Miguel Torres: ‘Me atraía más Roa que Gaitán’

Desde el 17 de abril, y hasta el 29, se presenta en el Teatro Colón la obra “El crimen del siglo”, basada en la novela de Torres. Protagonizada por Julián Román, es la historia del presunto asesino de Jorge Eliécer Gaitán.

Miguel Torres, autor de la novela El crimen del siglo, que se recrea desde este 17 de abril en el Teatro Colón. Andrés Gomet

El Teatro Colón, un martes lluvioso a eso de las dos de la tarde. Miguel Torres con un pantalón gris, camisa gris, chaqueta gris y unos zapatos cafés. Un rostro no muy grande y unos ojos expectantes, ensimismados, concentrados en la pregunta, y cuando responde hace una pausa, está trayendo al momento algo que termina por develar su camino de años y años reinterpretando la historia del país y repensando la literatura: “Cuando uno escribe un libro tiene un propósito, es decir, aparte de la pasión de escribir, se hace un interrogante: ¿sobre qué voy a escribir en un país con tantos problemas sociales, con tanta injusticia, con tanta inequidad e impunidad, con tantas víctimas, con tantos muertos, con tanta sangre? El pasado en Colombia es algo oculto, transformado, distorsionado por el poder: entre menos la gente sepa qué ha pasado, mucho mejor, porque más se la puede manipular y manejar. Uno como escritor puede arrojar un poquito de luz sobre eso, así sea a través de una ficción, contando un acontecimiento como el 9 de abril, como lo que pasó en el Palacio de Justicia”.

Justamente, La siempreviva nació por ello, por una deuda que “uno tiene con el país, con la historia, con la gente, semejante crimen tan grande, ¿qué hace uno? La mayoría de la gente es escapista, y hay un grado de inconsciencia muy grande, por lo que alrededor de un acontecimiento como el Palacio de Justicia la ignorancia es inmensa”.

La literatura de Torres ha merecido varias menciones y reconocimientos, como la Beca de Creación de Colcultura, que precisamente ganó con “La siempreviva” en 1993, y el Premio Nacional de Guion en 1999, entre otros. Y es que su trabajo también ha referido a importantes autores de la historiografía literaria: entre otros, Torres adaptó al teatro “El proceso”, de Kafka; “1984”, de Orwell, y “La cándida Eréndira”, de García Márquez.

¿Qué es lo más difícil de trasladar una historia de una novela al teatro?

Es pasar de un lenguaje virtual a un lenguaje presencial. Es complicadísimo. De ahí que muchas novelas que se pasan al cine sean un fracaso completo. Es un matrimonio que nunca se entiende, y yo resulté víctima de mi propio invento. Porque se acercaba la conmemoración de los 70 años de la muerte de Gaitán y propuse al Colón hacer un montaje sobre mi novela, y me lo aceptaron.

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Entre risas dice que no tuvo más remedio, cuenta que ya tenía algunos esbozos, pues tenía “ganas de meterle la mano a eso”, y resultó el proyecto. “Es muy difícil encerrar 400 páginas en 100 metros cuadrados, y de una novela cuyo escenario es la ciudad entera: calles, plazas, lugares, oficinas, cafés, iglesias, parques… El trabajo consistía en resolver escénicamente lo que en la novela pasaba —narrativamente— en un sitio y luego en otro y luego en otro y luego en otro. Había por lo menos treinta espacios distintos y resultaron más de sesenta escenas. El trabajo fue ir reduciendo”.

El ambiente en este añejo lugar colonial gira en torno a Juan Roa, a un Juan Roa humano y desconocido, desempleado, pobre y vagabundo, pero también hambriento y soñador. A un Juan Roa que no es el muerto del que volvemos a escuchar cada 9 de abril, sino un hombre vivo, atado al mundo, a sus amores y sufrires, a sus recuerdos y sus ilusiones, que nunca tuvo una oportunidad de dar su versión, ni de contar quién era y de dónde venía.

¿Cómo fue la construcción humana de un personaje tan repudiado?

Novelísticamente, me atraía muchísimo más un personaje como Roa que uno como Gaitán. Gaitán era una figura pública indiscutible, pero la figura misteriosa, huidiza, extraña, desconocida de ese hombre que dicen que lo mató era muy fascinante como personaje. Eso se une al hecho del misterio del crimen, que, a todas estas, todavía no se sabe cómo fue. Sólo hay un culpable señalado que es Roa Sierra, otra pobre víctima realmente. Por eso decidí tomar ese camino pedregoso de tener que inventarme, prácticamente, la vida de Roa Sierra, porque así como las informaciones de la vida de Gaitán son abundantes (libros, ensayos, biografías, documentales, estudios), sobre Roa Sierra no: sólo se sabe que apareció a la 1 de la tarde en la puerta del edificio Agustín Nieto y dicen que le disparó a Gaitán, y que a las 2 de la tarde estaba muerto. Murió antes que Gaitán. Con pequeños datos me lancé a hacer la novela sobre el antihéroe.

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Alrededor de cuatro años, Torres estuvo investigando aquí y allá, leyendo material, buscando hechos, anécdotas y datos que lo acercaran a su personaje: “Me han preguntado varias veces de dónde saqué la biografía para inspirar mi novela… Yo guardo silencio”.

¿Qué descubrió de usted en Juan Roa Sierra?

Uno va descubriendo, cuando escribe, que tiene mucho más que ver con los personajes de lo que se imagina. Al fin y al cabo todos estamos hechos de la misma materia. Cualquier persona puede matar en cualquier momento, pero lo que existe es un muro moral; uno no mata, pero quizá construya personajes que maten. Yo creo que algunos autores resuelven muchos problemas a través de sus escritos. Creo que Shakespeare debía ser psicópata, y si Freud hubiera vivido en la época de Shakespeare, quién sabe a qué conclusión habría llegado. La construcción de un personaje es también el descubrimiento de uno mismo: qué tan débil, qué tan frágil, qué tan fuerte, qué tan humano es uno, qué cantidad de bondad y perversidad cabe en uno. Uno es el molde de un montón de cosas y con eso construye sus personajes, y a medida que los construye se da cuenta de que tiene mucho de esos personajes y que esos personajes tienen mucho de uno. Hay un intercambio y un descubrimiento fascinante.

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