“Nadie sabía qué aspecto tenía Stanley”: Christiane Harlan

Hace 19 años, el 7 de marzo de 1999, murió el director de cine Stanley Kubrick, Considerado por muchos como uno de los cineastas más influyentes del siglo XX. Solo su esposa Christiane Harlan conoció los detalles íntimos del director, sus obsesiones y sus miedos. Retrato de un genio.

Kubrick murió de 70 años en Inglaterra a causa de un ataque cardiaco. / AP

“La tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino que sigue siendo joven”.
Óscar Wilde.

El día en que Stanley Kubrick murió, el 7 de marzo de 1999, su esposa no lloró. Christiane Harlan se quedó mirando el cuerpo inmóvil que yacía en la cama, los ojos cerrados con suavidad, la boca entreabierta, una palidez extendida sobre él como una sábana traslucida.

Kubrick falleció por un ataque cardiaco mientras dormía y Christiane no lo sintió. Esa mañana el tiempo se detuvo y pensó en los últimos días junto a él. La zozobra que se apoderaba de Kubrick por los chismes que salían en la prensa, la tristeza de no haber podido mantenerse al margen de las mentiras y las fantasías de los periodistas: “Le acabó dando muchos dolores de cabeza aquel hombre que a principios de los años noventa se hacía pasar por Stanley Kubrick y seducía a muchachos. Aquel tipo se salía con la suya sólo porque nadie sabía qué aspecto tenía Stanley. Al final de su vida mi marido quiso rectificar la imagen que la gente tenía de él y acabar con todas esas chorradas que circulaban por ahí. Le pidió a su amigo, el escritor Michael Herr que escribiera un libro sobre él (se publicó en 2000). Desgraciadamente, Stanley no vivió lo suficiente para ver cumplidos sus deseos”, dijo ella para El País de España.

Cuando Christiane conoció a Kubrick, él tenía 28 años. Era el más joven a donde quiera que fuese y eso le molestaba, lo enfurecía. En el set de Espartaco no soportaba que lo trataran como un niño. Kubrick nunca quiso ser un niño, por eso no soportó la escuela, le parecía algo molesto e indigno. Ese es el motivo por el que se marchó muy pronto de casa, se casó a los 19 años con su novia de bachillerato, Toba Met, y comenzó a representar el papel de adulto.

En las grabaciones de sus películas, Kubrick usaba la ropa para desmarcarse de la gente de su edad; siempre llevaba camisa blanca, corbata y chaqueta. Peter Ustinov comentó muy certeramente en una ocasión: “Stanley es un hombre que jamás ha sido joven y que jamás parecerá viejo”.

En esos andares por algunas de las películas más icónicas del mundo del cine (La naranja mecánica, El resplandor, 2001: Odisea del espacio), Christiane conoció las obsesiones de Kubrick: establos enteros llenos de cosas que guardaba, sacos de tela repletos de correos y cartas de años atrás. No podía botar nada. Amaba cada cosa y así con el cine, una pulsión constante por su reconocido punto de fuga, el orden en el set, las líneas perfectas. “Si no estás enamorado del asunto, déjalo. Ya hay demasiadas películas mediocres”, decía. No sabía lo que era aburrirse. Por eso se encolerizaba en cuanto notaba que alguien no se concentraba al cien por cien en lo que estaba haciendo y, por ejemplo, se ponía a mirar por la ventana. “Either you care or you don't” (O te importa o no), les decía.

Nunca levantaba la voz, pero tenía una mirada terrible. Era cuestión de segundos: se limitaba a alzar brevemente la vista. Poseía el láser de la cólera. A muchos les daba miedo. Pero esa desaprobación duraba sólo unos instantes. Por lo único que se enfurecía era por la vanidad. Sentía una gran aversión por ella. Le sacaba de quicio escuchar frases pomposas y estúpidas.

¿Qué diría Kubrick del mundo de hoy? “La estupidez y la crueldad con que se ha recurrido a la invención de la existencia de armas de destrucción masiva para invadir Irak le habría hecho subirse por las paredes y además habría confirmado una de sus sentencias favoritas sobre su trabajo: el cine sólo puede subestimar la realidad, exagerarla es imposible”, cuenta Christiane.

En una ocasión definió la testarudez del puritanismo estadounidense en los siguientes términos: “el temor corrosivo a que alguien en algún sitio pueda estar siendo feliz”.

Kubrick murió cuatro días después de una sesión privada para su familia y actores de su último filme, Eyes wide shut. Fue enterrado junto a su árbol favorito en Childwickbury Manor, Inglaterra. “Está enterrado aquí, en nuestra casa, en un lugar que le gustaba mucho y en el que se sentaba a menudo. No pertenecía a ninguna iglesia ni a ningún templo, y le horrorizaban los cementerios. La tumba está decorada con una gran piedra”.