Moda de otro modo

Patio de ropas

Por estos días, la moda que se ve en Cartagena es una mezcla de nuevos diseños, frescura y tradición. Los foráneos aportan sus novedosos estilos, y los cartageneros, sus antiguas costumbres.

Múltiples estilos de vestir se ven por estos días en la turística Cartagena. / iStock

La “temporada” colombiana y festiva, de (fin y) comienzo de año, sucede, indefectiblemente, en Cartagena de Indias. Las callejuelas coloniales, empapadas por humedad o teñidas por esa luz miel adormilada que desprende de noche la ciudad, comienzan a atiborrarse de una pintoresca muestra de visitantes en tránsito.

Con los años, la visibilidad de Cartagena se ha disparado de forma significativa. Inéditamente, la gema del Caribe se encuentra hoy en el radar para las indulgencias viajeras de norteamericanos y europeos. Así, ha atraído, en años recientes, camadas de la moda y el glamour; tribus haladas por la música clásica y séquitos aplicados a la literatura y el periodismo.

Para la época, las revistas sociales actúan y registran los movimientos de una fabulosa élite, rondando las calles, vacacionando, asistiendo a fiestas: vestidos en tonos más claros, las mujeres posiblemente desplegando boleros, las pieles tostadas; los hombres más ligeros, de lino blanco y alguna gama pastel; flores y tonos altivos en las mujeres. Pelos recogidos y festines en el centro amurallado.

Las imágenes recientes han logrado registrar también una variedad que no siempre fue común de avistar en Cartagena y que se ha dado también por las tecnologías a las que ya vivimos acostumbrados.

Sobre todo en una ciudad como la propia Cartagena, donde la vestimenta —en su sociedad alta y media—, nunca ha sido precisamente un llamado a la variedad. El vestir entre señores y señoras cartageneras siempre ha sido particularmente habilidoso para mostrar una mentalidad marcada por ser profundamente reticente a lo variado y distinto. De Cartagena, el tiempo y las tecnologías y, sin embargo, esa postrada energía colonial. Su confort con la uniformidad estancada. La sombra que acecha en toda su aparente belleza.

Ese panorama de estilo se ha modificado ligeramente gracias a los cuadritos digitales y el acceso a más imágenes que dan, ampliando referencias. Se suma, además, que sea la ciudad que albergue importantes enclaves de moda para el país; fue allí donde se instalaron tiendas de diseño que hacen honra al diseño local y que proveen al extranjero con una noción de los hits que ha tenido la moda colombiana recientemente.

Pero el asunto siempre está en la fulminante herida que proporciona la ciudad. Coronada por glamorosas y liberales criaturas que vienen a absorber su belleza, colmada por pasteles visuales, salpicada por el sabor de la fruta callejera, delimitada por un cielo azul y el verdor de la flora caribeña y, alentada además, por algo que define siempre latitudes tropicales: la posibilidad tan honda de conservarse ligero y alegre en medio de la pobreza o la necesidad.

Cartagena de Indias se sostiene bien anclada en sí misma, parada sobre sus fortines que dictan que se vive en una ciudad donde la movilidad social es escasa, y mediada aún, en plenos tiempos de tecnología y la ciudad en la revista Vogue, por la raza. Una condición de cartagenera originaria y recurrente puede conducir a sospechar de una especie de carga imborrable sobre una ciudad que dormita también sobre la esclavización, la brutalidad, el prejuicio y el gusto por el anquilosamiento.

Es resistencia de una ciudad que, como un reptil pesado y gigante al sol, viene a dejarse ver como un exotismo plácido, en algunas de sus partes, a los ojos. No obstante, permanece seco y sediento.

Porque lo cierto es que hay un tufo turbio de patio trasero en Cartagena, lugar todavía saqueado por foráneos, con esa conflictiva belleza de fachadas y tonos de dulzor, tocada, al tiempo, por toda la fealdad de su rampante pobreza y de su silencioso y hondo sistema, bien incrustado en el centro de las cosas, que procura que el tiempo pase sin mayor rastro. Cartagena, bonita e imperturbable, empobrecida, al final, por todos sus visitantes, vestidos de blanco, arrullados por las músicas y el goce, deslumbrados por su belleza, intocados por el estancamiento que perdura cuando han ascendido sus aviones. Porque lo cierto es que Cartagena de Indias también tiene aire de agua turbia y terreno quieto.

Patio para ocios e indulgencias, donde las ropas reflejan la quietud de una dama bella, caribeña, arrollada por la violencia, calcinada por su inmovilidad.

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