Leo el sabor

“In memóriam”

Recé durante tres días de las nueve noches cinco rosarios sin saber pronunciarlos. Oré por el alma de mi abuela agradeciéndole todo lo aprendido.

Alfonso Manuel Barragán, a quien llamaban Bohórquez.Leonor Espinosa

¿Será, mija?, me contestó Bohórquez cuando le manifesté que no se le notaban los años.

Las mecedoras clásicas de madera tejidas en mimbre siempre han estado en el patio de la casa de mi abuela, en un sitio especial, justo al lado donde ella ubicaba la suya, al final del pasillo que une la casa con la cocina. Desde allí ella recibía las visitas que improvisadamente entraban por la puerta del corral o del garaje, desde muy temprano en las mañanas, hasta la hora del almuerzo. Después de la siesta, las atendía en la puerta principal. Pareciera verla bellamente vestida de colores intensos armonizados con el colorete de sus mejillas, aretes y zapatos.

En ese mismo lugar de la parte de atrás encontré sentado a Bohórquez. Apenas bajé de la residencia grande, lo reconocí. Mi memoria, como un rebobinador, se trasladó cuarenta y cinco años antes.

Una conmoción invadió mi alma. Las nervaduras del tejido de las hojas de caña flecha de su sombrero vueltiao se notaron desgastadas cuando lo retiró para concederme una grácil reverencia. Era el mismo hombre delgado, de pies grandes y callosos que no conocía otros zapatos distintos a las abarcas calzadas.

Nos dimos un cálido abrazo. Me senté en la silla de enfrente. Guardamos unos minutos de silencio.

Bohórquez llegó de siete años a la casa de mis abuelos desde un corregimiento en La Mojana, cerca de Sucre, Sucre. Una mañana, antes de asomar los rayos del sol, se escapó de su casa tan sólo con la muda de ropa que lo cubría para seguir los pasos del caballo de mi abuelo Gabriel Antonio. Trabajó sembrando, arriando ganado, amansando mulos y caballos, haciendo mandados y oficios varios, hasta cumplir los treinta años, cuando se fue a vivir al pedazo de tierra heredado por mi abuelo. Nunca dejó de visitar a la niña Elvia. Siempre se aparecía, con una sereta de queso costeño bien prensado y seco como a ella le gustaba. A los quince años regresó a su tierra, por un viaje de ganado llevado a pastar durante épocas de sequía.

A Alfonso Manuel Barragán lo llamaban Bohórquez por el apellido de su padre, quien, paradójicamente, nunca lo reconoció, por ser hijo natural.

Mientras conversábamos, muy de cerca, se escucharon los golpes del mazo azotando los filetes de carne fresca para después disponerlos con cebolla, tomate, ajo y limón. Ese día, de la cocina emanaban inmemoriales fragancias. Percibí exactamente la del arroz con pollo, ajíes dulces, achiote y pimienta de olor.

Una fuerte nostalgia siguió apoderándose de mí. Comencé a alejarme de la voz de Bohórquez narrando los pormenores del incendio ocurrido, antes de que yo naciera, en el depósito donde guardaban el ñame y la yuca. Mi imaginación recorrió con mirada pausada el cercado de la casa. De repente repasé cada detalle de un día de mi infancia. Era una sensación extraña, por lo general nunca recuerdo siquiera la ropa usada del día anterior.

Me observé en pijama, sentada en el corredor de baldosas de cemento intercaladas entre colores amarillo y verde, comiendo empanadas que la fritanguera Rosa Hernández mandaba cada mañana por encargo en un caldero de peltre; me oteé bañándome en la tina con totuma a la vista de mi abuela impartiendo con exactitud cómo debía restregarme; me avizoré, barriendo desde la entrada hasta el final del garaje por castigo y me vi saltando paredillas.

Sentí la presencia de mi abuela y de Rosa Lora, la cocinera que siempre fumaba calilla de forma invertida y refregaba la ropa con manduco.

Eran las tres de la tarde. El color del día y los sonidos de la hora permanecían intactos, como de costumbre. A mi izquierda estaba Chabvo, Isabel Herrera, otra hija de crianza que mis abuelos habían traído muy pequeña desde la Isla del Coco, cerca de San Benito Abad. Mi abuela le enseñó a cocinar, lavar y trapear para, una vez se casara, su marido no la devolviera. A pocos pasos La niña Eli, mi tía, corregía a Pía por desaparecer toda la mañana. Pía era hija de Rosa Lora, había nacido con síndrome de Down. Una vez muerta su madre, doña Elvia se hizo cargo de ella.

Era costumbre criar los hijos de las comadres que parían sin medir las consecuencias.

Yo estaba en Sincé por la muerte de Elvia Hernández de De la Ossa, así que me dirigí a la sala de la casa con el bocado del almuerzo atragantado por la añoranza a lo lejano.

Mi memoria continuaba en estado de lucidez.

Me senté a recibir el pésame. Recé durante tres días de las nueve noches cinco rosarios sin saber pronunciarlos. Oré por el alma de mi abuela agradeciéndole todo lo aprendido. Por mi presencia en la cocina, ese espacio sagrado donde siempre me refugiaba de sus sermones, por ser la nieta más traviesa. Le agradecí por las enseñanzas, pero sobre todo por el valor a la esplendidez.

No sólo la despedí, sino que volví a entender la génesis de mi presente. Nunca antes había sentido tanto deleite por las bolitas de leche, las empanadas delgadas, de forma alargada preparadas con maíz trillado y rellenas de la misma masa sazonada con hogao; por la yuca hervida finamente armonizada con pasta de ajonjolí, herencia de la cultura Panzenú; por los plátanos cuatrófilos hervidos en guiso de gallina con leche de coco; por un trozo de bollo de batata sobre otro de queso fresco, así como por el café servido en pequeños pocillos de cerámica china, más dulce que el azúcar y la natilla rosada que tradicionalmente se ha ofrecido durante las fiestas de cumpleaños, bautizos, matrimonios y hasta funerales, de los sinceanos.

La partida de mi abuela fue el final de una reconciliación con el pasado.