Falleció el día de ayer a los 70 años

Luis Ospina: sobreviviendo a la eternidad

El cineasta caleño, que perteneció al reconocido gremio de Caliwood, será recordado por películas como “Pura sangre”, “Agarrando pueblo”, “Un tigre de papel” o “Todo comenzó por el fin”.

Luis Ospina recibió en el 2010 el Premio “Toda una vida dedicada al cine” por el Ministerio de Cultura. Su vida y obra serán recordadas por su trabajo con el cine de ficción y cine documental. /Revista Cromos

“Él siempre estará vivo y siempre ha estado muerto”. Así lo describió Ruben Mendoza. Así hablamos de un ser humano irreverente y soñador que siempre desencajó en su cápsula del tiempo porque sus películas se adelantaron siempre a las tendencias y sus recuerdos eran más preciados que su eterno presente.

Luis Ospina fue un estandarte del cine en Colombia. Junto a Carlos Mayolo y Andrés Caicedo conformaron Caliwood, conformaron la revista Ojo al cine. Los tres exaltaron la imagen y el relato de la muerte, de la angustia, de la lealtad, de las pasiones y de los límites de la naturaleza humana.

El cineasta vivió la época de la contracultura, fue integrante de una generación desobediente, de una generación capaz de trastocar los designios del destino con las utopías.

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Ospina dirigió Vía Cerrada, Acto de fe, Autorretrato dormido, Cali: de película, Asunción, Agarrando pueblo, Pura sangre, Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos, Ojo y vista: peligra la vida del artista, Adiós a Cali, Soplo de vida, Un tigre de papel, Todo comenzó por el fin, entre otras películas que surgieron desde 1964. En cada una de ellas hay una pequeña pieza de su existencia, de sus formas de andar y desandar los caminos trágicos, de reconocer nuevas formas de irreverencia y lucidez.

“El cine no es solo una ventana al mundo sino también una ventana al alma”, dijo Luis Ospina en una entrevista a Cromos en el 2015. Y más que su palabra, su obra lo reafirma. Se consideró como un sobreviviente del cine cuando le preguntaron que cómo se definía como director. El séptimo arte le dio el sentido y su razón de ser.

Ospina hizo cine como vio la vida: con la libertad de pensar, de sentir, de existir. A sus actores les decía que no dirigía sino que corregía. A todos les permitía actuar según sus interpretaciones y ademanes, luego, con su experticia sugería las correcciones que se adaptaban a los personajes que eran inspirados en imágenes de la vida real, de una crudeza que yace en una cotidianidad negada por una gran mayoría y visibilizada por los ojos del artista que observa con sensibilidad, asombro y curiosidad.

Todo comenzó por el fin, aquella película que retrata la amistad de Ospina con los demás estandartes de Caliwood. Fue un llamado al origen, una forma de peregrinar a su semilla y de evocar aquellos días de juventud en el que la vitalidad se disfraza de eternidad. “Una película casi hecha por mí en la tumba”, afirmaba para El Espectador en el 2017 el director de cine caleño. Allí habló de la nostalgia inherente al pasado, al tiempo en el que Mayolo, Caicedo y Ospina eran los tres mosqueteros del cine en Colombia.

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Ospina deambuló por un limbo en el que la realidad sugería una vida esquizofrénica. Hizo cine, igual que Caicedo, para salvarse, para aferrarse a ese “bálsamo”. Ospina, que siempre fue un hombre admirado por las epifanías de la muerte, de la venganza y de las pasiones, sobrevivió a la locura de los últimos años, y sobrevivió siendo un faro y un referente para sus amigos y artistas que, como él, no se detienen en la búsqueda de los sentidos más profundos y recónditos de nuestro paso por la tierra.

“Hermano, no vaya a creer que conocerlo a usted no me produjo sus cositas. Nada más comenzando porque es la única persona que conozco que haya visto más cine del que yo he visto. Digo, si yo hubiera podido demostrarle la sorpresa que fue conocerlo, si yo pudiera ser menos pobre, menos vulgar, si pudiera llegar a hacer un acto de la admiración, enriquecer el deslumbramiento, dejar cosas para que me piensen, para que me pensés, digo, si ese Andrés al que le mandás saludes, si yo estuviera bien seguro de que soy yo, si yo no fuera solo la represión que me han hecho, ninguna libertad, solo represión, ninguna expresión propia que atestigüe la lucha, la ganancia, nada: mi única expresión es la represión, es decir, lo que no me dejaron ser; mi cobardía”, le escribió Caicedo a Ospina el 5 de noviembre de 1971, reflejando la frustración de no ser, pero también reafirmando que la grandeza también es producto de resistir a la corriente y de hacer una obra fidedigna a las ideas que confrontan el tiempo y la llamada verdad.

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2019-09-27T21:00:00-05:00

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Andrés Osorio Guillott

Cultura

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