Mujeres colombianas revolucionarias en las artes plásticas

Durante los siglos XVI y XVII, el que una mujer pudiera tomar un pincel y un lienzo para crear una obra de arte, era algo inimaginable. Hoy muchas mujeres intentan desde las facultades de arte representar su realidad y reivindicar sus derechos.

Margarita Holguín y Caro, Débora Arango, Ana Mercedes Hoyos y Doris Salcedo.

Durante los siglos XVI y XVII, el que una mujer pudiera tomar un pincel y un lienzo para crear una obra de arte, era algo inimaginable. Sus labores estaban condicionadas a enseñar el castellano y el catolicismo en sus familias. El único arte que les permitían era hacer cerámicas, textiles y joyería.

En esa misma época en la que los pintores colombianos se dedicaron al arte barroco, en el taller de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, su hija Feliciana Vásquez fue modelo, discípula y colaboradora para él. Ella, que empezó a aparecer en las obras de Vásquez después de la muerte de su madre, ha sido reconocida por los historiadores como la primera mujer artista en Colombia.

“Su historia ejemplifica los prejuicios que prevalecieron en el país acerca del arte femenino hasta mediados del siglo XX, puesto que, si bien no existe total certeza sobre las obras de su autoría (porque los trabajos no se firmaban), los historiadores le han adjudicado con frecuencia aquellas pinturas del taller de su padre que no son sobresalientes”, comenta el crítico de arte Eduardo Serrano.

Por años las mujeres no pudieron ingresar a las academias de arte, bajo el argumento de proteger su integridad moral. El alto valor de las matrículas, la imposibilidad de recibir clases con modelos desnudos y la negativa a premiar sus obras en concursos públicos hicieron que las artistas se dedicaran posteriormente a los llamados géneros menores: retrato, paisaje y naturaleza muerta.

Lo que hizo posible que las mujeres de la aristocracia se introdujeran en las artes fue la idea de que así enriquecerían su simpatía y creencias religiosas. Una de ellas fue Margarita Holguín y Caro, quien recibió sus primeras lecciones de pintura en los talleres de Enrique Recio y Gil y Luis de Llanos, entre 1894 y 1896. Más tarde fue discípula de Andrés de Santa María. En 1910, en la Exposición de Bellas Artes que conmemoraba el centenario de la independencia, exhibió cinco telas y ganó una medalla de honor. En 1928 se trasladó a París a estudiar en la Academia Julien.

De ella se destaca la construcción y decoración de la capilla de Santa María de los Ángeles en Bogotá, llamada hoy Parroquia Santa Mónica. Allí trabajó en una serie de pinturas religiosas, esculturas en cemento, bordados, piezas repujadas en plata y el altar mayor en madera y carey. Se dice que fue una de las primeras artistas profesionales del país y que su consagración a las artes fue más por vocación que por pasatiempo.

“Durante los años treinta del Siglo XX las mujeres empezaron a ingresar a la universidad y comenzó la educación mixta en algunos planteles colombianos (...). La posibilidad de recibir un título profesional ubicó a las mujeres en terrenos que antes eran privativos de los varones, lo que las dejaba en una posición de competencia para ellos y a la vez afinaba la consecución de una autonomía como género”, afirma la crítica e historiadora Carmen María Jaramillo.

El acceso a la universidad, a su vez, permitió la creación de sociedades de artistas encargadas de organizar exposiciones como la del Salón de Arte Moderno de 1957 en la Biblioteca Luis Ángel Arango, curada por Cecilia Ospina. En esta participaron Cecilia Porras, Judith Márquez, Alicia Tafur y Lucy Tejada, artistas de vanguardia.

En los cincuenta, la crítica de arte Marta Traba llegó a Colombia a impulsar a las artistas contemporáneas. Con la exposición Pintoras colombianas o residentes en Colombia, Cristina Wiedemann, Sofía Urrutia, Lucy Tejada, Teresa Tejada, Marcela Samper, Judith Márquez, Colette Magaud, Margarita Lozano y Elsa de Narváez presentaron sus obras.

Sobre esta muestra, Traba expresó que el objetivo era demostrar cómo el arte era capaz de potencializarse de modo creativo y libre, y las mujeres podían salvarse de un destino doméstico y restrictivo. “El arte moderno es un arte de revisiones y de auténtica y constante insurrección (...) la pintura femenina le arrancó su rótulo deshumanizador (…) mezcló la pintura del hombre y la mujer. Por primera vez no se sabe si un cuadro como los de Vieyra da Silva es de hombre o mujer”, escribió por entonces para El Tiempo.

En 1957, año en el que la mujer ejerce por primera vez el derecho al voto, de forma alterna, Débora Arango realizó su primera exposición individual de pinturas en Medellín, en la Casa Mariana. Su obra se destacó por manifestar su postura rebelde y audaz. Ella fue una mujer que se atrevió a sacar de los suburbios a aquellos personajes que la sociedad siempre quiere mantener ocultos. Prostitutas, madres, indigentes, obreras y religiosas componen su trabajo, en el que lo femenino se convierte en una expresión de la dolorosa realidad.

Ser esa voz capaz de nombrar el cuerpo tal cual es y hacerlo visible sin temores, hizo que la crítica se escandalizara y ella dejara de exponer durante 15 años, pero esto no significó que dejara de pintar, por el contrario, le dio más fuerzas para desarrollar su trabajo. Una vez, la misma artista dijo: “Nunca pinté con la idea de que podía mostrar. No podía mostrar. Si todo esto hubiera llegado antes, habría hecho mucho más. Estuve muy cohibida. Todo lo pinté a escondidas”.

Así como ella fue una mujer revolucionaria para su tiempo, más tarde aparecieron Feliza Bursztyn, una de las escultoras más reconocidas, por utilizar la chatarra de hierro y los desperdicios de acero inoxidable para realizar composiciones en diferentes escalas; Ana Mercedes Hoyos, pintora y escultora que se relacionó con el movimiento pop e introdujo el tema de la afrocolombianidad y de la esclavitud a su trabajo; Beatriz González, artista reconocida por ser capaz de llevar la pintura colombiana a la modernidad. Su obra, llena de ironía y sinceridad, escandalizó a políticos y críticos por sus parodias de próceres, pero su fuerza la hizo ser definida en una carta de Luis Caballero como “la única que ha sido capaz de pintar a lo colombiano”, y la más reciente, Doris Salcedo, quien a través de su trabajo íntimo y agudo ha respondido de forma crítica a la situación política del país.

Como ellas, hoy muchas mujeres intentan desde las facultades de arte representar su realidad y reivindicar sus derechos, para así reescribir la historia que por años mantuvo ocultas a todas las que hicieron de su obra su propia manifestación revolucionaria.

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