Leo el sabor

Los días de la creación kogui

Crónica de un viaje hacia los mitos de nuestros inicios, sostenidos por los indígenas que continúan elevando el valor de las creencias y el respeto por la tierra. Un encuentro con las tradiciones de los koguis, sus cosechas y rituales sagrados.

El pueblo kogui se ubica en la Sierra Nevada de Santa Marta, en los valles de los ríos Don Diego, Palomino, San Miguel y Ancho. / Óscar Pérez

La génesis fue el mar. Al principio todo era oscuro. No había sol, luna, gente, animales, ni plantas. El mar, la Madre, agua por todas partes, río, quebrada, laguna, no era persona, nada, cosa alguna, solo Aluna, pensamiento, memoria. Existían nueve cielos, el primero habitado por ella junto a las tinieblas. Luego se formó otro más arriba anidado por un Hijo y un Padre tigre, no animal, sino Aluna, espíritu. Después se creó otro donde vivía gente sin huesos, sin fuerza, eran como gusanos, lombrices. Llegó el cuarto albergado por otras Madres y Padres, entre ellos Sai-Taná, el único en enterarse de que tendríamos cabeza, cuerpo y extremidades. Apareció el quinto con la primera casa construida en Aluna, en este mundo moraba muchedumbre sin orejas, ojos, narices, solo pies. Aquí la Madre confirió el habla sin palabras. Al brotar el sexto, no teníamos brazos, tampoco cabeza, sin embargo empezaron a nacer los dueños del universo divididos en dos firmamentos: azul y negro. En el octavo, aparecieron treinta y seis Padres, aún había agua por todas partes. Los Padres en el noveno hallaron un enorme árbol y en el cielo sobre el océano construyeron una fuerte casa de madera, paja y bejuco; a esta vivienda la llamaron Alnaua. Aún no había tierra, tampoco amanecer.

Nació el primer hombre en cuatro procesos: la Madre tomó de su cuerpo un pelo untado con la sangre de su mes y soplando le dio vida. Moldeó el primero sin huesos, el segundo sin cuerpo, el tercero sin fuerza, el cuarto, tal como somos hoy. Hizo emerger el dedo grande y así, sucesivamente, cuatro más pequeños, hasta conformar el pie, luego la pantorrilla, la rodilla, el muslo, el tronco, los brazos, las manos y por fin la cabeza sin lengua y sin habla. Ella se la dio y lo bautizó Sintana. Él nació en un techo de espuma, en la penumbra, no había sol, ni luna.

“Esa es una parte acerca del mito de nuestra creación. Las montañas se asomaron cuando los Padres excavaron la tierra empujando el mar hacia dentro”, contó, nostálgico, Jacinto Torres Chaparro.

Después de un celestial viaje entre asombrosas cascadas, agrestes caminos atravesados por transparentes ríos y boscosos árboles, nos detuvimos un kilómetro antes de llegar al pueblo de Kasakumaque en la Sierra Nevada de Santa Marta. Él se acercó a un arbusto. Tomó una nuez de nombre kandjí. De vuelta a mí, caminó hacia una colosal peña vestido de pantalón y camisa blanca tejidos por sus rugosas manos. Portaba tres mochilas terciadas en el pecho. En la pequeña guardaba un trajinado billete de diez mil pesos, junto a su aseguranza. Fui incapaz de preguntarle sobre lo atesorado en las otras. Se acuclilló, noté enlucidas las alpargatas.

—¿Estás cansada? —Mi mirada le respondió. Me acerqué con la curiosidad de siempre por lo desconocido, acaricié, olí y mastiqué la pepa.

—Bunkuey, la hija de Sintana, subió a los cielos llevándose el fruto como alimento para su regreso, reveló el indígena de pelo largo, mientras mambeaba, sosteniendo el poporo, un calabazo labrado de totumo seco en cuyo interior guardaba el polvo de conchas de mar mezclado con ayu u hoja de coca. Vi a Jacinto llevarse a la boca unas cuentas que sacó de la mochila mediana. Las masticó extrayendo sus jugos. Posteriormente con el sokʉnʉ o palo de madera recogió un poco de polvo y lo untó en la mezcla mascada y así sucesivamente. Me llamaba la atención la manera como frotaba la parte superior del calabazo con el madero. Le pedí que me enseñara a mambear. Durante un tiempo me quedé con un agrio sabor ligeramente ahumado en las papilas.

La hoja de coca es sagrada para los arhuacos, así como para otras comunidades indígenas del Amazonas, Putumayo, Cauca y Nariño. Su uso se remonta a la cultura San Agustín, hacia el siglo I después de Cristo. Antes de amanecer por aquellos días de creación kogui, cuando todo era oscuridad, no se mascaba. De hecho, la semilla de ayu la custodiaba en su pico un diminuto colibrí llamado Terunna, único capaz de controlar su poder. Con la llegada del albor, el Mamo, sacerdote o intermediario entre las fuerzas celestiales y los hombres, la compartió entre todos sus hermanos mayores para que con su virtud pudieran comunicarse con los espíritus del umbroso infinito. A Bunkueiji, hija de Sintana personificada en venado, se le atribuye la obtención de la mata de coca y el kandjí.

En un saco de fique guardé unas cuantas nueces. Lo primero que hice a mi regreso fue retirar el fruto del cascarón, hervirlas previamente en agua como lo hacen ancestralmente y ahumarlas lentamente sobre palitos de planta de vainilla extraídos de la sierra. El fruto, de sabor un tanto amargo, lo empleé en la preparación de un pescado. Los koguis hoy en día cosechan la nuez de canyi o el kandjí para almacenarla en zarzos en donde el humo del fogón las conserva, con el fin de comerla en largos viajes. Entre los indios tunebos de la Sierra Nevada de Cocuy, se le llamó nuez de kara. Esta etnia la comía untada en miel de la abeja angelita al fin de cada año, como ritual de la fertilidad, asegurando así la procreación de la colectividad.

Seguidamente de caminar seis horas hasta Kasakumaque, entramos a su choza, lo primero en observar fueron las tres piedras fogosas en donde se cocinaba holo holo (guineo criollo ahumado), que comí con ñeque, un roedor silvestre de tamaño mediano, cocido en sopa con ahuyama, malanga y cilantro. Mambié durante varios días consecutivos. Nunca vi la oscuridad, tanto la noche como los días estuvieron aderezados de Aluna, esencia, pensamiento, idea.

 

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