Maestro del estilo clásico

Mozart, el único

Si algo tiene la personalidad de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) que se pueda considerar un cambio radical en la historia de la música, es que fue el primer gran creador musical que alcanzó la independencia. Esta es parte de la historia de no sólo un niño prodigio, sino un niño prodigioso.

Ilustración: William Botía Suárez

Muchas veces se ha citado la anécdota de cuando le preguntaron al gran director del siglo XIX sobre cuál era en su opinión el más grande músico de todos. Sin vacilar, Richter dijo: “Beethoven sin duda alguna”. El que preguntaba, asombrado ante una respuesta tan rotunda, le dijo: “¿Sin duda alguna? ¿Y entonces dónde queda Mozart?”. Richter continuó: “Pero Ud. no me dijo que a Mozart debía incluirlo en la lista, creía que hablaba de todos los demás…”. Esta es una muestra de cómo Mozart es compositor único entre los compositores, un caso solitario que nunca se repitió ni hubo antes en la historia de la música. Eso no es menospreciar a Bach, o a Beethoven o a tantos otros genios sino dejar constancia de que las creaciones de Mozart ocupan lugar sin paralelo en las de artes. No fue innovador y lo que compuso dentro del estilo clásico de su época seguía exactamente las mismas reglas que aplicaban todos los demás, pero agregando un toque de genio que hace de su obra una cima de la música, como lo es el Everest entre las montañas, parafraseando a Bernard Shaw.

El primer gran músico independiente

Si algo tiene la personalidad de Mozart que se pueda considerar un cambio radical en la historia de la música, es que fue el primer gran creador musical que alcanzó la independencia. En esa época un músico era considerado un sirviente (“por encima de los lacayos, pero por debajo de los cocineros en categoría”) y Mozart, acostumbrado a visitar las cortes europeas y las casas de la nobleza en su etapa infantil, no pudo aguantar las exigencias del arzobispo Colloredo, de Salzburgo, en cuya corte estuvo poco tiempo. La leyenda de que su padre lo explotaba con las giras que hizo cuando Wolfgang no sólo era niño prodigio sino también niño prodigioso, no es exacta. Leopoldo Mozart buscó en sus giras no únicamente el beneficio económico, sino también estudiar la posibilidad de que Mozart quedara al servicio de alguna de las grandes cortes europeas. De hecho, las ganancias monetarias de las giras fueron mínimas, ya que aunque los Mozart se llenaron de anillos, de estuches de oro, de regalos que aparentaban mucho, de nada les servían para hacer fortuna.

Mozart se fue a Viena, el gran centro musical de ese entonces, y comenzó a componer para ganarse la vida y seguir viviendo en la forma espléndida a la que estaba acostumbrado. No hay que olvidar que en esa época, en que no existían los derechos de autor, los músicos creaban sus obras por encargo, y lo que les pagaban por ellas era todo lo que recibían. Esto los obligaba a seguir componiendo nuevas obras en forma continua y por eso los músicos siempre vivían alcanzados. Mozart compuso en prácticamente todos los géneros musicales y en todos hay ejemplos para destacar. Sus sinfonías, sus conciertos, su música religiosa, sus grandes óperas, su música de cámara e incluso sus obras menores demuestran lo único de ese genio que ha sido uno de los grandes regalos artísticos que ha tenido la humanidad.

Las leyendas alrededor de Mozart

Son muchas las leyendas sin base que se han tejido alrededor de Mozart. Una culpa, en parte, se debe a la película y obra de teatro Amadeus, donde muestran a un niño mal educado, falto de maneras y hasta poco inteligente, es decir, todo lo contrario de lo que fue el músico. Un biógrafo romántico se inventó que cuando murió Mozart, cayó una gran tormenta y por eso su cadáver se había perdido, y eso fue repetido por mucho, hasta que a alguien se le ocurrió lo obvio: pedir información a la oficina meteorológica de Viena, que informó que en esos días a duras penas había caído una leve llovizna. (Vale la pena decir que cuando murió Beethoven sí cayó una tormenta pavorosa). Hablan de los vicios de Mozart y la verdad es que aparte de su afición a los juegos de azar, en los que no consta que hubiera perdido fortunas, ni tomaba ni era goloso. Tampoco hubo nada de misterio en el encargo de su Réquiem final, que en realidad fue comisionado por un noble que gustaba comprar obras a compositores ilustres y después las hacía pasar por suyas.

Mozart era muy respetado

Otra de las leyendas creadas alrededor de Mozart es que en sus tiempos no era considerado artista importante. Por el contrario, era admirado universalmente y sus obras eran buscadas por los aficionados. Haydn, al conocerlo, dijo a su padre que un genio como él no volvería a aparecer en varios siglos. El mismo Salieri, a quien se le atribuyó la absurda leyenda de que había envenenado a Mozart por envidia, lo admiraba e incluso muchas veces lo ayudó. Claro que había algunas voces que disentían. Por ejemplo, la emperatriz, que no debía saber mucho de música, declaró que una de las óperas de Mozart no era sino “una porquería tedesca”, lo cual demuestra que las emperatrices son pésimas críticas musicales. Pero Mozart gastaba más de lo que ganaba, ya que por ejemplo, nunca se privó de criados para él y su esposa. Dicen que tenía el vicio del juego, pero el que fuera tahúr tampoco está demostrado. Uno no puede adivinar al oír la serenidad de las obras de Mozart las angustias por las que debía estar pasando y que le obligaban a pedir préstamos a sus amigos y a los miembros de la logia masónica a la que pertenecía. Su muerte lo encontró componiendo su gran Réquiem y su viuda tuvo que pedir a un discípulo que lo terminara para poder cobrar el encargo. Tuvo que contratar un entierro de tercera y por no tener dinero para adquirir una tumba individual, Mozart tuvo que ser enterrado en una compartida y su cuerpo se perdió para siempre.

Quedó detrás de él como monumento incomparable ese conjunto de música que escribió, de las más impresionantes creaciones que haya logrado músico alguno.

 

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