Literatura

Mujeres en Colombia: pioneras y musas

En el libro "Pioneras de la libertad”, Jorge Cardona y Juliana Jaimes recorrieron 200 años de historia colombiana en busca de las mujeres que han construido este país desde distintos frentes. En la guerra y en la paz, en la política y en la educación, en hospicios y en periódicos, ellas han estado presentes, y consideraron que ya era hora de que estas musas también elevaran su cantar.

En “Pioneras de la libertad” se rastrea la participación de las mujeres a lo largo de la historia de Colombia. Ilustración: Éder Leandro Rodríguez

La musa es la hija de Zeus y de la diosa de la memoria. Entonces, la musa es tan trueno como pasado; es tanto historia como poesía. Es la lengua misma convertida en la voz del poeta. Y la musa es mujer, porque la mujer también es trueno y pasado, es historia y poesía. Es la voz que ha registrado la vida de los hombres, y cuando hablo de vida no hablo de las actuaciones públicas a las que se someten para desprenderse de sí mismos, para ser solo temeridad y liderazgo impasible; hablo de la vida detrás de los umbrales, de esa vida que es verdadera vida, de cuando los hombres se libran de sus botas de caña alta y uniforme militar, de la tristeza y el miedo que por fin dejan salir bajo las cobijas. Hablo de la historia y el pasado que es nuestro y solo nuestro, como una extensión de nosotros mismos.

Quizá sea por eso que los libros de historia no las hagan protagonistas, tal como no es la musa, sino el poeta el protagonista de sus creaciones. Las páginas de nuestro pasado están llenas de hazañas, de guerras ganadas, de conspiraciones y salvaciones que, a la larga, reflejan esa vida pública digna de mostrar. Simón Bolívar observando sus tropas desde la cima de una colina, Francisco de Paula Santander volviendo del exilio, Rafael Núñez promulgando la Constitución de 1886. Todo es grandioso, todo parte el tiempo en dos, todo es elocuente e irrepetible.

Pero detrás de las puertas cerradas a cal y canto son otras las que gobiernan. Las mujeres administran la economía doméstica, y con el mismo cuidado guardan los miedos de sus maridos. Las mujeres espían y entregan víveres y armas a aquellos que luchan en el frente para liberar a América del imperio español. Fue también Juana Velasco quien le entregó el caballo Palomo a Bolívar y fue Antonia Santos quien, ante su pelotón de fusilamiento, no se dejó vendar los ojos y se amarró la falda a los tobillos con pañuelos para que no se le levantara cuando cayera.

Luego vinieron las 1.460 mujeres que participaron de alguna manera en la independencia de la Nueva Granada. Las musas que curaron mientras les susurraban palabras de aliento a los soldados, las que enviaron mensajes de aquí para allá para convertirse en la lengua de los que tenían voz, las que tomaron armas y lucharon camufladas entre los hombres, las que no recibieron dádivas, recompensa ni mención, sino que desaparecieron en el muro de los fusilamientos una vez cumplieron su deber para con la patria y, finalmente, las que devolvieron a los hombres, ya vacilantes y descorazonados, el brío, la energía, el valor y la fe.

Sin embargo, la lucha no terminó ahí. Faltaba incidir en la educación, la literatura, la política, la medicina y el arte. Por está razón, Clemencia de Caycedo y Vélez dedicó su fortuna a consolidar una obra basada en la certeza de que la educación debía ser un bien público y no un privilegio de género. Por ello fue que José Hilario López abolió la esclavitud como agradecimiento a su esclava Antonia López, quien cuidó su casa en el Cauca y sirvió de institutriz de sus hermanos menores huérfanos. Este mismo vacío lo sintió Soledad Acosta mientras escribía hasta dejar sangre en el tintero y editaba la revista La Mujer, la cual recibió las primeras voces femeninas.

Después vinieron las batallas que ya no fueron por la libertad, sino por la dignidad. Teresa Otálora Manrique dio un grito en plena Guerra de los Mil Días, cuando dio a luz en medio de la intemperie, “sin más lecho que una almohadita, sin más compañía que el alba de la mañana y el risueño día, en donde podía contemplar y ver sonreír a mi recién nacido, mecido por el silbido de las balas y el tropel de los caballos”, como lo escribe la historiadora Aída Martínez en su ensayo “Las capitanas de los mil días: participación de las mujeres en la guerra y apasionado testimonio de una de ellas”. María Cano fue la voz de la clase obrera, en un mundo donde la voz femenina no se atrevía a salir de las casas. Fue la “Flor del Trabajo”, sentó las bases del Partido Socialista Revolucionario y fue sentenciada a tres años de prisión luego de la masacre de las bananeras.

Y cuando se cansaron de ser musas, las mujeres abogaron por sus derechos políticos y por su derecho a entrar a una universidad; Emilia Pardo Umaña fue la primera columnista de un periódico y con ella, por fin, vendrían muchas más hasta llegar a estas letras que escribo, siento, las hago mías, se las dejo a ustedes y me vuelvo también musa, una musa más entre estas miles de musas que han prestado voz para que la historia siga su curso, así los poetas soldados, políticos y escritores sean los voceros de esta vida pública en Colombia que, poco a poco, sudor a sudor, sangre a sangre de miles de pioneras, es cada vez más nuestra.

Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis

(…)

Pues, ¿para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis

(Sor Juana Inés de la Cruz)

905826

2020-02-22T21:00:00-05:00

article

2020-02-22T21:30:47-05:00

[email protected]

none

Juliana Vargas @jvargasleal

Cultura

Mujeres en Colombia: pioneras y musas

37

5314

5351