¡Oh arte inmarcesible!: De los versos paralelos a la Constitución de 1886

Los últimos doscientos años de la historia colombiana, sus protagonistas y las influencias artísticas que los llevaron a cambiar el rumbo de los acontecimientos. En esta tercera entrega, presentamos los referentes literarios de Miguel Antonio Caro, ideólogo de la Constitución de 1886.

Virgilio y Cervantes, influencias principales de Miguel Antonio Caro, ideólogo de la Constitución. Ilustración: Daniela Vargas

El inicio de la Constitución de 1886 dice: “En nombre de Dios, fuente suprema de toda autoridad, los Delegatarios de los Estados Colombianos de Antioquia, Bolívar, Boyacá, Cauca, Cundinamarca, Magdalena, Panamá, Santander y Tolima, reunidos en Consejo Nacional Constituyente; vista la aprobación que impartieron las Municipalidades de Colombia a las bases de Constitución expedidas el día 1.° de diciembre de 1885; y con el fin de afianzar la unidad nacional y asegurar los bienes de la justicia, la libertad y la paz, hemos venido en decretar, como decretamos, la siguiente: Constitución Política de Colombia”.

Si bien con el Concordato se redujo la influencia de la Iglesia en el Estado, el poder de la religión seguía consolidándose como un bastión de la nación. El derecho de la Iglesia a interceder directamente en la educación al formar a los más pequeños bajo los preceptos y mandamientos del catolicismo como religión oficial fortaleció los ideales conservadores en el territorio nacional. Y con el inicio de la Constitución en la que se proclama a Dios como autoridad suprema y principio de la Carta Magna se construyen un Estado y una moral determinados por los valores católicos que profesó desde siempre uno de los estandartes y promotores de esta Constitución: Miguel Antonio Caro.

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En el texto Curso de filosofía dictado por don Miguel Antonio Caro como profesor de Filosofía en el seminario de Bogotá en 1872 el autor ahonda en una serie de preguntas que orientan al lector en torno a la filosofía, el ser y las ideas. Allí, Caro aborda la idea de Dios desde santo Tomás, filósofo de la Edad Media que consideraba que el ser humano podía validar la existencia de Dios de manera natural, pues sucedía como un conocimiento inherente a nuestra condición. En uno de los apartados del texto, Caro afirma: “Con la mera observación de los objetos, podemos llegar al conocimiento de Dios, pues que teniendo la facultad de adjudicar a todos los seres una causa de donde proceden, no puede ser sino un ente poderoso, Dios. Además todas las propiedades de los cuerpos son genéricas, es decir, convienen a muchos, no pudiendo haber más que un ser dispensador de esas propiedades, que es Dios”.

Miguel Antonio Caro profesó la religión católica en la política, en la ética y en la poesía. La idea de Dios, como bien se refleja en su pensamiento, se sentó como precedente y principio en la Constitución de 1886, acontecimiento que el político conservador venía trabajando desde varios años antes con el regeneracionismo conservador que se estableció durante gran parte de los últimos años del siglo XIX. El ideólogo del partido, como se le consideraba en aquel entonces, se distanció de las propuestas de José Domingo Ospina y José María Samper, pues Caro apostaba por una reforma constitucional que disminuyera en gran medida el sistema federalista que venía imperando en el territorio.

Miguel Antonio Caro pintó desde pequeño su autonomía. Como autodidacta logró construir una autodeterminación de su tiempo, sus ideas y su espacio. Caro caminó entre los ideales conservadores y los versos románticos de su padre, José Eusebio Caro, poeta y fundador del Partido Conservador en Colombia. Su vida transcurrió entre las bibliotecas que custodian silencios y los corredores que murmullan secretos de Estado.

Los pasos de José Eusebio Caro fueron seguidos por su hijo. Ambos fueron capaces de alternar su vida entre la política y las artes. Entre los dos hallaron el estilo de vida necesario para dedicar sus convicciones a la configuración del Estado y a la creación de relatos y versos que, realizados en el papel, exaltaban valores románticos y nacionalistas, haciendo alusión a la patria y a la toma de decisiones que sirvieran a la bienaventuranza de la sociedad y al equilibrio de poderes en la esfera pública en función de un Estado fortificado que defiende los valores tradicionales.

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Caro encabezaba el alzamiento del conservatismo en Colombia y la victoria de su partido con la mayoría de sus ideales plasmados en la Constitución de 1886. Su autonomía, seguramente vista también en los textos escritos por el filósofo alemán Immanuel Kant, lo erigía como un político capaz de asumir las riendas del país. Pero mientras se responsabilizaba de esclarecer la niebla que recaía sobre el gobierno de Rafael Núñez, Caro también tuvo tiempo para su estudio, para la cultura, palabra proveniente del latín cultus, que significa el cultivo de las facultades intelectuales del ser humano y del espíritu. Su integralidad, reflejada en su versatilidad para cumplir con varias facetas, se expandía al lenguaje, tema que le interesó antes que la política y que expresó aprendiendo latín, lengua que lo llevó varias veces a componer odas a Virgilio, poeta romano que sirvió como guía en el purgatorio de la Divina Comedia y que escribió la Eneida, obra que Miguel Antonio Caro consideraba un producto proveniente de la voluntad divina.

El latín se convirtió en el diapasón del tono poético de Caro. Gracias a su abuelo, Miguel Tobar y Serrate, Caro pudo afianzar desde pequeño su gusto por la lengua. Su lírica se compuso de un híbrido entre el carácter clásico del latín y la concepción moderna de la lengua. Inclusive, en un poema llamado Himno del latín, expresa su custodia: “Doquiera yo escuche un idioma / Cantiga o fugaz yaraví / Que acentos repita de Roma / Mi tierra, mi hogar está allí / Es Roma mi madre adorada / La historia, cual regio ataúd / Encierra su cetro y su espada / Mas viven su gloria y virtud / Oh gayos fablares latinos! / Oh trovas de son celestial! / Oh, cómo sus altos destinos / Revelan al alma inmortal!”.

Fue un lector acérrimo de Virgilio. Por herencia, por hábito, por pasión, por frenesí, estuvo siempre más ligado a la poesía que a la novela, género literario que consideraba impertinente por tratarse de sucesos fantásticos y ficcionales. Y aunque para la élite cultural del momento la construcción de una identidad literaria nacional debía constituirse a partir de la novela, para Caro debía tratarse de lo contrario, y para ello habló de otro de sus referentes más importantes, al cual estudió y leyó con fervor: Miguel de Cervantes Saavedra, un hombre que, paradójicamente en este caso, es mencionado como un poeta excelso, aun cuando el mismo autor de La Galatea expresaba con desasosiego que no había podido estar a la altura de los poetas de su tiempo y que, de hecho, en El viaje del Parnaso escribe: “Yo, que siempre trabajo y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo”.

Haciendo alusión a la importancia de contar un relato acorde a lo verdadero, a un relato que, según Caro, solamente se hallaba en lo poético, el político conservador confrontaba a quienes afirmaban que Don Quijote de La Mancha era una novela, pues su sugerir le decía que si el relato que se burló de la literatura caballeresca se asemejaba en algo a lo novelesco era en el sentido de que contaba e ilustraba una serie de tradiciones o costumbres que satirizaban el género, pero que el modo en que se presentaba la narración de Don Quijote y Sancho Panza pertenecía a un carácter poético por la precisión en el lenguaje.

“Dios, sabio y equitativo en la distribución de sus dones, rara vez, si alguna, concede al genio creador la facultad de analizar. El genio produce por instinto, como la fecunda naturaleza física, sin conciencia clara de lo que hace, frutos maravillosos en que la análisis científica gasta años desentrañando la riqueza, variedad y armonía de elementos cuya producción colectiva fue tal vez obra de pocos días o acaso de breves momentos”, escribió Miguel Antonio Caro en su texto El Quijote para hacer referencia a Cervantes como un egregio e iluminado escritor que no necesitó de un arduo proceso de estudio para alzarse en la eternidad como un revolucionario de la lengua española y como un pilar de la literatura y las artes en la historia universal.

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Andrés Osorio Guillott

Cultura

¡Oh arte inmarcesible!: De los versos paralelos a la Constitución de 1886

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