El próximo 17 de julio habrá un conversatorio con el autor en Cine Tonalá a las 6:00 p.m.

Memorias del rock bogotano

“Pogo” (Editorial Pensamientos Imperfectos) es la historia de Agustín, y también, la memoria de Mauricio Montes, el autor del libro y uno de los rockeros de la vieja escuela en la ciudad.

Mauricio Montes, autor de “Pogo”, quien creó en Spotify la lista “Planeta Pogo”. / Cortesía

En la calle décima con carrera tercera, en pleno centro de Bogotá, se mantiene viva la leyenda de aquella época en que los rockeros asistían frecuentemente a los toques, a los pogos, a los conciertos de rock que, más que género, se convirtió en un movimiento contracultural, que surgía entre suburbios y clandestinidades como respuesta a una insatisfacción, a una manera de rebelarse contra una sociedad en la que muchos no se acomodan y donde esos que no se acomodan se van aislando voluntariamente como un acto de respeto a sus ideas y como un homenaje a otra verdad, a otra visión del mundo que no corresponde a lo convencional, al conocimiento como sinónimo de un aula, al éxito como sinónimo de opulencia, a la victoria como sinónimo de destruir al otro en la competencia.

Y en esa calle, donde ahora se encuentra un restaurante argentino, existió alguna vez Barbarie, uno de los pocos epicentros del rock, de la aglomeración de espíritus que aceptaron la cultura del pogo como la reafirmación de la ira, como la posibilidad de sanar la rabia y la frustración en un ritual que no se entiende hasta que se vive, que estando dentro de ese círculo de multitudes, de puños, patadas revoloteando, existe también un respeto por la vida, por salvar al que se tropezó y por evitar que las secuelas no pasen de uno que otro moretón o dolor transitorio.

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Mauricio Montes, autor de Pogo, vivió esa época fértil y dorada del rock, del punk, de los movimientos contraculturales en Bogotá en la década de los 90. Con él decidimos volver al centro de Bogotá, con la esperanza de encontrar algún rastro de Barbarie, de ese bar que nació gracias al liderazgo y la iniciativa de Héctor Buitrago y Andrea Echeverri como respuesta a la necesidad de muchos de congregarse en un espacio para escuchar su música, para reivindicar la presencia de un género que hasta entonces era impopular y que no era reconocido ni en la industria ni en la sociedad misma.

Agustín, el personaje de Pogo, es el símbolo de lo marginal, de la incomodidad, de una personalidad anárquica que padeció las calles lúgubres y las noches de frustraciones, rabias e insatisfacciones de un mundo caníbal y monstruoso. Agustín es un personaje que quiere ser padre, que carga con esa imposibilidad y que por medio de ese anhelo truncado empieza a narrar una época y un lugar con odio, con una melancolía de color negro.

“Yo no quería escribir una novela ni con el corazón, ni con el cerebro, sino con las tripas. Pogo tiene mucho de tripas. Es una novela escrita de una manera visceral. Esta novela empieza como un guion cinematográfico. Ese guion en un momento se frustra, pese a que había pasado por premios y procesos avanzados. Esa frustración reivindica la ira que yo tengo tanto con la historia como con el hecho de que la historia no haya sido posible en cine. Yo sí me agarré de ese núcleo para que siempre, al atravesar ese hilo narrativo, estuviera esa ira, esa rabia, y eso evolucionara hacia algún lado. Yo quería reivindicar el melodrama dentro de una novela punketa, pero quería hacerlo teniendo en cuenta el juego literario y el juego de la forma. Era muy importante la forma, por eso la novela empieza varias veces y termina dos veces, porque estamos jugando con los elementos formales de la literatura”.

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Pogo surge como la narración de una época, como una apología a la aceptación de las emociones negativas, al desahogo de las pasiones por medio de una cultura, de un ritual, de una canción que puede ser el himno de los que no pertenecen o el canto de la rebeldía:

“No solamente existe un prejuicio sobre el pogo, sino con la manifestación de las emociones negativas de la gente. Le tienen miedo a la expresión de la rabia. A las personas les parece del putas cuando expresas amor, ternura, alegría. Eso lo estamos viendo de una manera patológica en las redes sociales: ahí está bien sonreír, está bien que digas que eres exitoso, pero no está bien que digas que estás emputado con la vida. Creo que sí tenemos que crear una cultura en la que uno pueda manifestar de una manera tranquila las emociones negativas. Es decir, que si uno tiene rabia, tristeza, depresión, eso sea validado socialmente. El pogo es una gran metáfora de esa validez. La vida es un pogo; a uno le toca darse en la jeta todo el tiempo. Cogí una cosa tan literal como el baile y es una metáfora que atraviesa la novela. Así logré validar la rabia como una emoción absolutamente importante y bella que tiene nuestra condición. Cuando uno esté mal, como está en el prólogo, uno debería meterse a un pogo para alinear las cargas emocionales”.

 

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