Tiene 73 años y dice que no le gusta escuchar sus discos

Nelson Freire: el piano clásico de Brasil

El pianista brasileño, reconocido por sus interpretaciones de Chopin y Debussy, fue un niño prodigio: a los cinco años tocó sus primeras piezas y a los quince estudió en Viena. Siempre ha declarado que en su naturaleza prima la intuición.

Cortesía

Para ser un pianista que comenzó su carrera a los cinco años, Nelson Freire ha sorteado con gracia la frecuente tentación de creer que lo ha conquistado todo. “Trabajar, para mí, es dejar las puertas abiertas: las puertas de la imaginación, de la intuición, de la inspiración”, dijo en una entrevista con Le Temps. A sus 73 años, el consenso general le ha atribuido cierta madurez artística inusual, evidente en sus interpretaciones de piezas de Chopin, Debussy, Schumann y Brahms, mientras él está convencido de que, desde su infancia remota en Boa Esperança (Minas Gerais, Brasil), donde nació y vivió sus primeros años, su signo ineludible es el salvajismo del principiante.

“La música era mi pasión, adoraba improvisar, adoraba las partituras”, dijo en una entrevista con Le Mag du Piano. “No sabía escribir música, de modo que les pedía a mis padres que me compraran partituras vacías cuyos pentagramas yo cubría de notas. Esta libertad me transportó a otro mundo, pero no me facilitó el contacto con un profesor ‘normal’”. La necedad de su infancia, sin embargo, le reportó un talento singular: a los cinco años tocaba de oído las canciones populares que su hermana mayor interpretaba al piano, y sus padres, testigos del prodigio, lo encargaron a un profesor que vivía a cuatro horas del pueblo. Doce clases después, el profesor contactó a los padres y les confesó que ya no tenía más por enseñarle, y puesto que no había a la vista otro docente más talentoso que aquel en toda la región circundante, los padres tomaron la decisión de trasladarse a Río de Janeiro.

El padre, que era boticario, hubo de tomar un trabajo en un banco. Nelson Freire reconocería muchos años después que su voluntad de trasladar a la familia entera por la pasión del hijo menor había sido valerosa y que los días de su infancia en Río de Janeiro, donde aún vive, determinaron la naturaleza de su interpretación. “Tuve que recomenzar —contó—. No desde cero: ¡desde más abajo! Yo era muy instintivo. Tuve que hacer un salto tremendo para disciplinarme”. Como solía doblar los dedos de manera exagerada durante los recitales, su maestra, Nise Obino, lo forzó a usar vendajes para estirarlos, para que se desplegaran sin temor, y el método tuvo tal efecto que, en los ensayos previos a sus conciertos, esté donde esté, Nelson Freire conserva el hábito de recorrer el piano entero utilizando todos los dedos, de las graves a las agudas y de vuelta a las graves, deslizándolos con la ligereza de un pez en el agua.

En su juventud, su talento extraordinario supuso la soledad: tras ganar un concurso de piano a los doce años —tocando el quinto concierto para piano de Beethoven, El Emperador— y una beca de estudios que lo llevaría adonde él quisiera, Nelson Freire viajó a Viena en sus tiernos 15 años, sin el conocimiento de que los siguientes dos los viviría en completo aislamiento. Llegó unos días antes de su cumpleaños, y para celebrarlo, como no le habían girado todavía el dinero de la beca, fue a una pastelería, pidió la torta más barata y la comió mientras lloraba. Estaba solo y no habría de comunicarse con su familia, según contó después, durante toda su estancia en Viena. Cuando llegó el dinero de la beca, estuvo claro que la disciplina inculcada en Río de Janeiro, si bien había tenido un impacto en sus modos, había resultado débil: disipó sus dineros en noches de bohemia, en los mejores restaurantes, en los cafés atestados. “Fue una vida de depresión, de bohemia, pero de tristeza”, dijo.

Su retorno a Brasil fue desastroso. “En plena crisis de adolescente —le contó al Mozarteum Brasileiro—, desajustado y desestimulado, vi cómo todas las puertas se cerraron. Nadie quería saber de mí. Ningún concierto, ni siquiera gratuito. El consenso general es que era un talento perdido. Me inscribí en varios concursos, pero a última hora desistía. Había perdido mi autoestima y la confianza en mí”. Un viejo amigo lo recomendó poco después para una serie de conciertos en São Paulo; él asistió con el temor íntimo de que podría resultar un fracaso. Tocó el tercer concierto para piano de Prokofiev: fue un éxito. El mismo azar salvaje que había atravesado toda su educación le había permitido, tal vez sin que él lo advirtiera, revivir como pianista.

“Todavía tengo mucho por conquistar”, dijo en una entrevista con O Globo. “Progresar. Si un artista piensa que ya lo conquistó todo, se acabó”. Nelson Freire, pese a la ligereza de su disciplina y a la costumbre de sucumbir a la intuición, podría afirmar que sus conquistas no han sido menores: discos dedicados a los Nocturnos de Chopin, los Preludios de Debussy y piezas de Rachmaninoff y Schubert, además de una grabación, en 2014, de la pieza que definió su maestría en la infancia: El Emperador. Por mandato propio, Nelson Freire nunca sabrá cómo sonaron esas conquistas: nunca escucha sus discos porque teme que sólo encontrará defectos.