y más cercanas no era para mí hacer un superhéroe colombiano, no, eso me parecía un descache. Pensé que lo mejor era hablar de las cosas que pasaban acá en la ciudad. Yo empezaba a conocer el cómic independiente y a L’Association de Francia, donde todo era más cotidiano”.

Truchafrita, el personaje, nació para llenar un espacio en Robot. Una historia de máximo seis viñetas, con diálogos cortos y desenlaces rápidos. Pero el personaje merecía más espacio, más tiempo. Para no cometer el error de El Necio, donde el autor tenía espacio, pero no cabeza para reposar las historias, necesitaría una revista completa: Cuaderno Gran Jefe, que nace a mediados de la década de los 2000 para ser el lugar donde Truchafrita tendría todo el aire para sus relatos cotidianos y lentos. Después de llevar seis años trabajando en los Cuadernos Gran Jefe, en 2011 Daniel Jiménez le propone a Álvaro tomar el nombre de Robot para crear una editorial. “Daniel nos propuso que formáramos una editorial, entonces yo le dije que la editorial ya existía, el nombre Robot ya estaba, faltaba era el dinero. Entonces nos asociamos Joni Benjumea, Daniel Jiménez, Pablo Guerra, Alejandro Martín y yo; entre los cinco pusimos un capital, varios millones de pesos, y con eso sacamos la línea editorial y alcanzamos a sacar unos siete libros”. Nació la editorial y los Cuadernos Gran Jefe se siguieron publicando bajo el sello de Robot, al comienzo en el tamaño de media hoja carta y con unas 14 páginas. Luego, de más tamaño y con unas 30 páginas.

Los editores sabían por experiencia lo mal pago que podía ser —y es casi siempre— el cómic en Colombia, sabían que habían invertido bastante dinero en algo que bien podría fracasar; pero vieron siempre entre las amenazas del negocio, al público, que no estaba totalmente formado. Además, se olvidaron del problema mayor que era, en palabras de Joni Benjumea, socio de la extinta editorial, que “simplemente no había autores que valiera la pena publicar. O sea, unos cuantos sí, ahora más. Tampoco lo voy a dejar así, como que ninguno, como a terraplén, como que todos incluidos Álvaro y yo, no. Pero sí hay un problema de calidad gigantesco, no hay mucho que ofrecer. Nosotros fuimos editores, como vos bien sabés, teníamos la Editorial Robot, que ya no publica más libros, sólo el fanzine, y la razón por la que no publicamos es porque no había nada que publicar”. Sindy Elefante, también autora de cómic, opina algo similar, que lo del cómic ha sido y es una batalla: “Creo que se han venido dando luchas y se abren cada vez más espacios. Empezando por todas las personas que están dibujando, por los editores que están haciendo apuestas de diferentes calibres y las librerías que de a poco se han abierto y reciben propuestas para realizar talleres y promover los cómics. Claro, hay otros tipos de batallas que se dan en torno a la imagen y el uso del cómic como herramienta narrativa, pero ese es otro debate y de eso se trata también: de ir construyendo, de apostar, de debatir, de crear lectores, de sumar”.

Álvaro ha vivido siempre en el mismo lugar donde nació: Medellín. Por lo anterior, hay que culparlo: culparlo por fijarse en un arte inexistente en esa ciudad, en su país. Por no entender ni a temprana ni a tardía edad que su oficio puede ser insostenible y minimizado en ese lugar. Pero también por no darse a la pena. Por mostrar resultados. “La obra de Álvaro dice hoy lo mismo que ha dicho siempre: la única manera de respaldar un proceso, unas ideas, es con trabajo y resultados. Que gusten o no, que sea importante para otros distintos al mismo Truchafrita, eso es otra historia. Una que no debería tener mérito especial. Si algo me queda claro en estos años de seguir la obra de Trucha es que su trabajo, constancia y dedicación lo dicen todo”, dice Wolfgang Guarín, curador y agitador de la escena cultural en Medellín.

*

Después de un rato en la tienda, son pocas las personas a las que hemos visto. La mayoría llegan hasta la puerta para pedir limosna, otros para preguntar dónde están. Al fin entra un muchacho. Álvaro sigue conversando: “Lo que pasa es que cuando uno está trabajando mucho se da cuenta de que lo que uno tiene es un oficio. Cuando se pasa el día pensando en eso, todo el día en función de eso, de cómo construir una idea, un guion, de cómo dibujo esto, cómo lo entinto, ahí uno se da cuenta de que hay algo por encima de todo y eso es el oficio que uno escoge”. El muchacho da vueltas por la tienda, saca discos, lee historietas, agarra unos fanzines que están en la barra. Álvaro no lo nota y continúa, continúa. Probablemente tampoco sepa —o recuerde— que me tiene enfrente. Sigue hablando, no toma aire. El muchacho, alto, delgado, moreno y con unas gafas circulares que le cubren casi toda la cara, golpea a Álvaro con un dedo huesudo en el hombro. “¡Ah! Qué más pues, hombre”, saluda Álvaro, apenas notando la presencia. “Eh… hola… ¿tenés Pilsen?”. “Ah, sí, claro, ah… no, mentiras, no tenemos Pilsen, solo Águila o Club, ¿le sirve?”. Al muchacho se le encogen los hombros, los dedos: “Ah, bueno, una Águila”. Álvaro no alcanza a volver completamente de su ensoñación, se queda divagando, no puede siquiera atender la tienda de discos que tanto quiso abrir hace unos años. No hay tiempo. Hay tiempo para el cómic, para el dibujo, las tintas, el papel. No hay tiempo para trabajar aquí, no hay tiempo para dar clases de historia en la universidad, aunque tenga que haberlo. Hay tiempo para hacer cómic o para hablar de él. ¿Les sirve?

Temas relacionados