Una alternativa de exhibición

No Place: ganancias del arte a un fondo común

Cuatro galerías, entre las que se encuentra la colombiana Nueveochenta, integran el equipo que viaja cada año alrededor del mundo para seguir un nuevo modelo colaborativo que eleva el valor de las ferias de arte.

La segunda versión de No Place se realizó del 26 de abril al 12 de mayo en Berlín. / Cortesía Nueveochenta

El avión aterriza y el tiempo es corto. Carlos Hurtado, director de Nueveochenta, baja y lleva en una mano el taladro y en la otra los papeles de rigor para llegar al espacio en el que se montarán las obras. También hay que dejar listo el stand y coordinar la entrega de las piezas. No se puede perder ni un minuto. La explicación y el recorrido de las obras tendrán que ser rápidos para que se pueda completar el cronograma de lo planeado y, claro, los asistentes no se querrán perder nada, así que también entrarán en una carrera contrarreloj en la que la experiencia con el arte será fugaz.

Después de una jornada violenta de desayunos, almuerzos, inauguraciones, conversatorios y cocteles que coparon la agenda, los galeristas, coleccionistas y artistas se encuentran para cenar y tomar, por fin, una copa de vino en calma.

Desde distintos países se reúnen cada tres o cuatro meses en ferias, pero al final de la jornada quieren compartir y hablar de arte desde la esquina pausada y placentera de su labor. En la informalidad del encuentro, los colegas le dan rienda suelta en las conversaciones a su pasión por lo que hacen, y eso incluye los interrogantes por avanzar: ¿cómo optimizar los esfuerzos que se hacen en las plataformas de internacionalización? Además de los onerosos esfuerzos económicos, ¿cómo lograr que los sacrificios de tiempo y logística den frutos más potentes? Todo lo invisible que hay detrás de una exposición extranjera es admirable. Los tiquetes, seguros, transportes, montajes, la producción de los artistas, operativos de aduana y lo que implica la ausencia en la galería propia son esfuerzos que resultan dolorosamente efímeros.

Por eso, después de muchas comidas y alrededor de botellas y botellas de vino, cuestionándose sobre el mismo tema, cuatro galerías, dos de América y dos de Europa, dejaron de soñar y comenzaron a actuar. Pararon los anhelos lejanos y llegaron a los planes serios. Nueveochenta, galería bogotana, comenzó un proyecto llamado No Place, junto con otras tres: la galería N/F, de Madrid; Arróniz, de México, y Michael Sturm, de Stuttgart. Entre cenas, abrazos y risas concluyeron que tenían que parar con la idea de que las carreras en el arte eran individuales. Crearon un modelo colaborativo que consiste en desplazarse a una ciudad en la que esté ocurriendo cualquier evento que se relacione con arte, tomar una espacio, hacer una muestra conjunta alrededor de un objetivo común o un eje temático, y hacerlo posible compartiendo todos los gastos asociados a esa muestra.

Todo se cofinancia entre las cuatro galerías. Desde los desplazamientos a la ciudad hasta las ganancias que genere la muestra, y esto es lo realmente novedoso de esta nueva forma de exhibir arte contemporáneo. Los ingresos van a una bolsa común, sin importar si el artista que más generó ganancias fue llevado por la galería colombiana o la alemana. Las bases de datos y los contactos que resultan de estos encuentros también se dirigen a un documento común, para evitar seguir patrocinando los celos por la información que ahora están latentes en la industria.

Nueveochenta, la galería bogotana, se abrió hace once años en condiciones similares a las de No Place. Ninguno de los tres socios tenía muy claro si abrir un espacio que atendiera las urgencias del arte iba a aportar algo a esa lucha que estaba dando la industria por potenciar artistas y acercar al público. Carlos Hurtado, su director, es ingeniero industrial y se dedicaba a las inversiones y finanzas públicas. Su contacto con el arte se dio cuando comenzó a asistir a talleres y luego a galerías: “Oía el cuento, me interesaba muchísimo lo que trabajaban y sin tener ningún tipo de consideración miraba y decía: ‘Esa es la pieza que me gusta, ¿cuánto vale?’. Me decían el precio y yo hacía cuentas con la mesada de un niño absolutamente estándar y decía: ‘¿Te la puedo pagar en cuatro años con cuotas mensuales?’”.

“Eso les parecía rarísimo y me hice cercano a los artistas”, cuenta Hurtado, y añade que Nueveochenta nació de recordar ese tipo de experiencias. De la necesidad de no sólo atender a los artistas con poder adquisitivo, sino conectarse con todos y ocuparse de una manera orgánica de su representación.

Nueveochenta abrió sus puertas con talentos emergentes y su filosofía inicial sigue siendo la misma. La galería siempre ha estado más pendiente del público que aún no tiene. Actualmente representa a 21 artistas, de los cuales la mayoría son colombianos.

No Place cumple con mayor efectividad el modelo de la feria. No es un proyecto creado con el fin de ir en contra de esa idea en la que aún se inscriben y celebran, pero sí es una nueva forma de reproducir ese formato. En las ferias, el tiempo que la gente le dedica a la obra es pobre. Se olvida que la pieza hace parte de una obra y que la obra tiene un fondo de mucho trabajo. Son el discurso, los sentires y saberes de cada artista los que están ahí reflejados, y sólo con tiempo y un recorrido que permita que el espectador profundice es posible que se acceda al mensaje del artista. Todo va a un ritmo vertiginoso. No Place tiene unas jornadas que se asemejan a las de un espacio de exhibición. Además, los artistas que lleva cada galería tienen distintos orígenes y cosmovisiones profundamente disímiles, lo cual es maravilloso. El eje temático los hace encontrarse, pero los recorridos de sus vidas hacen que sus producciones se confronten. La red que se está tejiendo con ese proyecto es colaborativa y útil. Hasta el momento se han desarrollado dos versiones, la primera en Lima (2017) y la segunda en Berlín (2018). En las dos ciudades, los coleccionistas, curadores y artistas se han convertido en embajadores del proyecto.

El formato estándar de la feria dura alrededor de tres o cuatro días, las dos versiones de No Place se han extendido hasta casi tres semanas, lo que significa que la ciudad no deja de vibrar con el lanzamiento, sino que también puede dedicarse a flotar entre las obras.

El proyecto, que ha logrado potenciar las agendas de cada galería participante, consiguió que estos cuatro amigos se replantearan la forma como estaban desempeñando su labor. Les recordó por qué y para qué le dedicaban su vida al arte y les devolvió la ilusión en una industria poderosa capaz de transformar sociedades.

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