Mayo del 68: la ilusión que duró un mes

Dos de los colombianos que estuvieron en París para esa época fueron Carlos Duplat y Antonio Caballero. El primero creyó en el ideal de libertad y participó en la revuelta. Mientras que caballero se mantuvo al margen y se refirió a ella como un carnaval.

Antonio Caballero y Carlos Duplat fueron dos de los colombianos que estuvieron en París durante la revuelta de mayo del 68. / Archivo

 

Hace medio siglo, los estudiantes franceses se tomaron las calles del país. La mayor revuelta estudiantil y la mayor huelga general de la historia de Francia, y posiblemente de Europa occidental, se recuerda como un hito del siglo XX. Los obreros salieron a gritar con los jóvenes y el gobierno nunca entendió cómo resolver un movimiento con fines abstractos: una lucha que no buscó tomar el poder, pero sí quiso transformar el mundo.

Dos de los colombianos que estuvieron ahí fueron Carlos Duplat y Antonio Caballero. El primero, libretista y dramaturgo, creyó en ese ideal de libertad, en la posibilidad de que los estudiantes podían cambiar el sistema y participó con esa convicción. Mientras que para Caballero, escritor y periodista, la revuelta de mayo del 68 no fue más que la ilusión de una revolución que nunca fue.

La (no) revolución

Las fábricas estaban vacías y los cuarteles intactos. Las calles cerradas mientras miles de personas caminaban gritando, pregonando consignas de liberación sexual, de educación sin dogmatismos, de trabajo decente. Entre ellas había un colombiano que veía todo desde el margen, con la incredulidad de un anciano —aunque apenas tenía 24 años—, con el mismo escepticismo que lo acompañaría toda su vida. Un hombre que escuchaba las plenarias con risa ahogada y que todo le parecía teatro, carnaval.

Antonio Caballero estudiaba ciencia política en Francia cuando estalló mayo del 68. Lo primero que escuchó fue lo que le dijo su novia, una francesa que estudiaba en la Universidad de Nanterre, donde empezó la rebelión estudiantil. “Ella me contó que estaba cocinándose una rebelión estudiantil y que nadie pensó que fuera a ser rebelión política. En ese momento había hastío en Francia, el general De Gaulle llevaba diez años gobernando y él mismo había dicho que el país estaba aburrido. Por eso, este estallido parecía una revolución, pero fue un carnaval como el de Río de Janeiro, que duró cerca de un mes, y fue muy divertido”.

“Debajo del pavé está la playa”, gritaban los estudiantes. Anhelaban la libertad individual en el país de los derechos humanos. Carlos Duplat fue otro colombiano que presenció ese momento histórico. Pero Duplat, a diferencia de Caballero, sí creyó en él. Como estudiante de arquitectura, siempre el mejor de su clase, pero al final sin grado, explica que el pavé es una especie de adoquín con el que pavimentaron las calles de París. Cuando las Compañías Republicanas de Seguridad (CRS) reprimieron a los estudiantes con bombas de estruendo, los jóvenes respondieron con estas piedras.

Caballero nunca tomó en serio el movimiento. Salía a marchar, pero cuando veía algún atisbo de policía, regresaba a su casa. Lo último que quería era que lo deportaran a Colombia por estar en una protesta que veía con divertimiento. “A quién se le ocurre que en una revolución de verdad se vayan a tomar un teatro en vez de un cuartel. Es desde los cuarteles de donde viene la represión, no desde los teatros. Fue una rebelión en mayor parte de los jóvenes contra los adultos y los adultos se aterrorizaron, pero no pasó nada”.

En contraste, para Duplat, que para esa época tenía 27 años, la revuelta de mayo de 1968 significó un compromiso con la vida, con las necesidades, con las inquietudes y con tener un lugar más importante en la sociedad. En su criterio, los jóvenes no querían ser sólo las fichas que reemplazarían a sus padres en la dirección del país. En ese momento pretendían no cargar con una deuda que luego ellos también heredarían a sus hijos y que así se convertiría en una cadena de sacrificio.

Según Carlos Duplat, la incoherencia francesa terminó por fortalecer las convicciones de los estudiantes. El país que se sentía orgulloso por crear el republicanismo y que fomentó las libertades, se tragó ese discurso cuando oprimió a sus colonias. Descendiente de franceses que trabajaron en el canal de Panamá y se quedaron en Suramérica, Duplat se fue, como muchos otros, cuando esa ilusión efímera terminó. Los bastonazos y la represión de la CRS fueron un mazazo a esa revuelta ingenua.

Para Caballero, sus recuerdos aparecen intactos en su memoria. Lleva cincuenta años escribiendo de un suceso que para la mayoría parece un hito de los movimientos estudiantiles y obreros, pero que para él sólo fue un escenario de euforia. Todos los años, en cada aniversario, aparecen solicitudes de los medios, con la ilusión de conocer un nuevo detalle de ese mes, de ese año. “¿Pero cómo terminó todo? Los sindicatos negociaron aumentos salariales, los obreros abandonaron la huelga y sólo quedó la ilusión de lo que pudo haber sido —una revolución de verdad—, pero nunca fue”.

La playa

En las calles quedaron pocos. El verano apaciguó los gritos y los aumentos salariales a los obreros. Caballero lo presentía, sabía que después de que se acabara la primavera, la mayoría de estudiantes irían a la playa y los vestigios de aquel mayo quedarían pegados en las paredes. Los eslóganes y consignas quedaron retumbando en las calles vacías. “Recuerdo que cuando terminó, quedó un ambiente pesado. La gente sentía que había perdido. Que le habían dado por la cabeza, que lucharon y fue un salto al vacío, que de ahí en adelante todo había quedado reducido a nada. El estudiantado comenzó a salir, a buscar otros sitios”, recuerda Duplat.

“Se acabó mayo con unas cuantas conquistas: unas buenas y otras malas. Las buenas las saben todos y se han magnificado durante años. Pero entre las malas fue que el gobierno francés se dio cuenta de que no era bueno tener tantos estudiantes juntos y dividió las universidades. Además, los partidos políticos quisieron apoderarse de la bandera de la huelga y esos partidos, incluso los socialistas y los comunistas, trataron de manipularla”, agrega Antonio Caballero.

Nunca escribió durante ese mayo del 68. No le interesó retratar las huelgas y los sermones universitarios a los que iba con sus amigos. Sentía que se escribía en exceso y refiere que el único libro que valió la pena leer fue La revolución inencontrable, de un escritor de derecha, que advirtió sobre la farsa de nombrar a mayo del 68 como una revolución. “Los editoriales que escribía Jean Paul Sartre en un periodiquito, origen del que ahora se llama Libération, fueron cosas ajenas a la realidad. A muchos estudiantes les parecía maravilloso que Sartre bendijera la huelga. Querían dejar de tenderse ante las autoridades, veían a Sartre como un papa, el papa de la izquierda”.

Cuando todo terminó, Carlos Duplat abandonó la ciudad con otros amigos latinoamericanos. Unos y otros dejaron la transformación del mundo en las barricadas del barrio latino y buscaron nuevos rumbos. La mayoría se fueron para Ibiza, una isla española que para ese entonces era un pedazo de tierra olvidada por Franco. “Fuimos a buscar la playa que no encontramos debajo de los pavés”.

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David Carranza Muñoz / Camila Builes

Cultura

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