En Cali hasta el 6 de noviembre

Los Pies del Sol tocarán el escenario en Cali

El grupo de danza Pies del Sol se presentará este jueves 2 de noviembre en la Bienal Internacional de Danza con su pieza artística “Taitico Andizo Danzarín”.

Luis Gerardo Rosero, director de la compañía Pies del Sol. / Cortesía Bienal Internacional de Danza

Caminar por las veredas de Ipiales, Nariño, sentir la tierra húmeda y la naturaleza viva, llegar al colegio con los pies fríos y rasgados por el trajín del paso a paso. Las raíces de Luis Gerardo Rosero Obando quedaron ancladas en ese paisaje andino, en la herencia amerindia del sur de Colombia.

“Todas mis propuestas son con los pies descalzos”, cuenta Rosero como reafirmación de que su cuerpo es una extensión de la Pachamama. Por eso, su grupo de danza se llama Pies del Sol, en honor a sus travesías sin zapatos por la vereda Las Tres Cruces hasta su escuela Alfonso López, en Ipiales, y Sol, inti en quechua, por la descendencia inca que llega a abrazar hasta los Andes colombianos.

“Mis pies, nuestros pies nariñenses, nuestros pies panamazónicos, nuestros pies colombianos, nuestros pies de los pueblos americanos, nuestros pies de los pueblos originarios del Sol. Somos un andar en el camino, en el sol, para el sol y hacia el sol”. Sus palabras bailan alrededor de su archivo personal, donde se prepara para la Bienal Internacional de Danza en Cali.

Para la tercera edición del evento llegará con su propuesta Taitico Andino Danzarín, una creación personal con la que concursó en el Carnaval de Negros y Blancos de San Juan de Pasto en la modalidad de disfraces hace 16 años. Ganó y el taitico, característico por su vestuario, pasó de ser un atuendo a una interpretación, a un modo de existir sobre escena. Y cuando Rosero habla de escenario, no sólo incluye un espacio creado para la escenificación.

“En Colombia hemos estado donde no se comparan esos escenarios, danzando en la tierra, en los resguardos indígenas, compartiendo con los nuestros, allá hay luz, hay sabor, hay efectos especiales que son la brisa, el agua, el viento, la lluvia, ahí está todo ese legado de danzar”.

El taita es el chamán, el abuelo sabio, el portador del conocimiento ancestral, el guía del resguardo, el alentador de la minga (del trabajo comunitario).

Alrededor de Colombia se cuentan unos 20 taiticos bailadores, quienes se apropian del significado de ser un taita de los Andes y expresan por medio del cuerpo, sonidos, saliva, lagrimal y hasta orina lo que simboliza la historia de los 23 resguardos indígenas de Nariño.

En la interpretación entra a jugar el estado de ánimo y el físico de cada bailarín que está dispuesto a gritar (literalmente) la “historia de una comunidad que busca su asentamiento, de un territorio para sembrar y construir su vivienda, cuenta el ascenso y descenso del Churo Cósmico (espiral del universo ordenado en quechua)”.

Ese homenaje a través del cuerpo a los taitas, está acompañado de una indumentaria que por sí sola grita con su colorido, su cabeza de vaca, plumaje, cascabeles, el maquillaje, las faldas, los bordados, todo un trabajo artesano que construye la historia por contar en escena.

Ese relato del sur del país, que se expondrá en Cali, estará liderado por el maestro Rosero, junto a bailarines de Males Córdoba (la ciudad donde nace el sol), de Ipiales; de la comunidad inca de Obonuca (pasado asentamiento de Quillanciga), otro de antepasados muiscas, uno de Caquetá y otro de Bogotá.

Son 17 artistas que bailarán al ritmo de la guañena guerrera –un bambuco andino–, del sanjuanero, de la percusión, de los vientos, con una partitura especial. Además, harán uso de lo que los viste y de su cuerpo musical para marcar sonidos y para contar la historia del pueblo nariñense.

Su propuesta llega a la Bienal como una danza particular que no se encasilla en lo folclórico, ni contemporáneo o moderno, es algo personal que nace en el momento en que cada bailarín pone en movimiento sus pies descalzos para hablar sobre el sol.

El 2 de noviembre, Pies del Sol quiere demostrar que retornar a lo autóctono es una forma de resistencia para conservar las raíces, para traer a escena los cuentos aborígenes, para representar con el cuerpo la naturaleza de las montañas, las lagunas. Y también, para regresar al cuerpo, a esa masa corpórea que con solo moverse cuenta historias.

“La danza sirve para la cura, sirve para exorcizar, para gritar para decir que aquí estamos”, termina Rosero, mientras enseña el vestuario con semillas de chocho que las hace sonar y se convierten en esos aplausos que consuman al artista.