Ubicado en la calle 94 con carrera séptima

Museo Casa Grau: un anhelo que se resiste a desaparecer

Enrique Grau Araújo dejó constancia en su testamento del deseo de dejar su casa como un centro cultural. Mónika Hartmann, directora de la Fundación Grau, lleva más de diez años sosteniendo un lugar emblemático en la vida y obra del escultor colombiano.

La Fundación Enrique Grau realizará varios eventos en el 2020 para conmemorar los 100 años del nacimiento del escultor. / Cortesía Fundación Enrique Grau

A la altura de la calle 94 con carrera séptima, donde los cerros orientales hacen frente al paisaje citadino, se encuentra la casa donde el artista Enrique Grau Araújo vivió los últimos veinte años de su vida. Hace un poco más de diez años, específicamente en el 2008, el Ministerio de Cultura restauró la casa que llevaba abandonada varios años y estaba siendo devorada por un olvido que se fue adhiriendo injusta e indiscriminadamente en la fachada y en las esculturas que el maestro Grau había dejado en Bogotá.

Varios objetos son testigos del paso del tiempo y de las remembranzas que se mantienen como la esencia del artista: bastones, máscaras, artesanías, figuras de porcelana, fotografías en blanco y negro y varios dibujos y bocetos evocan los días de antaño en los que Enrique Grau pintaba a hombres y mujeres desnudas pese a su ceguera y a la incomodidad que le provocaba la pipeta de oxígeno, que le proporcionaba un respiro pero que no necesariamente le daba la vida y la esperanza que le provocaba jugar con los carboncillos, los pinceles y los lienzos.

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Una mariamulata se halla en la entrada de la casa de color amarillo. Dentro de la casa de 800 metros cuadrados predominan los colores que inspiran vida, que despojan a la casa de aquellos días de humedad y plagas que se asentaban entre los jardines y los pasadizos. Artilugios de un pasado que no se borra y varias manos que a diario limpian, restauran y custodian el lugar logran que parte de la esencia del pintor perdure entre las transformaciones ineludibles del tiempo.

Esculturas y pinturas dan cuenta de los procesos creativos del autor, del afinamiento de su mano artística y de su acercamiento o afinidad con el estilo naturalista, con el interés por retratar en lugares comunes e íntimos algunos rasgos de lo culto y lo popular que, por contrarios que puedan ser, no dejaron de ser imposibles para Grau, un artista que no solamente logró pincelazos en el lienzo y en la escultura, sino que los logró también en el cine y el teatro.

Mantener en pie una casa museo es toda una victoria, una manera de resistir al desinterés rampante que recae sobre los espacios y personajes insignes de la cultura. En el caso de la Casa Museo Grau, la directora, Mónika Hartmann, considera que el valor de este escenario ha sido subestimado, pues de los símbolos y referentes de la historia del arte en Colombia, no existen lugares como este que preserven el legado de Alejandro Obregón, Eduardo Ramírez o Édgar Negret en el que perdure parte de su obra y las personas puedan recorrer esos espacios en donde los artistas vivieron, imaginaron y padecieron sus creaciones y sus angustias.

“El maestro dejó en el testamento la instrucción de que esta casa tenía que ser un centro cultural desde donde se irradiara el arte y se mantuviera viva su presencia, su vida, su obra y todo lo que había hecho en el campo de la cultura, pues además de las pinturas y las esculturas, Grau hizo cine, escenografía, teatro, etc.”, afirmó Hartmann, directora de la Fundación Enrique Grau.

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Pese a las críticas de algunos sectores del arte, desde la Fundación han creado múltiples alternativas para recaudar los fondos necesarios que permitan sostener el Museo: el alquiler del espacio para eventos sociales y empresariales, la incorporación de imágenes que evoquen las obras de Grau en vajillas, souvenirs y cafés, la intervención de mariamulatas y la realización anual de la Bienal Premio Grau a las Artes son algunos de los planes que la Fundación, creada por el mismo Grau en 1996, ha ido ofreciendo no solo para la recolección de fondos, sino también como pequeñas formas de divulgar y promover la obra del artista que, durante años, ha sido injustamente ignorada y relegada.

La Casa Museo Grau guarda en sus obras el recuerdo de un artista que cambió para siempre, tras sus odiseas y enseñanzas adquiridas en Nueva York en la década de 1940. Las fotografías, los libros, las pinturas, las esculturas y los objetos propios de la cotidianidad del pintor relatan, desde el lenguaje pictórico y no desde el lenguaje oral, los momentos cumbres y también los instantes críticos en la vida del pintor. La presencia de las mulatas nos recuerda el óleo La mulata cartagenera, de 1940, como el primer indicio de un nuevo referente del arte en Colombia; las pinturas de hombres y mujeres en su cotidianidad enseñan el carácter naturalista, el valor de lo íntimo y del cuerpo como símbolos hedonistas; sus libros nos hablan de su cercanía con García Márquez, cuando le ilustraba sus textos en El Espectador y cuando le ayudó en la realización de la película La langosta azul. En general, el interior de la Casa Museo Grau resguarda las memorias y los anhelos de un artista que trascendió a su finitud.

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Andrés Osorio Guillott

Cultura

Museo Casa Grau: un anhelo que se resiste a desaparecer

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