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Los “Monos” que desafiaron el orden

La película explora las consecuencias que deberán asumir ocho jóvenes armados por desatar el caos dentro de un estructura llamada La organización. Este filme hizo parte del Festival Internacional de Cine de Cartagena.

Karen Quintero, izquierda, y Julianne Nicholson, al centro, en una escena de “Monos”./ Cortesía “Monos”.

Prevalece el objetivo común. En Monos, película dirigida por el colombiano Alejandro Landes, hay un grupo armado de ocho jóvenes que han sido entrenados para resguardar el orden de La organización, una estructura por encima de sus voluntades individuales. Entre el elenco no hay una cara que pueda definirse como protagonista. Cada uno es una tuerca más para el funcionamiento de la gran máquina, para el triunfo de la idea, para la vigilancia de la gringa secuestrada y el cuidado de una vaca.

Dirigidos por un hombre muy bajo, que gritaba “¡soldado!” para referirse a cada uno de ellos, y a un volumen que chocaba con los picos de las montañas que rodeaban la base de sus entrenamientos, los monos, que se ven muy jóvenes e incluso algunos pueden ser niños, debían entrenarse y prepararse para la lucha. El fusil les chillaba en aquellos hombros frágiles y delicados, y a veces a alguno se le escapaba un gesto de fastidio o rechazo hacia las órdenes impartidas por esa figura humana pequeña y autoritaria.

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Sofía Buenaventura interpretó el papel de Rambo, uno de los monos. Fue ella quien se encargó de reflejar en sus ojos la incomodidad de quien obedece órdenes en las que no cree. Fue quien demostró que una vez abierta la puerta de la duda y el deseo de abandono, la lealtad pasa a un segundo plano en el que los deseos de libertad son más fuertes que todas las cascadas que imposibilitaban la huida.

A Rambo le duele el mundo. Su cabeza va a mil por hora. No se detiene. Parece que quisiera enloquecerla. Se siente perdida, no sabe si debe verse como hombre, mujer, esclavo, soldado, asesino o revolucionario. No siente que pertenezca al lugar en el que vive, pero tampoco intuye a dónde ir para buscarse. Para Buenaventura, interpretar este papel fue la oportunidad de hablar en voz alta y frente a una cámara de todo lo que le disgusta. Lo que le duele a Rambo también le duele a ella y, a pesar de que su personaje estaba en un constante movimiento emocional, las quejas que los dos tienen del mundo los acercan.

“Nunca me he identificado dentro de un género, ni tengo una tendencia sexual fija. El mundo no está preparado para entender que alguien solo puede ser una persona. Siempre quieren encasillarte. Si tú entras a un lugar y te portas de manera femenina te tratan de una forma, si lo haces de forma un poco masculina, pues el trato cambia. Siempre están los encasillamientos y eso es algo que no he podido entender. La gente tiene que despojarse de los prejuicios porque, finalmente, nadie sabe nada”, dice Buenaventura, quien está por terminar el bachillerato en Cali. Llegó a la película después de un juego de básquet en cualquier cancha de cualquier barrio. Ahí se le acercó una mujer que le preguntó si quería presentar un casting, ella dijo que sí y en menos de dos meses se descubrió en un páramo bajo un entrenamiento militar que la convertiría en un soldado.

La película se grabó en el páramo de Chingaza y en el río Samaná, a cinco horas de Medellín. Grabando en estos lugares, el equipo de producción de Monos descubrió lo que era “estar a merced de la naturaleza”. “Todos nos trataban como a príncipes. Terminaba una escena y como el clima era tan húmedo, había carpas y dentro de ellas, calentadores, pero cuando no había te sentaban en una silla, te ponían una bolsa de agua caliente en el estómago, otra en las piernas y otra en los pies. Te echaban una manta y alguien te decía: ¿quieres chocolate? ¿Una chocolatina? ¿Un café? ¿Un té? ¿Qué necesitas?”, recuerda Buenaventura, quien entre risas dice que nadie se había preocupado tanto por ella como en ese rodaje.

Una película para incomodar

“Quisimos generar en el espectador un cuestionamiento constante, por eso los personajes no son blancos o negros, no se sabe si los mueven intereses de izquierda o de derecha, incluso en alguno de ellos ni siquiera es muy claro el género y al final de cuentas no importa. Lo cierto es que la línea entre las víctimas y los victimarios se vuelve cada vez más débil y frágil”, dijo Landes, quien define el filme como una aventura. “Es un descubrimiento de adolescencia, de hermandad, de pertenecer, de ‘quiero irme con mis amigos a un lugar remoto y que nadie me diga qué hacer’. Por el otro, es una película que apela a las preguntas que nos hacemos todos: quiénes somos, quiénes queremos ser, hacia dónde queremos ir y qué estamos dispuestos a hacer para alcanzarlo”.

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El equipo, además de Landes y Buenaventura, lo componen Alexis Dos Santos, que coescribió el guion con el director, Peter Zuccarini (fotografía), Yorgos Mavropsaridis (edición), Mica Levi (música), Ángela Leyton (dirección de arte), Julianne Nicholson (actriz), Santiago Zapata (productor), Moisés Arias (actor) y Alex Rojas (maquillaje), entre otros.

Los actores fueron entrenados en un campamento que se despertaba a las 4:00 a.m. Wilson Salazar, excombatiente reinsertado, llegaba en la madrugaba a “churquear”: un sonido que hacen con las manos y la boca para llamarse entre ellos. Tuvieron que ser disciplinados para representar la disciplina y el rigor de cualquier grupo armado del mundo. Esta historia desechó los referentes y representó lo que podría pasar en este mundo tan lleno de violencia y tan hambriento de superioridad.

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2019-03-11T21:00:00-05:00

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Laura Camila Arévalo Domínguez - Twitter: @lauracamilaad

Cultura

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