“Mendel el de los libros” de Zwig

Stefan Zwig dijo que Jakob Mendel, el mítico librero de Galitzia, leía como otros rezan. Este es un abrebocas del Festival de Libreros del Parque de la 93, que se realizará a comienzos de febrero.

Stefan Zweig, escritor, biógrafo y activista social.

Hablando del acto de escribir, un amigo dijo hace poco que alguien dijo hace mucho algo que aplica a su vez para el acto de mirar, el de amar el cuerpo y los gestos, el de contemplar estéticamente las cosas bellas, trágicas y feas, y el acto de vivir: que quizá nos iría mejor si entráramos en ellos como entran en la oración los hombres al rezar; con cierto misticismo, con una desconexión completa del tiempo y de las cosas, con necesidad y gratitud.

Stefan Zweig dijo que Jakob Mendel, el mítico librero de Galitzia, leía como otros rezan, “con un ensimismamiento tan impresionante que desde entonces cualquier otra persona a la que yo haya visto leyendo me ha parecido siempre un profano”. La historia de ese librero, la de quienes rezan, la de los genios y los dementes tienen algo en común: que es a la vez una indicación de lo que les falta a quienes van por la vida sin más, como una pompa de jabón que no ha alcanzado a formarse cuando, de repente, por su peso estalla sin siquiera darse cuenta del mundo. Son todas la historia de cuán necesario es en los hombres la levedad de una obsesión.

Un novelista checo, Bohumil Hrabal, contó la historia de Hant’a, un anciano que se ganaba la vida en un sótano sucio prensando papel. Al sótano llegaban toneladas de documentos y libros provenientes de oficinas, escuelas, librerías y bibliotecas personales, desechados por obsoletos o arrancados a sus dueños a la fuerza por el bien de las sociedades que ven en libros y lectores un matrimonio enemigo del Estado. Su trabajo era sencillo y monótono: picar el papel, armar paquetes y amarrarlos con alambres para luego despacharlos a la planta de reciclaje. El libro cuenta eso, y cuenta que Hant’a salvaba como podía algunos libros de la destrucción y el olvido, cuenta qué es de un hombre como él en medio de la guerra, cómo soporta una vida que sólo tiene residuos y cerveza, y cómo la literatura salvó a un hombre en una Checoslovaquia azotada por el régimen comunista. Pero no es por todo eso que mencioné a Hant’a; resulta que el viejo hacía algo más, algo que es a la vez símbolo y revelación. Verán: antes de despachar los cubos de papel, Hant’a se pasaba horas seleccionando frases que seguro eran órganos sueltos de alguna tragedia de Shakespeare o de algún poeta checo o de algún libro de recetas, las organizaba dotándolas todas de algún sentido literario, y las amarraba a las caras del papel prensado, de forma tal que cada paquete fuera a la vez basura y creación. Lo encantador está en lo que venía después: la indiferencia, el olvido, la nada. Luego venían por el papel, lo apilaban y lo despachaban, nadie reparaba en la posibilidad de que existiera un orden oculto en su disposición, nadie más sabría del resultado de las horas de esfuerzo inútil de Hant’a, salvo él. Eso es también una obsesión: despreciar la indolencia y fatalidad del tiempo perdido a cambio del cumplimiento de un impulso estético, de una idea fija: organizar por colores y tamaños lo que sólo era menester por tamaños; organizar libros en una vitrina siguiendo un patrón oculto en nosotros: dejar juntas las tres novelas que más impactaron a un poeta argentino que leímos tres días ha, o ubicar a Carranza junto a Pessoa y Marías, sólo pensando en tres formas distintas de la tragedia de la que habla otro libro que ubicamos en una estantería cercana, mientras algunos creen que están allí por azar o por disposición del mercado; limpiar tres, cuatro veces, lo que con dos tendría más que suficiente; asegurarse por tercera vez de que la puerta que a todas luces está cerrada y segura, esté cerrada y segura una vez más; levantarse a las tres de la mañana, tras mirar el reloj y percibir la oscuridad, para correr la cortina y confirmar que son las tres de la mañana y está oscuro. En fin, en las obsesiones hay una particularidad: nos hacen despreciar la evidencia del mundo. No se trata tanto de lo que es, como de lo que queremos que sea; es como si sólo la idea se bastara a sí misma. Como si el mundo fuese una mujer enamorada y desnuda dispuesta a nosotros por placer, y nosotros la vistiésemos, acongojados y apesadumbrados por su desprecio y nuestra pérdida.

Ser librero, no vender libros sino ser librero, aspirar a ser Jakob Mendel, por ejemplo, es también eso. En Mendel el de los libros, cuenta Zweig que a inicios de la segunda década del siglo XX uno podía encontrar en una esquinita del café Gluck, en Viena, al viejo Mendel, el apasionado bibliófilo judío que podía pasar horas y horas encerrado en sí mismo, leyendo, indiferente al ruido del café y los goces de las gentes, en una envidiable y religiosa concentración. A tal punto llegaba la obsesión de Mendel que aunque había iniciado la Gran Guerra y todos se dividían entre tomar armas, esconderse o huir, él seguía como sin darse cuenta de lo que sucedía, como si el tiempo y las cuitas de los hombres no fuesen su asunto. Y allí reside también ese doblez de las obsesiones: lo acaparan todo, son a la vez lentes y paisaje. Mendel no supo ver, no quiso, que en la guerra los hombres buscan en todo un enemigo, y él era presa fácil: un judío que había cruzado como ilegal la frontera para vender libros, un librero sin librería en cuya cabeza no había hemisferios sino estanterías, enviado a un campo de concentración: qué ridículos debieron haberse visto esos soldados que creyeron que cambiar a un hombre así de lugar sería un gesto que importase a un hombre que desprecia al mundo, qué cándidos los que creen que los libros están donde están y no en quien con él los lleva, qué impotentes quienes creen que la obsesión por los libros tiene algo que ver con los libros.