Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, 20 y 21 de octubre

Monsieur Periné y cómo hacerse artista

La banda bogotana nació tocando en bodas y cumpleaños para descubrir que tenían un cuento que contar. Veamos de qué se trata esto de hacer un “show”.

Ganaron el Grammy Latino 2015 como Mejor Nuevo Artista. / Cortesía Teatro Mayor

Ser un poco Marilyn Monroe o María Bethania o Carmen Miranda o Andrea Echeverri o Natalia Lafourcade o Frida Kahlo. Querer ser, algún día, como Mercedes Sosa y flotar en el escenario, levitar con su túnica negra.

Jugar a parecer Louis Armstrong con su inconfundible voz ronca cantando La vie en rose en inglés. Vestirse como los Beatles en el Submarino amarillo, con sus trajecitos de seda azul claro con charreteras rojas y amarillas. Tocar el charango como buen músico de country.

Toma tiempo hacerse a una identidad. Catalina García y Santiago Prieto, voz y cuerdas de Monsieur Periné, saben que para lograr un sonido propio han tenido que nadar por muchas, muchas referencias, por esos ídolos de la niñez, por las memorias de lo cantado en las fiestas familiares por sus abuelos, tíos y padres. Boleros, jazz, bossa nova, swing, canción francesa e incluso la Florecita rockera hasta el cansancio, a grito pelado en el carro de Cali a Armenia.

Y así, lo que por un tiempo largo sólo era un plan de amigos, algo que los hacía pasar un buen rato y que por años era la música de fondo de bautizos, se fue volviendo una forma de vivir. Fue tomando visos de proceso de experimentación que pedía ir más allá de lo musical y se fue centrando en intentar crear un universo visual que acompañara su propuesta. Como meterse en los laberintos de Alicia en el país de las maravillas, sueña Santiago. Por eso, Catalina cuenta que un día les dijo a sus compañeros que muy lindo el jazz, que tocaban muy bien, pero que ellos tenían que empezar a verse como artistas y que para ello tenían que creérselo. Eso implicaba vestirse, jugar un papel en escena, transformarse.

Y de transformarse se trata este viaje. De transformismo. De tener múltiples personalidades. De ser alguien más, alguien distinto, cuando se está sobre el escenario. De construir su imagen, una distinta a la vida cotidiana –más divertido, ¿no?–. De soñar con volverse una diva. ¿Édith Piaf o Lady Gaga?, le preguntamos. “Todas”, responde.

Primera escena. Pensemos en esa niña que se viste frente al espejo de su mamá, se pone su collar de perlas, sus tacones altos, se le roba el pintalabios y, de paso, una piel que le cuelga demasiado grande, como todo el resto del atuendo. Es la típica imagen de los afiches, pero es lo que es y por eso conecta, porque es el sueño hecho realidad. Se trata de la niña que quiere ser cantante, que quiere ser actriz y pone todo su empeño en serlo, incluso saltándose el ridículo –porque a esas edades todavía ni siquiera pensamos en ello–. Luego vendrá el momento en que te dicen si de verdad eras buena o no. Donde el sueño obliga a volverlo realidad o dejarlo en la memoria infantil, pese a que los realities intenten demostrarnos lo contrario. Serán pocas las que lo alcancen.

Segunda escena. Charice, una chica filipina en sus quinces vestida de negro con un lacito dorado sobre la cintura, canta Because you loved me con su ídolo, Céline Dion, en el Madison Square Garden. Oprah la descubrió y, así, el mundo la conoció. Es, ya en definitiva, el sueño hecho realidad. Imitar tan bien que se es elogiado por el propio artista al que busca parecerse. Hoy Charice es Jake, pero esa es otra historia, aunque si de roles e identidades estamos hablando, hasta cabría la suya.

Hablamos de sueños. De sueños hechos realidad. Monsieur Periné habla de fantasía, de magia, de máscaras, de luces, del escenario como caja de música.

Catalina García se emociona al recordar cómo cantaba cuando niña, cómo jugaba a ser artista, cómo soñaba con ser una actriz, cómo quería, sin querer queriendo, ponerse sobre un escenario para, por fin y solo allí, ser libre y, así, inventarse un personaje de sí misma. Pero no se atrevió a serlo desde el comienzo. No sabía cómo. Empezó Comunicación Social, y abandonó. Empezó, también, Antropología, y se le cruzó Monsieur Periné. El escenario fue el que la graduó. Un poco de charme français, sabor latino, belleza y actitud –ah, y buenos músicos–, esa fue su receta para darle una sacudida a la escena musical colombiana de comienzos de esta década. Con ella, otras voces enriquecieron el panorama nacional –luego de Andrea Echeverri, claro–, creando una generación de transición: Li Saumet, de Bomba Estéreo; Antombo Langangui, de Profetas, y Goyo, de Chocquibtown.

“Crearon un contenido sonoro único –explica Álvaro El Profe González, director de Radiónica y confeso fan de esta banda–. Periné es el reflejo de toda una generación. Por sus letras, porque logró entender una época, porque tienen sentido de universalidad”. Para él, lograron ir más allá del sonido indie de la década pasada, así como de la estética anglosajona. “Se desprendieron de un mercado del siglo XX, haciendo uso de lo vintage, de la canción francesa y de lo propio. De las calles, que es donde se está contando la historia de Colombia”.

Para él, la brillantez de la banda se refleja en que se trata de un “proyecto que se sitúa en una Latinoamérica que no desconoce la influencia europea ni gitana, sino que se explora a partir de eso”. Y por eso le llegan al mundo. Será por eso que gustan tanto en México, por su sincretismo. Porque suman el sabor de nuestra tierra, de porro, vallenato y cumbia, con klezmer, pop y jazz, le meten violín y charango y clarinete y trombón y le suman versos en francés –ella estudió en el Liceo Francés de Cali–, y eso suena entretenido. Y abre puertas. Porque están en una búsqueda de reconocimiento e integración cultural, pero sin hacer panfletos. Lo suyo es más liviano. Y se siguen divirtiendo.

Brillar

Ahora la pregunta es cómo brillar. ¿Cómo, cuando tantas voces femeninas intentan brillar tan cerquita de ella? Eso, para El Profe, más que una maldición es una bendición y un signo perfecto de la época. Adiós a los tiempos de voces únicas como las de Billie Holiday o Ella Fitzgerald, eso es el pasado. Hoy, sonar a Natalia Lafourcade, a Carla Morrison, a Mon Laferte, a Francisca Valenzuela, a Ximena Sariñana o a Pedrina, de Pedrina y Rio, no es signo de confusión, sino de estar en todo, es estar en el presente.

Los que sí las distinguen a cada una, y les profesan una devoción casi religiosa cantando y bailando sus canciones, son sus fans. Se sienten interpelados por ellas. Sienten que alguien, por fin, los entiende. Son la rebeldía del siglo XXI, el amor y el desamor entendido por sus pares.

Como lo canta Catalina:

Tu m'as promis une chanson pour marcher sur la lune, sur la montagne

(Me prometiste una canción para caminar sobre la luna, y la montaña)

Tu m'as promis une chanson pour danser sur la pluie, sur la pointe des pieds

(… una canción para bailar bajo la lluvia, sobre la punta de los pies)

Une chanson qui m'accompagne pour jamais te quitter, une chanson pour ne pas t'oublier

(una canción que me acompañe a no dejarte jamás, ni para olvidarte)

Tu m'as promis une chanson pour flotter sur la mer comme le nuage,

(… una canción para flotar sobre el mar como una nube)

Y así…

Un nuevo romanticismo al son del “Suin romanticón”, como lo han llamado. Al que le cuelga, además del ritmo, un producido trabajo de imagen, vestuario, video, documentales de su riguroso trabajo de mezclas en el estudio… si hablamos de producto de la época, tienen claro el poder de la imagen y de las redes. Y las usan para todo, como un integrante más de la banda, su canal hacia el mundo donde cuentan sus días, donde se muestra el trabajo, la creación, el descanso, la vida –una que no le teme a tener una cámara en frente–. Allí, de nuevo, la transformación, la vida vuelta escenario. El Profe lo explica: “Monsieur Periné, más allá de ser un proyecto emergente, es la muestra perfecta de cómo un proyecto musical puede ser autosostenible desde una perspectiva de emprendimiento arriesgándose a tener un trabajo muy serio en cuanto a la estética de la banda”.

Saben que van por buen camino. Y que tienen algo, algo que hizo que los premiaran con el Grammy Latino en 2015 como Mejor Nuevo Artista. Saben, también, que no son de la generación de la bohemia pasada, incomprendida e iluminada. Se quieren comer el mundo. Y si le juegan a la nostalgia es para crear algo nuevo, para revivir esas voces de salseros o boleristas que a ellos les emocionaron cuando las oyeron de niños y que sus amigos ni sabían que existían. Saben, finalmente, que la búsqueda sigue.

Son disciplinados y le dan tanta importancia al espectáculo en vivo como al detrás de cámaras, al trabajo en el estudio. Saben que allí se mezclan los ingredientes del éxito. Prueban mil veces, se equivocan y vuelven a empezar. Hasta que quede como lo quieren.

Ahora, luego de haberse gozado hasta la saciedad su segundo álbum, Caja de Música, emprenden un nuevo proyecto que estará listo el próximo año. En su presentación en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, será la última vez que lo toquen.

Y si todo sale bien, llegará el momento en que lo que hagan se acercará más al Circo del Sol que a un concierto. Esa será la metamorfosis buscada. Ese es su sueño.

 

*Si se encuentra fuera de Bogotá y quisiera disfrutar del último concierto de “Caja de Música”, podrá sintonizarlo en vivo a través del Teatro Digital www.teatrodigital.org el 21 de octubre a las 8 p.m.

 

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