Honda cumple 480 años de su encuentro
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Muertes y resurrecciones de la Villa de San Bartolomé

Ya era dueña de su nombre antes de que ojos españoles la contemplaran: Honda. Aún mejor, Onda, como lo transcribieron los primeros conquistadores a partir de un idioma indígena sin escritura.

Sobre las tumultuosas aguas del Magdalena, que empieza aquí el salto de Honda, el puente Luis Ignacio Andrade, entrada a la vieja ciudad. Leopoldo Pinzón

Onda, pueblo de pescadores de la tribu ondaima, perteneciente a la nación panche, situado a la orilla izquierda del tumultuoso Arly (río del pescado), al que los intrusos llamarían río Grande de la Magdalena. Onda, antes de que le impusieran la letra H que acomodó el nombre al idioma castellano, alteró su sentido original, borró para siempre su origen indígena y creó la sensación de un lugar sumergido en los subterráneos del calor.

El encuentro

En los primeros días de junio de 1539, hace 480 años, Gonzalo Jiménez de Quesada, Nicolás de Federmann y Sebastián de Belalcázar, acompañados del padre Domingo de las Casas y de 30 hombres armados, descendían por el río Grande de La Magdalena, de regreso a Europa tras la fundación de Santa Fe de Bogotá. Navegaban en dos grandes canoas fabricadas por los indígenas en Guataquí, a la altura de la Tocaima de hoy. De pronto fueron detenidos por un poderoso raudal: el que después se llamaría el salto de Honda, donde el río abandona su apariencia de sueño y avanza colosal y vertiginoso, rompiendo en espumas contra las grandes piedras del fondo, para caer, en un trecho de tres kilómetros y medio, unos pocos pero definitivos metros. Los suficientes para interrumpir cualquier navegación y dividir al río en dos: el Alto y el Bajo Magdalena. Superando a pie el torrente, los tres conquistadores hallaron el breve caserío y conocieron su nombre. Luego continuaron su viaje hacia Cartagena, hacia el mar del Norte, que nadie había llamado todavía mar Caribe. Llevaban la noticia de esa ruta de agua entre el país de montañas que habían descubierto y la costa, menos terrible y aventurada que los laberintos infernales de la selva que casi los aniquilan en su búsqueda triplemente frustrada de El Dorado. Así fueron encontrados Honda y su rápido.

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El “embarcadero nuevo”

Aunque durante algunos años persistió el camino del Opón, ruta primitiva del fundador de Bogotá, como entrada al interior del Nuevo Reino de Granada, el 17 de agosto de 1555 un acuerdo de la Real Audiencia prohibió el tránsito por ese brutal cementerio de indígenas —cargueros de personas y mercancías—, y solo lo autorizó empleando recuas de mulas y no de hombres, “por el embarcadero nuevo que está hecho en el río Grande de La Magdalena”. Las ventajas del embarcadero nuevo eran notorias: pasajeros y carga viajaban sin transbordos desde la costa hasta Honda, de manera que el infernal recorrido por tierra hasta Santa Fe se abreviaba de semanas interminables a pocos días —aunque también durísimos—. Además, al otro lado del raudal, la navegación por el Alto Magdalena podía seguir largamente, interconectando otras regiones del sur y del oeste. Así que, a partir del acuerdo y hasta mediados del siglo XX (es decir, durante la vasta cifra de 400 años, casi toda nuestra historia), Honda fue puntal de la vida colombiana. Entre 1551 y 1643 ascendió de encomienda a pueblo de indios, luego a parroquia de blancos y finalmente, según real cédula del 4 de marzo de 1643, a la importante dignidad de Villa de San Bartolomé de Honda.

La historia pasa en champán

Para entonces era el único enlace entre ultramar y el interior del Nuevo Reino, y otros territorios más al sur. Todos los caminos partían de la Villa: hacia Santa Fe de Bogotá, poco menos que su razón de ser, pero también hacia La Plata, la gobernación de Popayán, las provincias de Quito, y hacia Ibagué, Ambalema y Tocaima. Conquistadores y colonizadores llegaron a Honda en champanes cubiertos con hojas de palmiche e impulsados por bogas (al comienzo, indígenas; más tarde, cuando éstos fueron diezmados por el trabajo infame o protegidos por las leyes, esclavos negros), y se dispersaron por los cuatro puntos cardinales para fundar un país y, a la fuerza, un mestizaje. En champanes llegaron las primeras mujeres españolas, los primeros comerciantes, los clérigos, los oidores y virreyes, para seguir a lomo de mula, por el azarozo camino real de Guaduas, Villeta y Facatativá, hasta la capital del reino; en champanes llegaron pianos, botijas de vino, trompos, estampas de París, rosarios de Venecia, sayas de Damasco y gorgueras de hilo de oro; en un champán fantasmal huyó Juan Sámano, el último virrey de la Colonia, el 11 de agosto de 1819, después de haber cubierto la distancia entre Santa Fe y Honda en solo 31 horas, más rápido que nadie hasta entonces, con la velocidad del miedo, y de haberse detenido únicamente en Facatativá para tomar un apresurado chocolate; en un champán que la generosidad y el fervor de los hondanos permitió forrar por dentro con zaraza y tapizar con esteras, y cubrir con un toldo al que se abrieron ventanas, y dotar de un filtro de piedra para el agua y amoblar con mesita y asientos para hacer menos amargo el viaje del enfermo extraordinario, que todos intuían último, partió Bolívar de Honda en la mañana del 15 de mayo de 1830. Se despidió agitando su sombrero en la popa, mientras desde la ribera atestada, desde los champanes amarrados a la orilla y desde las canoas de los pescadores, una voz unánime que fingía no decir adiós le gritaba:

—¡Viva el Libertador!

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La villa andaluza

Su condición de llave geográfica del comercio significó para el antiguo caserío ondaima agitación y progreso. Durante medio siglo XVII y todo el siglo XVIII Honda fue, con Santa Fe, Popayán y Cartagena, una de las cuatro ciudades más importantes de la futura Colombia. Ya en uno de los primeros mapas sobre esta región del Nuevo Mundo, publicado en 1635, en Ámsterdam, aparecía señalada con una casita infantil, como una población sobresaliente, situada de extraña manera al sur de Santa Fe y hasta de Tocaima: Onda. En 1751, un mapa sobre la Compañía de Jesús en América, editado en Roma, la señaló por primera vez con la H indeleble y con tres casitas que resaltaban su trascendencia y, en una cartografía menos ilusoria, la enderezó al noroccidente de la capital. Además de centro de todas las actividades de importación y exportación del comercio santafereño, la Villa fue, en sus primeros tiempos, embarcadero principal de los cargamentos de plata de las minas de Mariquita; más tarde, en 1774, sede de la Administración General de la Real Renta de Tabacos, entonces fuente de primer orden para la economía virreinal, con jurisdicción desde Neiva hasta Cartagena, desde Antioquia hasta La Guajira; en 1778, sede de la Administración General de la Renta de Aguardiente; a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, centro de almacenamiento y exportación de la quina y el añil.

La prosperidad de la villa fue convirtiéndola en una Cartagena fluvial, que crecía entre la margen izquierda del Magdalena y la derecha del Gualí, trepando ásperas colinas en un encantador laberinto de callejuelas y cuestas bordeadas de mansiones cuya arquitectura y colorido la hacían la más andaluza de las ciudades neogranadinas.

Primera muerte

Pero en la madrugada del 16 de junio de 1805, la tierra rugió y se agitó durante breves e infinitos segundos, y Honda se vino abajo. Iglesias y conventos, casonas y bodegas se derrumbaron entre el terror y el polvo. El 80 % de su casco urbano quedó destruido. Una información fidedigna señala 121 personas muertas, 109 heridas, 212 edificaciones caídas y 353 averiadas.

Nunca volvería a ser la misma. Sobre los escombros se levantó despacio una ciudad más convencional. Su sector más bello, por fortuna, permaneció semidestruido y semiabandonado, lo que permitiría redimirlo en un punto del porvenir.

Primera resurrección

La urgencia del comercio reconstruyó las bodegas y puso en marcha de nuevo a una población aletargada por el dolor de lo perdido. Río arriba, en las llanuras ardientes de Ambalema, se multiplicó el cultivo de tabaco de primerísima calidad, en una edad de oro que, pese a bruscas oscilaciones, abarcaría todo el siglo XIX. Y Honda era el lugar de transbordo de ese tabaco del Alto al Bajo Magdalena, de su almacenamiento, comercio y exportación. En las calmas dejadas por los huracanes de las guerras civiles, que se repetían en ciclos enloquecidos y en las cuales el dominio del río arterial y de su principal puerto eran objetivos estratégicos, y a lo largo de los constantes cambios de nombre del país liberado del coloniaje pero no de la violencia fratricida (Gran Colombia, República de Nueva Granada, Estados Unidos de Colombia, República de Colombia), el comercio aumentaba, las exportaciones crecían y la ciudad resurrecta ampliaba su tamaño y multiplicaba sus negocios. Los buques de vapor, con una capacidad de carga muchas veces mayor, reemplazaron a los champanes. En sus camarotes de primera clase viajaron parejas en luna de miel, que bailaban en las cubiertas foxtrots y fandangos, boleros y cumbias, dejando una estela de música que agitaba la noche de la selva y hacía soñar a las muchachas de los pueblos ribereños. Honda construyó dos puertos para enlazar el final del Alto Magdalena con el comienzo del Bajo: Arrancaplumas y Caracolí. Un ferrocarril los unió. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, en la antigua villa abundaron los signos de la prosperidad. Sobre el río Magdalena se levantó la ágil estructura del puente Navarro, primer puente metálico de Suramérica, que la unió por carretera a Bogotá; la ciudad disfrutó del primer servicio telefónico automático de la nación y del primer aeropuerto del interior; las turbinas de su propia hidroeléctrica suministraron energía a casas, calles y negocios, y a las primeras trilladoras de café que existieron en Colombia, de grandes dimensiones, en donde se procesó para su exportación el grano que se convertiría en la base económica del país. Su importancia era tal que algunas naciones europeas establecieron en ella consulados comerciales; en particular Inglaterra, que negociaba aquí el tabaco de Ambalema, el mismo que después retornaría con el prestigio de sus sellos británicos para ser fumado por la pequeña y refinada aristocracia criolla.

Segunda muerte (la catalepsia)

Cuando se acercaba la mitad del siglo XX, Honda se vio reemplazada por La Dorada, río abajo, como principal puerto del Magdalena. Así, después de ser por centurias el más importante puerto fluvial de la nación, punto neurálgico del comercio, atareado corazón del desarrollo del centro del país, Honda se hundió en un prolongado letargo. Se silenciaron las sirenas de los vapores, el pito del tren, las voces de diversos idiomas y acentos, el entrechocar de las copas de cristal de Bohemia, el teclado de los pianos, el rumor de los cascos de los caballos en el hipódromo. Como un gran barco que hubiera perdido su destino, Honda se detuvo a la orilla del río y a la orilla del tiempo. Por el país pasaron violencias sucesivas, y la Villa de San Bartolomé siguió en paz. Emergieron oscuras riquezas descomunales, cuya voracidad engulló regiones enteras de Colombia, sometiéndolas a su ostentoso dominio. Rozaron apenas la ciudad y siguieron de largo. Pasaron progresos ciegos, que en gran parte del país arrasaron toda huella del pasado y la sustituyeron por una informe arquitectura de clase media, despersonalizada y monótona, pero su piqueta no demolió la historia de la ciudad dormida, de modo que vitales sectores coloniales y republicanos subsistieron: Honda es una pequeña pero excepcional joya arquitectónica y urbanística.

La segunda resurrección

Así, lo que pareció el naufragio de la prestigiosa Villa de San Bartolomé fue en realidad una venturosa catalepsia. El hoy es un lento pero persistente renacimiento. Para la zona histórica ha llegado el punto del porvenir que esperó desde el terremoto de 1805: declarada monumento nacional, una a una van siendo restauradas sus casonas espléndidas por nuevos propietarios europeos y nacionales, y vuelve a vivir, con sus cuestas de piedra y sus callejuelas retorcidas, sus altos muros de colores contrastantes, su íntima atmósfera propicia a la evocación, la nostalgia y el romanticismo.

Honda renace. En 2019 es una pequeña ciudad de 27.000 habitantes, con pocas industrias y un comercio mediano, tan tranquila y segura como si todavía viviera en el pasado. De este modo, la ciudad del río avanza hacia el pasado, en un oxímoron histórico que significa el reencuentro de su importancia de siglos anteriores. El impulso de este nuevo esplendor no provendrá, desde luego, del tráfico de importaciones y exportaciones, sino del poder de seducción de su rara amalgama de pasado y presente, de su río poderoso, de su hospitalidad característica, de su saludable clima, cálido y seco. En opinión general, un turismo selectivo será el motor del futuro. El mejoramiento de las vías, entre ellas la nueva carretera Girardot-Cambao-Puerto Bogotá, los proyectos de obras de infraestructura para la industria sin chimeneas, el crecimiento del potencial que palpita, ansioso de calor, seguridad, variedad y novedad, 2.300 metros más arriba y a solo 150 kilómetros de distancia, están ya configurando ese futuro.

El secreto encanto

Si usted, dotado de una cierta sensibilidad hacia la historia y una cierta fantasía, recorre, por ejemplo, la calle de las Trampas, a la caída del sol, cuando todo se parte en luz y sombra, sentirá que desciende los peldaños del tiempo tan solo con pisar el empedrado: su pie se apoyará quizás sobre la huella de Alfonso López Pumarejo, el más grande de los hondanos, quien a su vez pisó la de Rafael Núñez, en sus contradictorias navegaciones por el río y las ideologías, y éste la de Oreste Sindici, el tenor italiano que sobre unos versos suyos compondría la música del himno nacional, y éste la del general José María Obando (ya pisada por la inmediata muerte), y éste la de Mosquera, rumbo al exilio, y éste la de Hermógenes Maza, quien con su fortuna personal formó una armada de champanes para liberar de españoles, definitivamente, el Bajo Magdalena, y éste la de Bolívar, y éste la de Humboldt, que elaboraba su asombroso mapa del río Grande, “de Honda a la desembocadura”, y éste la de Nariño —¿el más grande de los colombianos?—, laberinto de huellas de infortunio y victoria, y éste la del sabio Mutis y su Expedición Botánica, y éste la del virrey Solís, que iría a penar de amor y arrepentimiento en la ciudad que lo esperaba encima de las cordilleras, y éste, cuando la calle no era calle, la del conquistador Jiménez de Quesada, quien pisaría la huella desnuda de caciques y pescadores. En unos pocos centenares de metros, una calle de la Honda colonial atesora los rastros del desfile innumerable de aquellos que han hecho (y deshecho) nuestra historia, en un grado extraordinario de concentración y síntesis. Ese único, callado, modesto tesoro constituye su secreto encanto, que para usted ha resultado irresistible.

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2019-06-04T15:48:00-05:00

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Leopoldo Pinzón

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Muertes y resurrecciones de la Villa de San Bartolomé

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